Mi primer concierto en Montevideo

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Este texto ha sido incluido en la colección Textos póstumos de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay
[Mi primer concierto en Montevideo]

[Mi primer concierto en Montevideo]
de Felisberto Hernández


Desde hacía muchos años yo ya había tenido que estudiar bajo ese disgusto general de mi casa. Al principio él no se me había presentado como un mal de deudas. En casa se decía que mi padre tenía enemigos; y cuando apareció el primero –sólo apareció su nombre; venía mezclado en hechos que envolvían malas consecuencias para mi padre– yo pensé en vengarlo: primero estudiaría para llegar a ser alguien lo más pronto posible; y después buscaría la manera de avergonzar al enemigo. Entonces juntaba todas mis energías frente al piano. Pero la agresividad contra un piano no podía durar mucho tiempo; los impulsos perdían fuerza demasiado pronto. Yo había sido lanzado a esos impulsos como una pelota contra el suelo; después rebotaba cada vez menos y por último corría a esconderme debajo del piano.

El disgusto general de mi casa era como una enfermedad; pero yo no sabía si nosotros habíamos estado predispuestos para ella y después la habríamos tomado de los enemigos de mi padre, o si el contagio había venido de los números. Mi padre sabía que ellos lo ilusionaban mucho al principio y que después lo traicionarían; sin embargo él les tenía cariño y andaba todo el día con ellos.

Aun en las épocas en que estábamos más atacados de disgusto general nosotros no podíamos pasar sin un poco de felicidad. Esperábamos el instante de reunirnos y sentirla, como se prepararían personas enfermas ante comiditas desabridas, para devorarlas como si fueran manjares.

Si en uno de esos momentos tocaban la campanilla la felicidad se cortaba; pero nosotros estábamos fuertemente predispuestos a reconquistarla. Mis hermanos menores salían corriendo a despistar al perseguidor señalando una esquina por la que mi padre recién se habría ido; estaban contentos de prestar ese servicio a la hora de la mesa; y aun en las circunstancias más críticas ellos sabían acomodarse la desdicha como si hubieran aprendido a tragar sables.

En la época que yo preparaba mi concierto había esperado de él otras consecuencias. Pocos días antes, en mi casa, habían cambiado de lugar todos los muebles. La sala vino a quedar donde estaba el dormitorio de mis padres; y el piano lo pusieron donde estaba la cabecera de la cama aquel día que todos nos reuníamos alrededor de ella porque un hombre amenazaba a mi padre.

Durante el día yo no me preocupaba demasiado por las desdichas; trabajaba en el piano y nada más. Aun en el caso que tocaran la cam- panilla yo no salía. En la noche y a pesar del cansancio no podía dormir mucho.

A veces venían dos pintores amigos míos. Entraban sin tocar la campanilla, daban vuelta por el costado de la casa y subían hasta el altillo donde yo dormía; entonces bajábamos a la cocina y jugábamos a la baraja. Uno era alto y la frente le sobresalía como un huevo de avestruz. El otro se reía levantando demasiado el labio superior y se le veían todos sus dientes chicos y su gran encía. A veces conversábamos la noche entera. Así había ocurrido una vez que no estaban mis padres y los tres nos acostamos en la cama de matrimonio. Pero en las noches que ellos no venían era cuando yo pensaba en lo que me traería mi concierto. No me hacía ilusiones sobre el dinero que él pudiera darme; pensaba en otras consecuencias, tal vez demasiado vagas pero posibles y múltiples. Si yo lograba destacarme no me faltarían amigos que influyeran en las autoridades para que me ayudaran a vivir en Montevideo con mi mujer y mi hija. Ellas estaban lejos, en una ciudad antigua. Me gustaba recordar la habitación donde dormían. Era en casa de la familia de mi señora. En aquella pieza yo también había dormido la noche que conocí a mi hija. Ella tenía ya más de cuatro meses. En el momento que la vi ella lloraba porque estaba un poco enferma; pero hubo un instante en que dejó de llorar y me sonrió. Esa noche hacía viento; pero yo sentí otro ruido que no parecía del viento; más bien parecía subterráneo. Entonces mi mujer me explicó: en tiempo de los españoles habían hecho un túnel que cruzaba por allí abajo y en los días de viento el agua arrastraba palos que golpeaban las paredes del túnel.


