Lecciones caras

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LECCIONES CARAS

Es un gran inconveniente para un hombre instruído no conocer las lenguas extranjeras. Vorotov lo pensaba así cuando, luego de recibir el grado de doctor, se dedicaba a un pequeño trabajo cientifíco.

—¡Es terrible! Sin las lenguas extranjeras es de todo punto imposible trabajar. Soy como un pájaro sin alas.

Se desalentaba, y, sofocado, recorría la estancia a largos y pesados pasos; a pesar de sus veintiséis años, padecía ya de asma y tenia abotagado el rostro. Se decidió a estudiar, por lo menos, el francés y el alemán, y rogó a algunos de sus amigos que le buscasen profesor.

Una tarde de invierno, estando Vorotov trabajando en su casa, su criado le anunció que una señorita deseaba verle.

— Que pase—dijo Vorotov.

Momentos después entró en el gabinete una muchacha, vestida con suma distinción y conforme a la última moda. Se presentó como profesora de francés.

—Me llamo Alicia Osipovna Anket. Me envía su amigo Petrov.

—¿Petrov? ¡Me alegro mucho! ¡Tenga la bondad de sentarse!—dijo Vorotov, tapando con la mano el cuello de su camisa de dormir, y tosiendo.

Y empezaron a hablar de las condiciones. Mientras hablaban, Vorotov observaba a hurtadillas a la muchacha. Era una verdadera francesa, muy joven y elegante. A juzgar por la lánguida palidez del rostro y por el talle fino, esbelto, no se le podían suponer más de diez y ocho años; pero, parando mientes en sus ojos severos y en sus anchos hombros, Vorotov se dijo que debía de tener veintitrés o quizá veinticinco. Después le pareció de nuevo que sólo tenía diez y ocho. Su expresión era la fría y atareada de un hombre que ha venido a hablar de negocios. Desde el principio al fin de la conversación permaneció impasible, sin sonreír ni fruncir las cejas. Sólo manifestó un ligero asombro cuando se enteró de que era el mismo Vorotov quien había de ser su discípulo: suponía que se la llamaba para dar lecciones a algún niño.

—¡Entonces, convenido, Alicia Osipovna!—le dijo Vorotov—. Trabajaremos todas las tardes de siete a ocho. Acepto sus condiciones: un rublo por lección.

Le ofreció té o café, pero ella no aceptó. Para prolongar la conversación, le pidió amistosamente algunas noticias relativas a ella: dónde estaban sus padres, dónde había hecho sus estudios y de qué vivía.

La señorita Alicia, conservando siempre la expresión impasible y atareada, respondió que había hecho sus estudios en una escuela privada, y obtenido un diploma de institutriz; que había perdido hacía muy poco a su padre, víctima de la escarlatina, y que su madre fabricaba y vendía flores artificiales.

—Y usted, ¿tiene mucho trabajo?

—Por la mañana doy lecciones en un colegio de niñas, y por las tardes, en casas particulares.

Se fué, dejando tras ella un perfume leve y exquisito.

Vorotov, luego que partió, parecía muy distraído y no trabajaba. «Está muy bien—pensaba—que muchachas como ésta sean económicamente independientes. Pero, por otra parte, es sensible que se consuman en la lucha por la existencia jóvenes tan bonitas y tan elegantes como la señorita Alicia.»

No había visto nunca francesas virtuosas, y pensó que aquella elegante muchacha, tan bien vestida, de espléndidos hombros, tendría, además de las lecciones, alguna otra ocupación.

La tarde siguiente, a las siete menos cinco, la señorita Alicia se presentó, roja de frío. Sin preámbulo alguno abrió un manual de la lengua francesa, que llevaba consigo, y comenzó en el acto: «La lengua francesa tiene veintiséis letras. La primera se llama a; la segunda, b...».

—Perdóneme—la interrumpió Vorotov sonrindo—. Debo prevenirle que conmigo necesitará usted cambiar un poco su método, dado que, mire... conozco bien el latín y el griego, y he estudiado, además, filología comparada. Me parece que podríamos prescindir de ese manual, y empezar a leer a algún autor francés.

Y comenzó a explicarle cómo estudian las personas adultas las lenguas extranjeras.

