Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 4

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No perdí el sentido, pero el esfuerzo de comprender mi situación me dejó muy mareado, y recuerdo que tuve que apoyarme en el fuerte brazo de mi acompañante según me condujo desde el tejado a un espacioso aposento en el piso superior de la casa, donde insistió en que bebiese un vaso o dos de buen vino y tomase una comida ligera.

"Creo que ahora va a estar usted bien," dijo jovialmente. "No habría usado un medio tan abrupto para convencerlo de su situación si su reacción, aunque perfectamente excusable dadas las circunstancias, no me hubiese más bien obligado a hacerlo. Confieso," añadió riéndose, "que estaba yo un poco temeroso en algún momento de sufrir lo que creo que solía llamarse en el siglo diecinueve un fuera de combate, si no actuaba bastante rápido. Recordé que los bostonianos de sus tiempos eran famosos púgiles, y pensé que era mejor no perder tiempo. Considero que está listo para exculparme del cargo de engañarle."

"Si me hubiera dicho," repliqué, profundamente abrumado, "que habían pasado mil años en vez de cien desde que vi por última vez esta ciudad, ahora le creería."

"Sólo un siglo ha pasado," respondió, "pero muchos milenios de la historia del mundo han visto cambios menos extraordinarios."

"Y ahora," añadió, extendiendo su mano con un aire de irresistible amabilidad, "déjeme darle la cordial bienvenida al Boston del siglo veinte y a esta casa. Me llamo Leete, Dr. Leete me llaman."

"Mi nombre," dije mientras le estrechaba la mano, "es Julian West."

"Estoy muy contento de conocerle, Sr. West," respondió. "Viendo que esta casa está construída en el emplazamiento de la suya propia, espero que le resultará sencillo sentirse como en casa."

Tras el refrigerio, el Dr. Leete me ofreció bañarme y cambiarme de ropa, lo cual aproveché gustosamente.

No parecía que ninguna revolución sorprendente en el atuendo masculino se encontrase entre los grandes cambios de los cuales mi anfitrión me había hablado, porque, excepto algunos detalles, mi nueva vestimenta no me desconcertó en absoluto.

Físicamente, volvía a ser yo mismo. Pero el lector se preguntará sin duda cómo me encontraba mentalmente. Desearía saber cuáles eran mis sensaciones intelectuales al encontrarme tan de repente abandonado como si estuviese en un nuevo mundo. En respuesta, déjeme pedirle que suponga que él mismo, de repente, en un parpadeo, se viese transportado de la tierra, digamos, al Paraíso o al Hades. ¿Cómo imagina que sería su propia experiencia? ¿Volverían sus pensamientos de inmediato a la tierra que acababa de dejar, o, tras la primera conmoción, casi olvidaría su vida anterior por un momento, aunque más tarde la recordase, en aras del interés suscitado por su nuevo entorno? Todo lo que puedo decir es que si su experiencia fuese tal como la mía en la transición que estoy describiendo, la segunda hipótesis sería la correcta. Las impresiones de asombro y curiosidad que mi nuevo entorno me producía ocupaban mi mente, tras la primera conmoción, hasta el punto de excluir cualquier otro pensamiento. Por el momento, la memoria de mi vida anterior estaba, como estuvo, en suspensión.

Tan pronto como me encontré físicamente rehabilitado por los amables oficios de mi anfitrión, me sentí ansioso por volver al tejado; e inmediatamente estuvimos allí en unas tumbonas, con la ciudad bajo nosotros y a nuestro alrededor. Después de que el Dr. Leete había respondido a numerosas preguntas por mi parte, sobre los antiguos hitos que echaba de menos y los nuevos que los habían reemplazado, me preguntó qué punto del contraste entre la nueva y la vieja ciudad me llamaba la atención con más fuerza.

"Para hablar de las pequeñas cosas antes de las grandes," respondí, "creo realmente que el detalle que primero me ha impresionado es la total ausencia de chimeneas y el humo correspondiente."

"¡Ah!" exclamó mi acompañante con aire de mucho interés, "había olvidado las chimeneas, hace tanto tiempo que quedaron en desuso. Hace casi un siglo desde que el rudimentario método de combustión del que ustedes dependían para calentarse quedó obsoleto."

"En general," dije, "lo que más me impresiona de la ciudad es la prosperidad material por parte de la gente, que esta magnificencia implica."

"Daría mucho por echar un simple vistazo al Boston de su época," replicó el Dr. Leete. "Sin duda, como usted apunta, las ciudades de aquel periodo eran bastante sórdidas. Si hubiesen tenido el gusto para hacerlas espléndidas, lo que no sería tan descortés como para poner en entredicho, la pobreza general resultante de su extraordinario sistema industrial no les habría dado los medios. Además, el excesivo individualismo que prevalecía entonces era inconsistente con el espíritu público. Qué pequeña fortuna parece que han gastado casi por completo en lujos privados. Hoy en día, por contra, no hay destino para el superávit de riqueza que sea tan popular como el ornamento de la ciudad, que todos disfrutamos en igual medida."

El sol se estaba poniendo cuando volvimos al tejado, y mientras hablábamos la noche descendió sobre la ciudad.

"Está oscureciendo," dijo el Dr. Leete. "Vamos abajo, entremos en casa; quiero presentarle a mi mujer y a mi hija."