Cuando yo estudiaba no debía atender a nada que viniera de la imaginación ni asomarme a ningún recuerdo. Si en el día aparecía alguno yo lo ahuyentaba con los sonidos del piano y el movimiento de los brazos y los dedos. Pero en la noche, después de estar acostado, todo era más difícil. Además de los pensamientos que tenían que ver con el piano, se me venían encima los de mi casa con su arrastre general y el recuerdo de mi mujer y mi hija con mi vergüenza y mi desesperación particular. Claro que yo podría estar a punto de solucionar todo muy pronto; pero por más optimismo que tuviera, el tiempo que debía transcurrir hasta llegar al concierto, tenía la imprevisible angustia de las noches; ellas me detenían como zanjas en un campo oscuro por donde yo corría desesperadamente. Y no sólo debía apresurarme para llegar a tiempo al lugar donde iba y evitar para siempre a los que me venían corriendo de cerca y me alcanzaban en la noche, a aquella muchedumbre de malos pensamientos; también debía apresurarme para evitar otra clase de peligros; ellos rondaban la región de mi casa y yo nunca sabía bien hasta qué punto venían del temperamento de mi familia o del centro de mí mismo. Si yo me detenía, podía acostumbrarme a la desdicha que tiene un poco de felicidad y no salir más de ella. Mi casa era como un mar de aguas verdosas que nunca tenían grandes cóleras. Nosotros navegábamos por ellas como piratas pobres que tienen poco ánimo para conquistar ningún botín.

Yo ya tenía miedo de haberme revolcado demasiado tiempo en los mismos trapos y me daba vuelta en la cama sin poderme dormir. [Y de pronto sentía latir el corazón como si fuera un rengo que empezara a saltar con su pie único.] Entonces me ponía boca arriba y recordaba cómo mi mujer andaba por el cuarto antes de acostarse. Al recordarla, la iba dando vuelta en los ojos hasta que me dormía. Una noche soñé con ella.

[En el sueño ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era el vestido blanco de novia con una larga cola que ella llevaba lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de color negro muy brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo yo me sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma. Yo le había trasmitido al perro una idea y él la recibió con una sonrisa. Era ésta: “Tú te dejas llevar. Pero tú piensas en otra cosa”.]


El peligro más grande a que yo estaba expuesto en aquellos días me venía de mí mismo; pero de pronto yo caía en él como si me fuera para otro mundo; y ya sabía yo como eran las cosas allí; en ese lugar no crecían los sonidos: era un mundo mudo. Sin embargo a cada momento me querían brotar ante los ojos plantíos donde la imaginación se iba en vicio y enredaba continuamente los hechos.

Yo tenía que estudiar el piano y había decidido librarme de la imaginación como un borracho que se decidiera a abandonar el alcohol; pero llevaba todo el día la botella conmigo, dormía toda la noche con ella en la almohada y [al otro día me encontraba con que los sueños se habían emborrachado].

En la mañana del día del concierto, después de haber ido apresuradamente a sellar los programas para que no me cobraran multa, fui a la casa de música. Allí me dijeron que no debía estar tan tranquilo, que el día del concierto todos los concertistas estaban un poco nerviosos. El piano ya estaba en el teatro. Fui a ensayar y me encontré con que el piso del escenario estaba demasiado inclinado hacia la sala y al tocar yo me resbalaba para un costado. Hablé con la casa de música y me dijeron que arreglarían todo con unas maderitas. No sé por qué recuerdo tanto un instante del mediodía en que yo comía lechuga y miraba el brazo de mi hermano que venía a quedar al lado del mío. Aquél era el brazo de un hombre que ese día no daría ningún concierto ni tendría ninguna responsabilidad; en cambio mi brazo no estaba libre y quién sabe cómo lo miraría yo unas cuantas horas después. Sin embargo deseaba que el hecho ocurriera lo más pronto posible; yo esperaba tener el placer de mostrar coraje delante de mucha gente. En casa ya no había muebles; pero había quedado la mesa donde comíamos. Yo hubiera preferido que se la hubieran llevado; ella me recordaba lo que me habían contado hacía poco. Cuando yo estaba en una ciudad del interior y mi hermano se había ido a un pueblito, vino un hombre alto y grueso a cobrar una cuenta; el enojo se le desbordó y sacando un cuchillo corrió a mi padre alrededor de aquella mesa.

