Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 5

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Cuando en el transcurso de la noche las señoras se retiraron, dejándonos a solas al Dr. Leete y a mi, me sondeó acerca de mi disposición para irme dormir, diciendo que si tenía ganas mi cama estaba lista; pero si estaba inclinado a permanecer en vela nada le complacería más que estar en mi compañía. "Soy ave nocturna," dijo, "sin ánimo de adulación, puedo decir que apenas puedo imaginar una compañía más interesante que la suya. Sin duda no es frecuente que uno tenga la oportunidad de conversar con un hombre del siglo diecinueve."

Había estado toda la noche a la expectativa, algo temeroso del momento en el que debería quedarme solo, en mi retiro nocturno. Rodeado por estos amistosísimos desconocidos, estimulado y apoyado por su comprensivo interés, había sido capaz de mantener mi equilibrio mental. Incluso entonces, sin embargo, durante las pausas en la conversación había tenido atisbos, vívidos como destellos de relámpago, del horror de lo extraño que esperaba ser afrontado cuando ya no pudiese alargar la distracción. Sabía que no podría dormir esa noche, y en cuanto a estar acostado despierto y pensando, no es cobardía, estoy seguro, confesar que me atemorizaba. Cuando en respuesta a la pregunta de mi anfitrión, le dije esto con franqueza, me contestó que sería extraño si no me sintiese precisamente así, pero que no tenía que sentir inquietud sobre irme a dormir; en el momento que quisiese irme a la cama, me daría una dosis que me aseguraría una saludable noche de sueño con total garantía. A la mañana siguiente, sin duda, me despertaría sintiéndome como un ciudadano veterano.

"Antes de tomármelo," repliqué, "debo saber un poco más acerca de la clase de Boston al que he vuelto. Me dijo usted cuando estábamos arriba en el tejado que aunque solamente había pasado un siglo desde que me quedé dormido, había estado marcado por mayores cambios en las condiciones de la humanidad que en muchos milenios anteriores. Con la ciudad ante me podría creerlo perfectamente, pero siento mucha curiosidad por saber cuáles han sido algunos de los cambios. Para empezar por alguna parte, porque el asunto es amplio sin duda, ¿qué solución, si la ha habido, han encontrado para la cuestión laboral? Era el enigma de la Esfinge del siglo diecinueve, y cuando me dormí la Esfinge amenazaba con devorar la sociedad, porque la respuesta no estaba a la vista. Bien merece la pena dormir durante cien años para conocer cuál era la respuesta correcta, si, de hecho, ya la han encontrado."

"En tanto que no se conoce en nuestros días una cosa tal como la cuestión laboral," replicó el Dr. Leete, "y no hay modo en que pudiese surgir, supongo que podemos afirmar que la hemos resuelto. La sociedad de hecho habría merecido totalmente ser devorada si hubiese fracasado en dar respuesta a un enigma tan absolutamente simple. De hecho, para decirlo al pie de la letra, no era necesario que la sociedad resolviese el enigma en absoluto. Puede decirse que se ha resuelto por sí mismo. La solución vino como resultado de un proceso de evolución industrial que no podría haber terminado de otro modo. Todo lo que la sociedad tuvo que hacer fue reconocer y cooperar con esa evolución, cuando su tendencia se había hecho inconfundible.

"Sólo puedo decir," respondí, "que en la época en que me quedé dormido no se había reconocido tal evolución."

"Fue en 1887 cuando se quedó dormido, creo que dijo."

"Sí, el 30 de mayo de 1887."

Mi acompañante me miró meditando durante unos instantes. Entonces hizo la siguiente observación: "¿Y me dice que entonces no había reconocimiento general de la naturaleza de la crisis hacia la que la sociedad se aproximaba? Desde luego, creo completamente en su afirmación. La singular ceguera de sus contemporáneos para los signos de los tiempos es un fenómeno que ha sido comentado por muchos de nuestros historiadores, pero pocos hechos de la historia son más difíciles de comprender para nosotros, tan obvios e inconfundibles como contemplamos en retrospectiva las indicaciones, que también a usted deben haberle saltado a la vista, acerca de la transformación que estaba a punto de ocurrir. Sería interesante, Sr. West, si me diese una idea un poco más definida de la visión que usted y la gente de su nivel intelectual tenían del estado y perspectivas de la sociedad en 1887. Debe, al menos, haber comprendido que la amplitud de las tribulaciones sociales e industriales, y la insatisfacción subyacente de todas las clases en relación con las desigualdades de la sociedad, y la miseria general de la humanidad, eran presagio de algún tipo de gran cambio."

"De hecho, lo comprendíamos completamente," repliqué. "Notábamos que la sociedad estaba arrastrando el ancla y en peligro de ir a la deriva. Nadie podía decir si se iría al garete, pero todos temíamos los escollos."