Sus palabras me recordaron las voces femeninas que había oído hablar en voz baja a mi alrededor mientras volvía a la vida consciente; y, con mucha curiosidad por conocer como eran las señoras del año 2000, accedí con presteza a la proposición. El aposento en el que encontramos a la mujer y a la hija de mi anfitrión, así como todo el interior de la casa, estaba lleno de una suave luz, que sabía que tenía que ser artificial, aunque no podía descubrir la fuente desde la que se difundía. La señora Leete era una mujer de aspecto excepcionalmente refinado y bien conservada de aproximadamente la edad de su marido, mientras que la hija, que estaba en su primera juventud, era la chica más hermosa que había visto nunca. Su rostro era tan fascinante como sus profundos ojos azules, tez delicadamente sonrojada y facciones perfectas podían hacerlo, pero incluso si su semblante hubiese estado desprovisto de encantos especiales, la impecable exuberancia de su figura le habría dado su lugar como una belleza entre las mujeres del siglo diecinueve. Suavidad femenina y delicadeza estaban en esta encantadora criatura deliciosamente combinadas con una apariencia de salud y abundante vitalidad física que tan a menudo les falta a las doncellas con quienes solamente yo podía compararla. Era una coincidencia trivial en comparación con la rareza general de la situación, pero no obstante impactante, que su nombre fuese Edith.

La noche que siguió fue ciertamente única en la historia de las relaciones sociales, pero suponer que nuestra conversación era peculiarmente forzada o difícil habría sido un gran error. De hecho, creo que entraría dentro de lo que puede llamarse circunstancias no naturales, en el sentido de extraordinarias, cuando la gente se comporta del modo más natural, sin duda porque tales circunstancias destierran la artificialidad. De todos modos sé que mi conversación de esa noche con estos representantes de otra era y mundo estuvo marcada por una inocente sinceridad y franqueza como en una culminada larga amistad de las que no abundan. Sin duda el exquisito tacto de mis anfitriones tuvo mucho que ver con esto. Desde luego no había nada de lo que pudiesemos hablar sino de la extraña experiencia por virtud de la cual estaba yo allí, pero hablaron de ello con un interés tan ingenuo y directo en sus expresiones como para aliviar la cuestión en buen grado del elemento extraño y misterioso que podría tan facilmente haber sido predominante. Uno podría haber supuesto que estaban bastante habituados a ser anfitriones de personas sin hogar de otro siglo, tan perfecto era su tacto.

Por mi parte, nunca recuerdo que el funcionamiento de mi mente haya estado más alerta y aguzado que esa noche, ni mis sensibilidades intelectuales más ágiles. Naturalmente no quiero decir que la consciencia de mi asombrosa situación estaba por un momento fuera de mi pensamiento, pero su principal efecto hasta ese momento era producir una euforia febril, una especie de intoxicación mental.[1]

[1] Para explicar este estado mental debe recordarse que, excepto por el asunto de nuestras conversaciones, no había en mi entorno casi nada que sugiriese lo que me había ocurrido. A menos de un bloque de distancia de mi hogar en el antiguo Boston podría haber encontrado círculos sociales mucho más extraños para mi. El modo de hablar de los bostonianos del siglo veinte difiere del de sus antepasados educados del siglo diecinueve incluso menos que difería el del estos últimos del modo de hablar de Washington o Franklin, mientras las diferencias entre el estilo de vestir y de los muebles de las dos épocas no son más marcadas que lo que he conocido que la moda ha hecho en el tiempo de una generación.

Edith Leete intervino poco en la conversación, pero cuando varias veces el magnetismo de su belleza atrajo mi mirada hacia su rostro, encontré sus ojos fijos en mi con absorta intensidad, casi como fascinación. Era evidente que había despertado su interés hasta un extremo excepcional, como era de esperar, suponiendo que era una chica de gran imaginación. Aunque supuse que la curiosidad era el principal motivo de su interés, no pudo sino afectarme como no lo habría hecho si ella hubiese sido menos hermosa.

El Dr. Leete, así como las señoras, parecían muy interesados en mi narración de las circunstancias bajo las cuales me había ido a dormir a la cámara subterránea. Todos tenían sugerencias que ofrecer para explicar que me hubiesen dejado allí olvidado, y la teoría que finalmente estuvimos de acuerdo que ofrecía al menos una explicación plausible, aunque si era en sus detalles la auténtica, nadie, desde luego, nunca lo sabrá. La capa de cenizas encontrada sobre la cámara indicaba que la casa se había quemado por completo. Supongase que el incendio hubiese tenido lugar la noche en que me quedé dormido. Únicamente queda suponer que Sawyer perdió la vida en el incendio o por algún accidente conectado con él, y el resto se sigue de un modo bastante natural. Nadie excepto él y el Dr. Pillsbury sabía ni de la existencia de la cámara ni que yo estaba allí dentro, y el Dr. Pillsbury, que se había ido esa noche a Nueva Orleans, nunca habría oído hablar del incendio en absoluto. La conclusión de mis amigos, y la del público, debe haber sido que yo había perecido entre las llamas. Una excavación de las ruinas, de no ser minuciosa, no habría puesto al descubierto el nicho en los muros de los cimientos que comunicaba con mi cámara. Sin duda, si se hubiese construído de nuevo sobre el emplazamiento, al menos inmediatamente, tal excavación habría sido necesaria, pero los turbulentos tiempos y el tratarse de un vecindario nada apetecible, podrían perfectamente haber evitado que se volviese a edificar en aquél lugar. El tamaño de los árboles del jardín que ahora ocupan el sitio indicaba, dijo el Dr. Leete, que al menos durante más de medio siglo había sido un terreno al descubierto.