Mi prima me odia: 03

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Capítulo III
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Mi prima me odia- Primera parte Felipe Trigo


Julio.

¡Qué horror! -Madrid estaba despoblado.


«¿Los infantes de Aragón
qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención
como trujeron?»


Sí, sí, «nuestras vidas son los ríos que van a parar en el mar»... que no es el morir ¿precisamente, en el mes de julio... sino las juergas de Biarritz, San Sebastián, Santander, etcétera. ¿Dónde estaban las condesas, las marquesas, los magníficos troncos y los autos que no hacía aún veinte días estacionaban delante de este Ideal Room?

Ahora, en la pequeña terraza, y sentados también en sendos sillones de bejuco, sólo veía Aurelio a dos o tres desdichados.

-Horrible! ¡Horrible!

El cuerpo estaba aquí, pero el alma vagaba por las nieves de Suiza o por las ondas del Cantábrico. En la corte de España no quedaban más que los trescientos once infelices que no podían pescar el tren... por falta de dinero o por sobra de ocupaciones.

«¡Bueno!-corrigió Aurelio- ¡quedaban los seiscientos mil y pico madrileños que forman el residuo de la veraniega dispersión de tres o cuatro miles!»... Pero, esto ¡qué importaba!... Él se refería al Madrid de la calle de Alcalá, al de las caras conocidas de desconocidos que vuelven a encontrarse y a seguir sin conocerse en la Concha, en el Sardinero... en París, por colmo de buen tono, cuando finaliza la saison.

Caras conocidas de desconocidos..., al menos, para Aurelio, que no se forjaba la ilusión de pertenecer al gran mundo de los veraneantes y viajeros de la moda. Si él estuvo en París un año, y, pudo ver de tránsito las playas, fue porque lo exigió la perfección de su carrera. Allí conoció a Mariúca. Allí se puso en relaciones con Mariúca, durante el mes que ella pasó allí de temporada con sus padres. Y de allí, de todo aquello, se había traído una más completa persuasión de que la vida es cara y «bellamente difícil» si no ha de limitarse a los garbanzos de un puchero.

Se casaría con Mariúca.

Iba a verla. Iba, antes de una semana, a tomar el tren y, a pasarse veinte o treinta días en Santander. Formalizaría las relaciones. La boda, a no tener Mariúca inconveniente, debería verificarse para Octubre. -¿Qué capital tendría Mariúca?

-¡Adiós, Marqués!

-¡Adiós, Rodríguez!

Le distrajo este amigo que cruzaba. Bebió un sorbo de su cock tayll, y tornó a pensar en el capital posible de Mariúca. Hija única. El padre, representante de una compañía holandesa de maderas. Una familia que se permite ir por gusto a París, alojándose en hoteles de primer orden, lo menos tiene su par de milloncetes.

Claro es que de esto no se habían hablado en las cartas. La conoció en París, en Octubre, y, no había vuelto a verla en todo el año. No conocía tampoco Santander. Ignoraba, pues, cómo estaría instalada esta familia.

Era muy linda Mariúca, y elegante. ¿La quería él?, estaba realmente enamorado?

Lo pensó, como lo había pensado muchas veces. Siempre le resultaba que, si no precisamente enamorado, apasionado..., lo que se dice apasionado para lanzarse a un matrimonio sin cálculo y sin reflexión, sentía hacia ella una grande simpatía perfectamente armónica con una visión racional de porvenir..., y, además, perfectamente digna, no obstante aquella combinación de los sentimientos con los cuartos.

La pasión será lo que se quiera; pero... el matrimonio es un grave y perpetuo asunto al que todo hombre discreto debe llegar con una serenidad de que precisamente carece la pasión.- No habría lógica en que a él como doctor se le pidiese una plena calma reflexiva antes de cortarle a un cliente una pierna, y que tratándose de él mismo, de una operación que iba a resolverle el porvenir, y que le importaba más que la pierna del cliente, se le afease la prudente reflexión que iba a ser su garantía.

¡Ah!... pero... llevaba una hora aquí, y aún no se había acordado de leer la carta de la novia que recogió en San Carlos esta tarde.

Sacó la carta. La consideró sin prisas. Borrosas siempre, incoloras, tímidas... como de una inocentísima muchacha. Cada carta, se parecía a todas las demás. Así él se explicaba que se le olvidasen sin abrir por los bolsillos. Se las daban, justamente, cuando él tenía más que hacer con los enfermos. Las recibía en San Carlos para evitarle a Mariúca la confusión consiguiente a los cambios de domicilio de los padres de él..., siempre en busca de un barrio mejor para sus reúmas incurables.

Rompió el sobre, y leyó.

¡Pse! ¡Bien! Doce líneas. Un cariñoso candor que podría llegar a serle muy amable. Pero, Mariúca, principalmente..., «le convenía».

