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Lima, 21 de Noviembre de 1901. Señor doctor don Ignacio Gamio, director de gobierno. Queridísimo amigo:

Há poco más de quince años que, con el título de «La tra- dición del Himno Nacional^ publiqué, no recuerdo en cuál periódico de Lima, una biografía del maestro Alcedo, falle- cido en 1879. La encontrará usted, si se despierta su curiosidad por conocerla, en la pá^na 120 del cuarto tomo de Tradiciones Peruanas, (Edición de Barcelona).

Decía en ese artículo que mejores versos que los de don José de La Torre Tgarte merecía el magistral y solemne himno de Alcedo. Las estrofas, inspiradas en el patrioterismo que por esos días dominaba, son pobres como pensamiento y desdi- chadas en cuanto á buen gusto y corrección de forma. Hay en una de ellas mucho de fanfarronada, y en las otras poco de la verdadera altivez republicana. Pero, con todos sus defec- tos, debemos acatar la letra como sagrada reliquia que nos legaron los con su sangre fecundaron la libertad y la repúbli- ca. Sobre todo, cambiar los cuatro versos del coro sería ha- cernos reos de sacrilega profanación.— Esto escribí, sobre poco más ó menos.

Solo los ríos no vuelven atrás, amigo Gamio, y después de corridos quince años, ya no extremo mi opinión contra el cam-



bio de estrofas. Aparte de que siempre he dicho que son malas con M de Manicomio, no incurriremos en pecado gordo sacri- ficándolas ante la cordialidad del afecto que hoy nos liga con España. Olvidemos el jasado y abramos cuenta nueva, ,que oja- lá perdure por los siglos de los siglos.

Pero no transijo con que se cambien los cuatro decasílabos del coro. Conservémoslos, como inmortal recuerdo de nues- tros días épicos. Conser\'émoslos, porque ese coro lo cantaron los peruanos en el llano de Junín, después de la victoria, y lo cantaron también á la falda del Condorcunca el día en que lu- ció el espléndido sol de Ayacucho. Conservémoslos, porque tres generaciones han sido arrulladas con las palabras de ese coro que todo peruano conserva en la memoria. Conservé- moslos, en homenaje respetuoso á los proceres que nos dieron patria.

Las estrofas no se hallan en la misma condición: no son po- pulares. A lo sumo, la menos mala aquella del largo tiempo en ai- lencio gimió— (eso del gemido silencioso echa chispas) la saben algunos, no muchos. Para la generalidad pasará casi inad- vertido el cambio de estrofas, y eso no sucederá tratándose del coro.

l'n municipio de mi tierra se propuso, .hará cuarenta años, que los muchachos aprendiesen geografía en los letreros de las esquinas Los añejos nombres de las calles, que todos tenían su razón de ser porque conmemoraban un suceso ó el apelli- do de algún personaje, nombres todos que conservaron por dos ó tres siglos, fueron cambiados por los de departamentos y provincias. ¿Quién, en Lima, y no excluyo á los señores con- cejales, sabe de corrídoi y sin consultar el plano cuál es la calle de Quispicanchis, por ejemplo, ó la de Chumbivilcas ? Todos nos atenemos á los nombres antiguos.

Cuatro cuartos de lo mismo nos pasaría con un nuevo coro. El pueblo, á guisa de protesta, gritaría en las fiestas del 28 de Julio: jcl viejo I ;el viejo! ¡fuera el nuevo! Amigo Gamio, lo que nos entró con el capillo, sólo se irá con el cerquillo.

Habiendo exteriorizado, desde ya larga fecha, mi opinión, convendrá usted conmigo en que me falta la cualidad más esen- cial en un jurado: la imparcialidad. En este asunto del himno



quizá estoy apasionado, lo que me inhabilita para desempeñar la honorífica comisión con que la benevolencia de S. E. el Pre- sidente y el personal afecto del señor ministro me han distin- guido.

A los conceptos que en esta carta apunto obedece la renun- cia que le acompaño, conceptos que la rigidez del estilo oficial no me consentía expresar en una nota.

Pidiéndole excusa por el tiempo que le he quitado con la lec- tura de estos renglones, me reitero de usted afectuoso amigo que todo bien le desea.

R. Palma.

Lima, á 25 de Noviembre de 1901.

Señor don Ricai^do Palma:

Mi respetado y muy querido amigo:

Su carta de 21 de este mes y la nota con que vino acompa- ñada llegaron á mis manos al siguiente día; y si hasta hoy no les he dado respuesta ha sido por aguardar el acuerdo supremo que ayer se verificó.

Renuncia usted la presidencia del Jurado que ha de conocer del cambio de la letra de nuestro himno patrio; y S. E. y el señor Ministro no ven, para la resolución de usted, gran fun- damento.

Si cree— como me lo dice— que son las estrofas del himno las que deben ser cambiadas, por su pésimo gusto literario, y por ser ya inoportunos los arranques de patrioterismo que con- tienen, y si desea, como deseo yo y desean muchos, que se con- serven los decasílabos del coro, que encierran el primer grito de nuestra ventura al reconquistar la libertad, es una razón más para que forme usted parte del Jurado, á fin de sostener sus opiniones, y vencer de todos modos, aduciendo razones que sus colegas no desoirán.

Pero negar su contingente vaUosísimo el literato maestro, cuando se trata de un delicado asunto; no querer que su nom- bre se mezcle en esa forma impuesta por una necesidad gene- ralmente sentida; y exponer á la autoridad suprema, á que quizás tenga que verse precisada á designar personas muy re-


putadas por su taJento y su vasto saber, pero que no midan los puntos de prestigio y de universal renombre del ilustre Direc- tor de nuestra Biblioteca Nacional, para poder dar á la reforma la seriedad conveniente, es algo que no tiene explicación.

Por lo mismo es para mí seguro que, cuando lea estos renglo- nes que le llevan la confidencial noticia de que su renuncia no ha sido aceptada, tendrá usted que variar su propósito, resignar- se á la tarea en cuestión. No carece ella de espinas, bien lo sé; peroi, á la larga, vend|rá á ser dulce para su corazón de peruano, cooperar al fin plausible que ha movido al supremo gobierno.

A la obra, pues, mi noble y muy querido amigo; y que tenga el país que agradecer esta nueva muestra de patriotismo puro, al que, con sus altísimos dotes y su voluntad inquebrantable, le ha consagrado todos sus desvelos. Estrecha á usted la mano á la distancia, el primero de sus admiradores cariñosos, último de sus amigos humildísimos.

J. loNACio Gamio.

Lima, 26 de Noviembre de 1901.

Señor don J. Ignacio Gamio: Mi muy bondadoso amigo:

De la lectura de su amabilísima carta de hoy deduzco que en el supremo gobierno hay buena voluntad para ampliar las atribuciones del Jurado, que, según el decreto primitivo y el de la designación de jueces, no nos facultaban más que para fallar sobre el mérito de las composiciones. Siéndole, pues, aho- ra lícito al Jurado resolver sobre la subsistencia ó insubsisten- cia del coro, no tiene ya razón de ser la renuncia formularia por su amigo afectuosísimo.

Ricardo Palma.

Se presentaron al Concurso treinta y siete himnos que fue- ron desechados por el Jurado. Subsisten, pues, actualmente (1906), con carácter oficial el coro y las cuatro estrofas de La Torre Ugarte.