A la tarde volví a ensayar al teatro; pero noté que el piano hacía un chirrido de cuerdas sueltas que se chocan. Hablé por teléfono a la casa de música y me dijeron que vendrían en seguida. Pero en ese momento llegaba riéndose el afinador: había olvidado la llave de afinar encima de las cuerdas. A los pocos instantes me llamaron por teléfono. No podría dar el concierto si no dejaba en depósito cien pesos. Fui a la oficina correspondiente. Era una disposición municipal previendo el caso que hubiera multas; si no las había devolvían el dinero. En aquella oficina había un señor a quien yo había conocido por una persona que tuvo para mi vida una significación muy grande. Ese señor resultó ser empleado de esa oficina; entonces me llevó al jefe, invocó a aquella persona –que no sólo tenía significación para mí– y me libraron del depósito. Corrí de nuevo al teatro. En ese instante pasaba por allí mi padre. No sabía si mi madre podría venir al concierto; se le habían perdido los zapatos; pero había la posibilidad de encontrarlos entre la mesa de luz que habían llevado junto con los demás muebles a la casa de remates. Para allá iba mi madre. Yo me fui a un camarín y me puse un smoking que tenía desde hacía un año, cuando había dado mi primer concierto en una ciudad del interior. Sin embargo en aquella oportunidad no lo había podido estrenar; me quedaba muy chico, y como el amigo que me lo regaló me lo había mandado el mismo día del concierto, no hubo tiempo de arreglarlo. [Después, con lo que me dio la boletería pude comprar un cochecito para mi hija –a quien todavía no conocía– y un sobretodo para mí.]

Éste iba a ser mi primer concierto en Montevideo, y unos momentos antes de empezar yo miraba por el agujero del bastidor al paraíso donde estarían los que me esperaban con las uñas prontas. Entre ellos había una muchacha que había vivido frente a mi casa, que tocaba con una mano en un tono y otra en otro, y al final, sin sacar el pie del pedal, dejaba flotar los sonidos como el polvo sacudido en los muebles.

En uno de los palcos bajos estaba aquel artista que había significado tanto para mí. Yo lo había conocido cuando él era maestro de escuela. Hacía unos instantes había estado en el escenario con un crítico; después me había dado ánimos y parecía que todo debía ocurrir como algo previsto; pero yo me guardaba para mí la idea de que aquello sería un desastre; sin embargo pensaba tirarme entre el escenario como a una piscina iluminada y trataría de prenderme de aquel piano negro como si fuera a pescar un tiburón. ¡Quién sabe qué cosas ocurrirían! Tal vez el tiburón y el público se desconcertarían por mi audacia; tal vez mi locura imprevista podría resultar original; el público, después de desconcertarse, podría sentir simpatía; mi desesperación podría improvisar otros medios de interesar que no fueran los estrictamente musicales.

Cuando me dijeron que ya podía salir, que la sala estaba en penumbra, me metí en escena con la cabeza baja y solté unos pasos que ya tenía preparados como si hubiera puesto a andar un juguete de cuerda; no sabía qué pensamiento atender; pero a pesar de la angustiosa velocidad de las cosas, tenía tiempo de observar mis pasos y darles la dirección del piano.

De pronto me encontré con que ya habían pasado los primeros aplausos y mis primeros saludos. Yo estaba sentado con los párpados bajos; pero los ojos corrían de un lado para otro como perros que todo lo olfatean; después recorrían el teclado, saltaban entre el piano y yo sentía como una confianza hecha de locura; entonces me venía cierta curiosidad por saber qué haría aquel individuo del smoking regalado. Por más imprevistas que fueran las cosas yo sabía que a último momento, él movería los brazos y se lanzaría contra el piano. Eso ya lo había experimentado en aquella ciudad del interior donde por primera vez, solo y con un piano por delante, había entretenido a un público.


En aquel comedor yo adquirí una nueva manera de pensar en mis contrariedades; me parecía extraño que en mi casa, y en medio de tantos disgustos, hubiéramos tenido instantes de felicidad. Me refiero a los días anteriores al concierto, antes que vendiéramos los muebles y la familia se disgregara. Habíamos hecho uno de los últimos esfuerzos por reunirla, pero mi mujer y mi hija aún estaban lejos de Montevideo. Yo había venido a la capital después de haber trabajado en balnearios y en ciudades del interior. Al mismo tiempo había ido preparando un concierto y había puesto muchas esperanzas en las diversas consecuencias que él pudiera traerme.

En esa época cada uno de los de casa trataba de esconder sus disgustos particulares; pero también había disgustos generales.


El fondo de nuestra casa tenía un encanto que detenía por un instante todo pensamiento de desdicha. Daba a un pequeño bosque de árboles inmensos. Nosotros prendíamos nuestras manos del alambre del cerco y echábamos a andar los ojos hasta que se iban lejos, donde los troncos se confundían con los caminos. Muy por encima de nuestras cabezas había muchas hojas tiernas que no tenían idea del cerco de alambre e inclinaban las copas hacia nuestra casa. Nosotros bebíamos aquella sombra en silencio. Pero de pronto sonaba la campanilla de entrada y la sombra se nos quedaba amarga. Eran hombres que perseguían a mi padre por deudas. Mi padre era bueno; pero le salían mal las cuentas. Trabajaba mucho y corría a todas partes con idas y venidas que le permitirían evitar el derrumbe brusco: estaba terminando de ser dueño de una empresa constructora.

