Martín Fierro: Cuarto artículo

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Martín Fierro: Cuarto artículo
de Pablo Subieta

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



CUARTO ARTICULO[editar]

Son innumerables los libros que la inteligencia del hombre, en sus diversas aplicaciones, ha producido en los últimos tiempos.

El movimiento intelectual, en algunos paises como Alemania y Francia, presenta los síntomas del delirio febriciente, el magestuoso y sublime desórden de la tempestad.

Pero en ese desborde del genio, en esa loca monumentalización del pensamiento, en esa consagración lapidaria de la labor paciente del cálculo, son muy pocas las piedras sólidas, que puedan servir de sillares al edificio del progreso y de muro de defensa á la convicción filosófica.

Muy escasos son los libros que han tenido el privilegio de realizar una revolución en las ideas, en las costumbres ó en las instituciones.

No basta escribir, es necesario escribir según la época en que se vive, el país que se abita, los vicios que se combaten, los principios que se defienden, los dogmas que se profesan.

La palabra es pan, pero no siempre aprovecha al organismo.

El consejo, la máxima, la doctrina, la sátira, hasta el insulto, son eficaces en oportunidad de tiempo y lugar.

Cuántos poemas, cuántos historias, cuántas novelas se han escrito sin que arrojen un rayo de luz sobre la conciencia, sin que remuevan un guijarro de la senda áspera de la vida, sin que hagan estremecer el corazón con la mas ténue fruición, sin que hayan modificado una letra de las leyes tiránicas de las sociedades decrépitas, sin que hayan hecho siquiera contraer los labios del mas alegre lector!

Páginas sencillas, lacónicas, inspiraciones súbitas, doctrinas vulgares, pero mal comprendidas, no estudiadas, ligeramente despreciadas, han cambiado la ley de las sociedades, las costumbres tradicionales, los principios científicos y los dogmas de la fé.

Ya lo hemos dicho; pocas, muy pocas son esas obras de cualquier carácter que sean, que hayan conseguido remover esas piedras, que entorpecen el camino que recorre trabajosamente la peregrina humanidad.

Y ya que no es posible operar una revolución cada día, es necesario que cada palpitación del cerebro de los grandes pensadores, cada palabra de sus labios píticos enjugue una lágrima, evite un suspiro, destile una gota de bálsamo sobre las heridas del alma, que sea una ráfaga de luz que alumbre, un soplo de brisa que perfume, una gota de rocío que refresque una nota melodiosa que deléite.

Cada época de la historia, cada región del globo, ha tenido sus redentores, sus profetas revolucionarios, que se han servido de la letra para consumar sus grandes propósitos; las obras de esos génios son las verdaderas obras clásicas de la literatura.

Si Italia tiene su Divina Comedia, España su Quijote, Alemania su Fausto, la República Argentina tiene su Martin Fierro.

«Martín Fierro», mas que una colección de cantos populares, mas que un cuadro de costumbres, mas que una obra literaria, es un estudio profundo de filosofía moral y social.

«Martin Fierro» no es un hombre, es una clase, una raza, casi un pueblo, es una época de nuestra vida, es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes, es el gaucho luchando contra las capas superiores de la sociedad que lo oprimen, es la protesta contra la injusticia, es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar, sin conocer las necesidades del pueblo, es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran Capital, hasta las tolderías del salvaje.

Todos los hechos de la vida se encadenan, todas las esferas de acción son círculos concéntricos que parten de un centro y se extienden hasta lo infinito.

Dante llevó su imaginación hasta el cielo y el infierno, partiendo da un latido de su corazón, hizo un poema universal de su afección subjetiva, y en Beatrice de Portinari encontró el objetivo de su infinita peregrinación.

José Hernandez ha tomado como el épico italiano, un hecho familiar, como la causa y el punto inicial de su espléndida concepción, para plantear problemas sociales de la mayor trascendencia, profetizar revoluciones futuras que han de operarse fatalmente, ha encontrado el pretexto para rasgar con mano airada, los encajes diáfanos de nuestro traje democrático, con que descubrimos llagas terribles, que corroen nuestro organismo, para enseñar máximas de moral purísima, para justificar todo los sistemas filosóficos, desde el estático misticismo hasta la amarga decepción, desde la credulidad del niño, hasta esa ciencia tristísima de la ancianidad desencantada de la sociedad que desprecia.

«Martin Fierro» es el tipo ingénuo, noble, valeroso, víctima de los defectos de nuestras instituciones políticas, judiciales y municipales, guarda en su alma el depósito sagrado de la institución del bien, al través de todas las peripecias de su vida fatalmente aventurera.

El viejo Viscacha es el Mefistófeles de ese Fausto mas natural, mas filosófico, mas moral que el de Goethe.

Anciano consumido económicamente por los vicios, hasta dormir entre los perros, físicamente, hasta no poder hablar, y moralmente hasta profesar las ideas mas egoístas, antisociales y eminentemente sensuales, espíritu descreído, práctico en la vida material, enemigo de clases urbanas, pero profundamente sabio en los resortes secretos de la vida real.

Ambos tipos son naturales, de importancia suprema en la acción y desarrollo del drama sencillo, pero interesante de la vida del gaucho.

A las magníficas descripciones de la campaña, de la frontera, de los ataques del salvaje y cien otras que forman el fondo del paisaje, el cuadro etnográfico, es necesario sobreponer la magistral descripción de la Penitenciaria, lección sublime de moral, rasgo de inimitable poesía de efecto extraordinario y de aplicación tan prática en las costumbres, que solo ese canto equivale en efecto á todos los sermones, á todas las conferencias y á todos los castigos.

La Penitenciaria tiene, en efecto, por destino, no solo servir de lugar de castigo y de seguridad, sino también de ejemplo.

Esa casa aislada en ios confines de la ciudad, que tantos dolores guarda, bajo cuyas fatdicas bóvedas tantos Macbeths se estremecían entre las torturas del remordimiento, no habría cumplido su alta misión moral, si Hernandez no la hubiese hecho conocer en el ritmo de sus versos, en las cuerdas de la guitarra de la pulpería, en la leyenda familiar del rancho.

Nadie sabe lo terrible que es la cárcel, miéntras no entra en ella, pero el lúgubre edificio tiene una voz solemne, cuyo éco elocuente es «Martin Fierro».

Las últimas máximas de «Martin Fierro», son máximas tan magníficas como las del Evangelio, es por eso que el libro de Hernandez suple á la Biblia y á la doctrina sacerdotal en los ranchos, estancias y aldeas, y no exageramos al asegurar que tambien desempeña ese noble papel en las ciudades.

No podemos acabar de definir á Hernandez como filósofo, pero aquí nos detenemos por respeto á la atención del lector.

Mañana nos ocuparemos de Hernandez político y literato.



Nota

Este artículo apareció publicado en algunas ediciones del libro El Gaucho Martín Fierro.