—Un amigo mío—dijo—, colocando ante sí el Evangelio en francés, en alemán y en latín, los leía paralelamente, traduciendo con cuidado cada palabra. Y, de este modo, consiguió su objeto en menos de un año. Si le parece a usted bien, procederemos de igual suerte. Cojamos cualquier autor francés, y leámosle.

La señorita Alicia le miró con asombro. Evidentemente la proposición de Vorotov le parecía muy ingenua, incluso estúpida. Pero, puesto que no era un chico a quien se le podía mandar, sino una persona mayor, se contentó con encogerse ligeramente de hombros, y dijo:

—Como usted quiera.

Vorotov buscó en su biblioteca, y halló un libro francés muy usado.

—¿Este?—preguntó.

—Es igual.

—Entonces comencemos, con la ayuda de Dios. Lo primero el título. «Memoires.»

Ella tradujo. El repitió. Con su sonrisa bonachona, y respirando pesadamente, se dedicó, durante un cuarto de hora, al análisis gramatical de la pabra «memorias».

La señorita Alicia se sentía cansada. Respondía con trabajo a las preguntas de su discípulo, sin comprender lo que quería y sin querer comprenderlo. Al hacerle las preguntas, Vorotov la examinaba a hurtadillas.

«Tiene el pelo rizado—pensaba—. Es asombroso; trabaja todo el día, y aun le queda tiempo de rizarse el pelo.»

En punto de las ocho, la profesora se levantó.

—¡Hasta mañana, señor!—dijo fríamente.

Y se marchó, dejando tras sí el mismo leve, exquisito y turbador perfume. También entonces Vorotov quedó largo rato pensativo, sin hacer nada.

Las lecciones siguientes llevaron al ánimo de Vorotov la convicción de que su profesora era una señorita muy sería, formal y simpática; pero sin instrucción alguna e incapaz de enseñar ni aun a las personas mayores. Y, para no perder el tiempo, determinó despedirla y llamar a otro profesor. Cuando se preparaba a darle la séptima lección, sacó él del bolsillo un sobre con siete rublos, y, muy confuso, dijo:

—Perdóneme, señorita Alicia, pero debo decirle... que... me veo en la triste precisión...

Miró ella el sobre y comprendió de qué se trataba. Por primera vez desapareció la expresión impasible y fría de su rostro. Se ruborizó un poco, y, bajando los ojos, se puso a jugar nerviosamente con su fina cadena de oro. Al verla así, Vorotov comprendió que el rublo que le pagaba por lección tenia para ella una gran importancia, y que le seria muy sensible el perderlo.

—Debo decirle—balbuceó aún más confuso, y volviendo a meterse el sobre en el bolsillo—que... Excúseme; me veo en la precisión de dejarla sola diez minutos.

Y, simulando que no tenía, ni por asomo, la intención de despedirla, sino que le pedía simplemente permiso para retirarse unos momentos, salió a la habitación inmediata y permaneció diez minutos en ella.

Volvió a entrar, más confuso aún, seguro de que su ficción se había adivinado.

Se reanudaron las lecciones.

Vorotov no ponía en ellas ningún entusiasmo. En la certeza de que no servirían para nada, las dejó al arbitrio de la señorita Alicia, y no volvió a hacerle preguntas. Ella traducía presurosa, sin detenerse, diez páginas por hora. Vorotov no la escuchaba, y se limitaba a examinar con disimulo sus cabellos rizados, su ebúrneo cuello, sus finas manos blancas, y a respirar el perfume que desprendía.

A veces, pensamientos frívolos le asaltaban, y se avergonzaba de ellos; a veces se dolía de que la muchacha se mantuviese con él en una actitud tan fría y reservada; la faz, impasible. Y no sabía cómo componérselas para inspirarle algo de confianza, para entablar con ella relaciones de amistad y decirle que enseñaba muy mal, para guiarla, en fin, y ayudarla.

Una tarde llegó vestida con un traje muy chic, ligeramente descotado. Estaba tan perfumada como si una nube de fragancias la envolviese de arriba abajo. Se excusó, y dijo que sólo disponía de media hora, pues la habían invitado a un baile.