"Sin embargo," dijo el Dr. Leete, "la dirección de la corriente era perfectamente perceptible si se hubiesen tomado la molestia de observarla, y no era hacia los escollos, sino hacia un canal más profundo."

"Teníamos el dicho popular," repliqué, "de que 'la visión retrospectiva es mejor que la previsión', cuya fuerza apreciaré, sin duda, ahora más plenamente que nunca. Todo lo que puedo decir es que, cuando caí en este largo sueño, la perspectiva era tal, que no me habría sorprendido si hoy hubiese mirado desde el tejado y hubiese visto un montón de ruinas calcinadas y cubiertas de musgo en vez de esta gloriosa ciudad."

El Dr. Leete me había escuchado con minuciosa atención y movió la cabeza con aire pensativo cuando terminé de hablar. "Lo que ha dicho," observó, "será considerado como una muy valiosa reivindicacion de Storiot, cuyas explicaciones sobre la época de usted han sido generalmente consideradas exageradas en su retrato de la oscuridad y confusión en el pensamiento de la humanidad. Que un período de transición como ese estuviese lleno de excitación y agitación era de esperar, de hecho; pero viendo lo clara que era la tendencia de las fuerzas que operaban, era natural creer que la esperanza en vez del temor habría sido el estado de ánimo predominante en la mentalidad popular."

"No me ha dicho todavía cuál fue la respuesta que ustedes encontraron al Enigma," dije. "Estoy impaciente por conocer por qué contradicción de la secuencia natural la paz y la prosperidad que ahora parecen disfrutar pudo haber sido el resultado de una era como la mía."

"Disculpeme," replicó mi anfitrión, "pero ¿fuma usted?" Hasta que nuestros puros no estuvieron encendidos y tirando bien, no prosiguió. "Ya que su ánimo es más de hablar que de dormir, como el mío, quizá lo mejor que puedo hacer es intentar darle una idea suficiente de nuestro moderno sistema industrial para disipar al menos la impresión de que hay algún misterio acerca del proceso de su evolución. Los bostonianos de sus tiempos tenían la reputación de ser magníficos preguntadores, y voy a mostrarle mis orígenes haciéndole una pregunta para comenzar. ¿Cuál diría que era el rasgo más prominente de los problemas laborales de su época?

"Bueno, las huelgas, desde luego," contesté.

"Exactamente; pero ¿qué hizo que las huelgas fuese tan formidables?"

"Las grandes organizaciones de trabajadores."

"¿Y cuáles eran los motivos de tales grandes organizaciones?"

"Los trabajadores reclamaban que tenían que organizarse para conseguir sus derechos ante las grandes corporaciones," repliqué.

"Eso es," dijo el Dr. Leete; "las organizaciones laborales y las huelgas eran un efecto, meramente, de la concentración de capital en masas superiores a las que nunca antes se habían conocido. Antes de que comenzase esta concentración, mientras todavía el comercio y la industria estaban conducidos por innumerables intereses insignificantes con un capital pequeño, en vez de un pequeño número de grandes intereses con vastos capitales, el trabajador individual era relativamente importante e independiente en sus relaciones con el empleador. Además, con un pequeño capital o una nueva idea era suficiente para que una persona iniciase un negocio por sí misma, los trabajadores estaban constantemente haciendose empleadores y no había una línea rígida y estable entre las dos clases. Las uniones laborales eran innecesarias entonces, y las huelgas generales eran impensables. Pero cuando la era de los pequeños intereses con pequeños capitales fue sucedida por la de las grandes sumas de capital, todo esto cambió. El trabajador individual, que había sido relativamente importante para el pequeño empleador, fue reducido a la insignificancia y la debilidad frente a las grandes corporaciones, mientras al mismo tiempo el camino hacia arriba para convertirse en empleador se cerró para él. La defensa propia le condujo a la unión con sus semejantes.

"Los registros de ese período muestran que el clamor contra la concentración del capital era furiosa. La gente creía que ello amenazaba la sociedad con la forma de tiranía más aborrecible que jamás se hubiese padecido. Creían que las grandes corporaciones estaban preparando para ellos el yugo de la servidumbre más ruin que jamás se había infligido a la humanidad, servidumbre no a los hombres sino a máquinas desprovistas de alma, incapaces de otro motivo que no fuese la insaciable avaricia. Mirando atrás, no podemos asombrarnos de su desesperación, porque ciertamente la humanidad nunca estuvo confrontada con un destino más sórdido y horrendo que el de la era de la tiranía corporativa que pronosticaban.