La campanilla sonaba a cualquier hora del día; solamente la noche apagaba su sonido; pero tenía que estar bastante entrada.

La agonía de la empresa fue larga y cada vez eran más fuertes los gritos de los que venían a cobrar. Un día él estaba enfermo y quiso que entrara uno de aquellos hombres. A medida que los gritos subían la familia se acercaba al dormitorio; después rodeamos la cama; por último aquel hombre se fue llevando hasta la calle las maldiciones y las amenazas. Eso duró unos meses; exactamente los que demoré yo en preparar definitivamente mi concierto.

Esa noche, antes de dormirme –en ese tiempo yo paraba en la casa de un amigo– empecé a ver el comedor de la señora Muñeca. Pensaba en la vida de esos muebles recordando los de mi casa. Quién sabe dónde andarían ahora; los habíamos tenido que mandar a remate un día antes de mi concierto; cuando se venció el plazo que le habían dado a mi padre para el desalojo de la casa –no podía pagar el alquiler– tuvimos que vender los muebles.


[Yo recordaba aquella dicha como si hiciera una guiñada ante un pequeño agujero donde viera iluminado el fondo de mi casa. Recordaba el instante del mediodía en que yo había llegado de una ciudad del interior y ellos todavía no me habían visto. Estaban alrededor de la mesa que tendían bajo los árboles y yo, sin estar todavía allí, sabía que el mantel estaba lleno de grandes monedas de sombra y de luz que se confundían apenas el aire movía las hojas. Ellos estaban ocupados ante sus pequeñas comidas y su poco de felicidad y parecían olvidados de mí. Todavía, antes que me vieran yo había alcanzado a tener una idea absurda: pensaba que aquel instante era un recuerdo que yo tendría muchos años después, cuando los hubiera sobrevivido a todos ellos.]

Hubo algunas tardes en el comedor oscuro en que ese instante fue el más recordado: a cada momento los míos volvían a comer en aquel paisaje y yo volvía a pensar que ellos estaban olvidados de mí.


Esa misma noche, después de un sueño corto, me desperté y abrí los ojos en la oscuridad; recordé que estaba en una cama ajena; pensé en los pedazos dispersos de mi familia; y de pronto volví a lo que había ocurrido esa tarde en el comedor oscuro. Yo no entendía a Muñeca. Si la hubiera conocido mi amigo –el que fue mi maestro en la escuela– tal vez hubiera desconfiado algo interesante de esa vida. A través de todos los años que yo fui amigo de él, se me fue agrandando la curiosidad por los dramas ajenos. Por eso, una de las consecuencias más secretas que yo esperaba del concierto, era que él me trajera conocimientos de gentes extrañas y yo pudiera entrar en casas desconocidas. Éste era mi pensamiento más peligroso mientras yo preparaba mi concierto; y no siempre conseguí rechazarlo. Yo no sólo deseaba que en mi casa no hubiera drama por lo que él nos hacía sufrir, sino también porque yo quería internarme en el drama ajeno. Yo no sé por qué me producía un placer tan grande. Ya en el intervalo del concierto había pensado en él como en un vicio incontenible. Al principio yo había tocado las primeras notas agujereando el silencio con la punta de los dedos. A pesar de que la platea estaba sembrada de orejas acechantes, el juicio más severo era el del silencio; él abría una boca oscura que pronto se hacía demasiado grande apenas aparecía el más humilde sonido, quien corría a reunirse con otros; pero después, cuando en la sala se producía alguna simpatía, los sonidos esperaban que el silencio fuera a apagarlos con su capa.

Al final de cada pieza yo no me paraba a saludar; hacía una inclinación de medio cuerpo quedándome sentado. Eso lo había visto hacer hacía poco a un concertista y me había parecido bien. Pero en el intervalo vino mi amigo, el maestro, y me dijo:

–Che, tienes que pararte a saludar y estar más con el público; mira a las muchachas. Fue entonces que yo no pude detener la idea de todo lo que habría escondido entre el público.

Apenas terminado el concierto me fui del teatro con mis dos amigos pintores. En una larga cena ellos me contaban los incidentes de la velada; y yo ya los escuchaba con una atención que no era de pianista. Después fuimos a casa y nos acostamos en colchones extendidos en el suelo. Los pintores y mi hermano jugaban imitando animales y de pronto los tres, luchando, hacían una sola masa con sus cuerpos; pero yo no podía intervenir porque estaba extenuado: apenas hacía una sonrisa. Ellos se durmieron; yo no: ya empezaba a esperar las consecuencias del concierto.

Dormí muy poco y a la mañana siguiente, cuando el sol ya había entrado por las rendijas, vi un ratón que se había acercado a la cabeza dormida de uno de los pintores y le comía el pelo.