Él miraba su cuello y sus hombros medio desnudos, y sentía el influjo arrebatador de aquella nube de fragancias, de aquella desnudez y de aquella belleza; mientras ella, sin cuidarse de él ni de sus sentimientos, volvía, una tras otra, las hojas y traducía con rapidez vertiginosa, disparatando de un moda terrible: «¿Dónde vais, señor mi amigo? En viendo vuestra figura talmente pálida, eso me daña el corazón.»

Otra tarde llegó a las seis, en vez de llegar a las siete.

—Perdóneme—dijo—que venga tan pronto; pero me han invitado al Teatro Dramático.

Cuando se fué, Vorotov se vistió, encaminándose también al Teatro Dramático. «Hace mucho tiempo que no voy al teatro»—pensó, como para justificarse. No quería confesarse a sí mismo que iba por ver a su profesora. Se tenía por un varón demasiado sesudo para correr tras una muchacha poco inteligente.

Pero, en los entreactos, su corazón latía más a prisa que de costumbre. Recorría el foyer y los pasillos en la esperanza de encontrarla. Cuando los timbres anunciaban que iba a alzarse el telón, se disgustaba y no sentía el menor interés por la obra.

Al fin, antes del último acto, la divisó entre la multitud que se agolpaba en el foyer. Un presentimiento de dicha inundó su corazón, e iluminó su rostro una sonrisa de alegría.

La señorita Alicia no estaba sola: a su lado había dos estudiantes y un oficial. Ella reía, hablaba en voz alta, coqueteaba mucho y parecía muy feliz. Por primera vez en su vida, Vorotov, aunque vagamente, experimentó el tormento de los celos. Nunca la había visto tan feliz, tan contenta, tan espontánea. Con aquellos jóvenes se encontraba, sin duda ninguna, por completo a su gusto; mientras que con él...

Hubiera querido hallarse, aunque fuera por un breve espacio, en el lugar del oficial o de los estudiantes.

Saludó a la señorita Alicia, que le respondió con frialdad y volvió la cabeza: acaso quisiera ocultar que daba lecciones.

Una honda tristeza oprimió el corazón de Vorotov. Desde aquella noche comprendió que estaba enamorado de la señorita Alicia. Durante las lecciones siguientes la devoraba con los ojos, ponía una atención cordial en cada uno de sus rasgos, bebía ávidamente el perfume que exhalaba. Ella se mantenía siempre en una actitud llena de reserva y de indiferencia. En punto de las ocho se levantaba.

—¡Hasta mañana, señor!—decía con frialdad.

Y se marchaba, impasible, no comprendiendo ni queriendo comprender lo que experimentaba por ella. Esta indiferencia le hacía muy desgraciado. Se daba clara cuenta de que no debía esperar nada.

A veces, en plena lección, empezaba a soñar, a proyectar cosas audaces. Con frecuencia llegaba a decidirse a hacerle una declaración de amor. Pero en cuanto ponía los ojos en su rostro frío e imperturbable, sus pensamientos amorosos se extinguían como la llama de una vela al soplo de un viento glacial.

Una vez, estando ella a punto de partir, la detuvo, y, anheloso, loco, balbuceó:

—Dos palabras... dos palabras no más... ¡La amo a ust|ed! La amo de tal modo...

Ella palideció—probablemente temerosa de que, tras aquella declaración, se acabaran las lecciones, y con ellas, los rublos—, y, con el espanto en los ojos, dijo:

—¡No; eso, no! ¡Se lo ruego; eso, no!

Vorotov no durmió en toda la noche. Estaba avergonzado. Creía haber ofendido a la señorita Alicia, y temía que no volviese. Determinó escribirle pidiéndole perdón y rogándole que continuase sus lecciones.

Pero ella volvió sin necesidad de eso. Al principio parecía un poco cohibida. Después abrió el libro y empezó a traducir, como siempre, muy de prisa y disparatando: «¡Oh señor, mi caro amigo; no desgarréis esas flores que yo quiero dar a la señorita, mi hija.»

Continúa siendo muy exacta. Llega a las siete en punto, y se va, sonando las ocho.

Ha traducido ya cuatro libros; pero Vorotov, salvo la palabra «memoires», no sabe absolutamente nada. Y cuando sus amigos le preguntan si ha adelantado mucho en la lengua francesa, responde con un gesto desesperado, y empieza a hablar del sol que brilla o de la lluvia que cae.