Tanto, que por rechazo le asaltó el miedo que ya le venía atormentando con frecuencia: ¿sería Concha Blanco y Fenollosa...; sería aquella dama del tranvía y, del teatro y de los mil encuentros de rabia...; sería aquella hermosísima y odiada vecina suya... la prima de Mariúca?

Sin saber por qué, había llegado a temerlo. A no ser porque se le extraviaban casi todas las cartas de Mariúca, hubiera podido encontrar una en que ella, al principio, le habló determinadamente de la prima, de los parientes de Madrid. Tenía idea de que se la ponderaba como mujer incomparable, y de que habíale dicho hasta el nombre.. pero, ¡perdida la carta!

¡El colmo, que resultase su futura prima la mujer que más le aborrecía en el mundo!

¡Oh, los mudos dramas tremendos, que la vanidad y el orgullo traman en un momento y para siempre en unos ojos!

Rica, santanderina, y tan prodigiosamente guapa, no podía haber más que esta mujer en Madrid. Y si esta mujer fuese la prima de Mariúca, le estropearía la boda. Era lógico que le conociese antes, y que le dijera horrores a Mariúca, de él, en cuanto le conociese.

Por no agravar de antemano la situación con curiosidades sospechosas, no había querido preguntarle a Mariúca, a pesar de su inquietud, si esta Concha Blanco era su prima. No, no había querido preguntarle nada, ni los apellidos maternos, por ver si coincidiera alguno. No había querido, siquiera, deslizándola que él se había mudado a la calle de Padilla, ponerla en ocasión propicia de decirle que allí, precisamente, tenía a sus parientes por vecinos -si fuesen esta Concha y este diputado los parientes.- ¡No! ¡ni palabra!... ¡él debía hallarse bien apercibido a la defensa en caso necesario!

Por lo pronto, desde que tal sospecha se le infundió, dejó de complacerse en fastidiar a la señora. Nunca hizo nada expreso para ello, en realidad. Pero, en fin, se asomaba menos al balcón, ni para ver a Esther (a quien ya venía viendo en sitio más amable) y al tropezarla por ahí con el marido, fingía no verla. La cosa estaba, pues, reducida del uno al otro, a una indiferencia aparentemente impasible en donde sólo se quedaría diciendo para su pensamiento cada cual: «¡Así te parta un rayo, alma mía!»...

Las seis. Lo vio en la Equitativa.

Llamó, pagó y se levantó. Iba siempre a casa, a esta hora, para ver si tenía algún aviso de visita.

Tomó el tranvía.

Al llegar a la calle de Padilla, vio en la puerta «de la dama», algo que... que no tenía nada de alarmante, ni de extraño, en este julio de las emigraciones veraniegas, pero que le sorprendió y le alarmó: un ómnibus cargado de baúles y maletas.

Subió a su casa. Tenía un recado y, además, tres visitas de otros días. Sin embargo, púsose al balcón. Miraba al ómnibus. Si fuese... ella, que se iba a Santander, y ella fuese, además, la dichosa prima..., quería decirse que la suerte de Aurelio estaba pendiente ahora mismo de aquel ómnibus.

Y... ¡era! La vio aparecer en el portal, con el marido, con las dos niñas, con el ama y la doncella.

Tres minutos después, partió el ómnibus.

Cinco minutos después -¡y allá que los clientes esperasen!- partía Aurelio en un cochecillo de plaza, desde la calle de Serrano, a la estación del Norte. Su afán cifrábase en ver, al menos, si esta... fatídica mujer tomaba el tren de Santander... o el de Asturias, o el de San Sebastián... Lo importante estaba en que no tomase el de Santander, y esto quería él saberlo por sus ojos.

Mucha gente en la estación; pero de esa gente distinguida que no se arremolina y tras de la cual no es fácil ocultarse. Divisó en seguida a «la viajera» y se propuso no perderla de vista, porque había dos trenes formados y podía sumirsele, sin saber de cuál, en un coche. Preguntó y supo que el de la primera línea era el expreso de Santander. Un momento más, y... ¡sí, oh desdicha, vio a los vecinos subir a un primera de este expreso!

Ella, la bella, la odiosa..., desde la portezuela, le descubrió, no lejos, al aclararse un poco un grupo tras el cual quería él parapetarse..., y le lanzó una mirada completamente digna de la historia de todas esas pequeñas grandes cosas horribles que quedan sueltas por el vago horror, de los infiernos del mundo, sin historia!

¡Ah, pero cómo la miró a ella, él... a su vez!

El tren partió echando humo.

Aurelio se volvió a Madrid, repitiendo la cuarteta aquella:


Es la nodriza de Arteche
de lo poco que se ve,
pues por un lado da leche
y por otro da café.


Como la nodriza de Arteche le parecían los sucesos más menudos de la vida: por un lado, insignificancia y simpleza, y por el otro, a lo mejor...

¿Quién puede medir la posible transcendencia enorme de una cosa que nos parezca en sí misma baladí?


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