Los curdas: 5

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Escena IV[editar]

Dichos, CARLOS y ADOLFO.


Carlos. -(Entrando.) ¡Muy buenas tardes! ¡Uff, qué calor! ¿Cómo estás, Luisita?

Adela. -¿De nuevo por aquí, Adolfo?

Adolfo. -Es verdad. Cinco minutos después de haberlas dejado, me encontró Carlos y me hizo volver para darme una de sus acostumbradas latas de política.

M. Emilia. -¿Por qué le has impuesto esa violencia, Carlos?

Carlos. -¿Violencia?, no mamá; si él siempre está en camino para esta casa. ¡Nos tiene un camote!... ¿No es cierto, Adela? (Habla en voz baja con LUISA. Ésta contesta con ademanes de enojo.)

Adolfo. -(A M. EMILIA.) ¡Si no tuviera esta casa otros atractivos que sus disertaciones sobre la convención del Prince Jorge, estaría fresco!...

Adela. -¡Ah! Y a propósito de teatros. Esta noche hay dos estrenos en el Rivadavia. ¿Nos llevas, Carlos?

Carlos. -Con el mayor gusto. Pero veo que Luisa está con jaqueca y tal vez no quiera ir.

Luisa. -¡Qué esperanza! Un dolorcito de cabeza pasajero. Si nos acompañas voy.

Carlos. -¿Cómo no?

Adela. -(Acercándose a LUISA.) Dale la carta.

Luisa. -¡Ah, Carlos! ¡Perdóname! Me iba olvidando de darte esta carta que han traído hace un momento.

Carlos. -(Tomándola.) ¡Gracias! (Se pone a leerla.)

M. Emilia. -¿Qué irá a pasar aquí? Yo me voy, por las dudas. Con el permiso de ustedes. (Se va por la izquierda.)

Carlos. -(Con fingida gravedad.) ¡Adolfo! ¡Entérate de esto! (ADOLFO lee la carta.) ¡Caramba, qué desgracia!

Luisa. -¿Qué hay? ¿Qué pasa?

Adela. -¿Malas noticias?

Carlos. -¡Malas para ustedes! Estos asuntos políticos tienen siempre sus sorpresas. ¿No es cierto, Adolfo?

Adolfo. -(Sin comprender, guardando la carta.) ¡Ah, sí! La política... la política...

Adela. -Pero en definitiva, ¿qué ocurre?

Luisa. -(Aparte.) ¡Ah, pillo!

Carlos. -¿Qué te parece, Adolfo? ¿Iremos?

Adolfo. -¡Oh! ¡Sí! ¡Nuestra presencia es necesaria, indispensable!

Luisa. -(Aparte.) ¡Granujas!

Adela. -¿Con que entonces, nos quedamos sin teatro! ¡Qué lástima!

Carlos. -¡Yo, hija, lo siento mucho!...

Adela. -(A ADOLFO, aparte.) Haga de manera que podamos hablar antes de la noche. (Dirigiéndose a LUISA.) Oye, Luisa. Como tu marido tiene que salir temprano, haz aprontar la comida para las seis. Adolfo comerá con nosotros; ¿no?

Carlos. -¡No, no, no! ¡No se molesten! Comeremos afuera.

Adolfo. -Me parece más oportuno.

Adela. -¿Pero no se sientan ustedes? Voy a ordenar que les sirvan el te.

Carlos. -(Deteniéndola.) Espera. Tengo que cambiar algunas ideas con Adolfo y nos vamos al escritorio. Que nos sirvan allí... (Alejándose por la izquierda.) Has de saber, Adolfo, que la proclamación de candidatos...

Luisa. -(Que los ha seguido.) ¡Hasta luego... futuros «cenadores»!

Adela. -(Aparte.) ¡Magnífico! ¡Admirable! Le contaré todo a Adolfo, exigiéndole que asista a la comida sin decirle palabra a Carlos, y como mi novio no es tan cretino para cumplir al pie de la letra esas instrucciones, esta noche encontraremos a los muchachos muy sosegados. Luisa se tranquilizará. Quedarán las cosas por ahora en «statu quo» y yo me divertiré muy fresca por Palermo. Digan ustedes si hay o no hay algo aquí. (La cabeza.)


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