Martín Fierro: Tercer artículo

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Martín Fierro: Tercer artículo de Pablo Subieta
En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



TERCER ARTICULO

Para apreciar el libro del señor Hernandez, que lleva el mismo título que este artículo, es necesario conocer intimamente el tipo original del gaucho.

El gaucho no es el indio primitivo de las pampas y selvas americanas, no es el español conquistador de nuestro suelo, ni es el cuarteron que lleva en sus venas la sangre mal confundida de ambas razas.

Es indubable que en su constitución fisiológica es necesario reconocer esos elementos, ese origen orgánico; pero no en su tipo social.

Hay dos elementos psicológicos que definen al gaucho: la conciencia de su fuerza corporal, y el atrevimiento de su fantasía.

El gaucho se cree invencible, y de ahi proviene la segundad en sus empresas, la confianza en el éxito y la serenidad en el peligro.

El caballo con su vigor y ligereza, la pampa con su inmensidad, han acentuado ese rasgo gráfico de su fisonomía moral.

Y es sin duda á la misma causa á la que obedece ese poder extraordinario de imaginación, que absorbe en sus vastos pliegues las otras facultades de su ser.

El valor en el gaucho no es una impulsión orgánica, no es un arrebato sanguíneo, no es un estremecimiento nervioso, no es un deber moral, no es una virtud cívica; es un vuelo de su fantasía, la realidad de un sueño, un halago de su orgullo, una necesidad de su espíritu, en que domina esa inclinación instintiva á lo grande, á lo infinito.

Asi han sido los Galos, los Normandos, y todas las razas viriles, á las que la vida sedentaria y los vicios sociales han raquitecido, y que en los albores de su vida civil, estaban familiarizadas con la avidez é inmensidad de los desiertos, con el ímpetu de los huracanes, la soberbia de las tempestades y la voracidad de las fieras.

El gaucho es natural, ingénita y fatalmente poeta y filósofo.

Pero su poesía y su filosofía no son aprendidas en los libros, en los centros sociales, en las revoluciones históricas, sino en el gran libro de la naturaleza, perpetuamente docente para el ojo ávido que le consulta sin cesar.

No hay en el horizonte que le rodea un solo objeto que no le hable: el relincho del caballo, el bramido del toro, el canto del ave, el chirrido del insecto, el murmurio del arroyo, el sabor del pasto, hasta el rayo ténue de la luz de una estrella, todo es para él un consejo, una lección, un precepto, una ley, una súplica. La naturaleza es su cátedra y su altar. Mas sacerdote que los augures, mas poeta que los rapsodas, va pensando, leyendo y cantando siempre; la eterna sibila, la sabia pitonisa, ante su imaginación, vá amontonando en la hoguera de su espíritu, chispa á chispa, y en ráfagas sin intermitencia, el fuego sagrado de la inspiración y la llama que alimenta la tranquila meditación.

Esta perpetua contemplación de la naturaleza bajo sus formas desde la tempestad destructora, blasfemia de la naturaleza, hasta el rocío, lágrima de amor, que la noche llora; han hecho del gaucho un filósofo y un poeta, bajo todas las formas que abarca el pensamiento y con todos los matices que puede colocar el genio.

El gaucho es místico, escéptico, espiritualista, materialista; en moral es egoísta ó filántropo; en política casi siempre demagogo.

El predominio de la fantasía y el sentimiento de lo infinito, lo inclinan á la epopeya; la lucha contra las constituciones civiles lo obliga al drama, y el orgullo de la conciencia de su poder lo hace lírico.

El amor es el elemento de su vida social, pero para él casi nunca es un sentimiento, ni un hecho capital de su vida; es un capricho de su fantasía, una aventura de un día.

El gaucho tiene su hogar que exhala ese perfume que hace sentir la poesía y filosofía propias de su carácter; el imperio que ejerce sobre la mujer, la educación especial que dá á su hijo: ese dominio absoluto del déspota, mezclado con la dulce mansedumbre del amante, hace de su rancho, palacio, cátedra, taller, teatro y club; allí manda, enseña, trabaja y se recrea.

Hay indudablemente en la vida familiar un gran fondo de virtud, de poesía y en su natural simplicidad la forma mas perfecta de Gobierno.

El rancho del gaucho no es la choza triste del patriarca bíblico. Medio ciudadano, medio salvaje, tiene que luchar contra la naturaleza, contra sus pasiones, las instituciones, la opresión tenaz de las clases superiores.

Ese combate tan múltiple en sus formas, cuanto tenaz en su acción, hace de su vida un drama interesante que ha encontrado escenas hasta en las esferas del Gobierno, en las cátedras universitarias y finalmente en las páginas de nuestros libros de alta literatura.

El libro del señor Hernandez, es la expresión mas acabada de la vida psicológica y social del gaucho.

«Martin Fierro» es la personificación de sus instintos, de sus pasiones, de sus gustos, de sus aspiraciones, de las fruiciones de su alma, de los sueños de su fantasía, de los cálculos de su mente, de su filosofía racional, de su experiencia cuotidiana.

La payada del gaucho es el elemento, el miserere y el reverie, el sursum corda de su vida tan digna de estudio, que representa al patriarca y al guerrero, de ese tipo tan interesante, que confunde en bellísima síntesis al caballero, al héroe, al ciudadano, al aventurero, el poeta, al filósofo y al sacerdote.

Mañana nos ocuparemos del libro.



Nota

Este artículo apareció publicado en algunas ediciones del libro El Gaucho Martín Fierro.