"Mientras tanto, sin ser detenida en el más mínimo grado por el clamor contra ella, la absorción de negocios por todos los grandes monopolios continuaba. En los Estados Unidos no había, al comienzo del último cuarto del siglo, ninguna oportunidad, cualquiera que fuese, para la iniciativa individual en ningún campo importante de la industria, a no ser que estuviese respaldado por un gran capital. Durante la última década del siglo, los pequeños negocios de este tipo que todavía quedaban eran supervivientes de una época pasada que fracasaban rápidamente o meros parásitos de las grandes corporaciones, o si no, existían en campos demasiado pequeños para atraer a los grandes capitalistas. Los pequeños negocios que todavía seguían existiendo, fueron reducidos a ratas y ratones, viviendo en agujeros y rincones, y contando con evitar darse cuenta para poder disfrutar de la existencia. Los ferrocarriles habían seguido fusionándose hasta que unos pocos grandes consorcios controlaban todos los ferrocarriles del país. En las fábricas de manufacturas, todo producto importante estaba controlado por un consorcio. Estos consorcios, uniones, coaliciones, o cualquiera que fuese su nombre, fijaban precios y aplastaban cualquier competencia excepto cuando surgían uniones tan vastas como las suyas propias. Entonces se suscitaba una lucha que resultaba en una consolidación a mayor escala. El gran mercado de la ciudad aplastó a sus rivales del campo con establecimientos subsidiarios, y en la ciudad misma absorbió los pequeños rivales hasta que el negocio de un barrio entero estaba concentrado bajo un único techo, con un centenar de los que anteriormente habían sido propietarios de tiendas sirviendo como dependientes. No teniendo negocio de su propiedad donde poner su dinero, el pequeño capitalista, a la vez que entró al servicio de la corporación, no encontró otra inversión para su dinero sino los bonos y acciones de aquella, haciéndose doblemente dependiente de ella.

"El hecho de que la desesperada oposición popular a la consolidación de los negocios en unas pocas y poderosas manos no tenía efecto para detenerla demuestra que debe haber habido una poderosa razón económica para ello. Los pequeños capitalistas, con sus innumerables pequeñas preocupaciones, habían rendido el campo a las grandes sumas de capital, porque pertenecían a los tiempos de las cosas pequeñas y eran totalmente incompetentes para las demandas de la era del vapor y los telégrafos y la gigantesca escala de sus empresas. Restaurar el anterior orden de las cosas, incluso si hubiese sido posible, habría implicado volver a los tiempos de las diligencias. Opresivo e intolerable como era el régimen de las grandes consolidaciones de capital, incluso sus víctimas, mientras lo maldecían, estaban forzadas a admitir el prodigioso incremento de la eficiencia que había sido impartido a las industrias nacionales, que las vastas economías efectuaron por concentración de gestión y unidad de organización, y confesar que desde que el nuevo sistema había tomado el lugar del antiguo la riqueza del mundo se había incrementado a una velocidad nunca antes soñada. Sin duda este vasto incremento había servido principalmente para que los ricos fuesen más ricos, incrementando la brecha entre ellos y los pobres; pero el hecho seguía siendo que, como un medio meramente para producir riqueza, el capital había demostrado ser eficiente en proporción a su consolidación. La restauración del viejo sistema con la subdivisión del capital, si hubiese sido posible, habría de hecho traído de nuevo una mayor igualdad de condiciones, con más dignidad y libertad individuales, pero el precio sería la carestía general y la detención del progreso material.

"¿No había, entonces, modo alguno de gobernar los servicios del poderoso principio productor de riqueza del capital consolidado sin doblegarse a una plutocracia como la de Cartago? Tan pronto como la gente empezó a hacerse estas preguntas, encontraron que la respuesta estaba preparada para ellos. El movimiento hacia la dirección de los negocios por cada vez mayores sumas de capital, la tendencia hacia los monopolios, contra la que se había opuesto tan desesperada y vana resistencia, fue reconocida al final, en su auténtico significado, como un proceso que únicamente necesitaba completar su lógica evolución para abrir un futuro dorado para la humanidad.

"Al principio de estos últimos cien años la evolución fue completada por la consolidación final de todo el capital de la nación. La industria y el comercio del país, dejando de estar gobernados por un conjunto de corporaciones irresponsables y consorcios de personas privadas, a su capricho y para su beneficio, fueron encomendadas a un único consorcio representante del pueblo, para ser conducido en interés común para el beneficio común. Es decir, la nación, organizada como la única gran corporación de negocios por la cual todas las demás corporaciones fueron absorbidas, llegó a ser el único capitalista en vez de todos los demás capitalistas, el único empleador, el monopolio final por el cual todos los previos y menores monopolios fueron engullidos, un monopolio en los beneficios y las economías que todos los ciudadanos compartieron. La época de los consorcios había terminado en El Gran Consorcio. En una palabra, el pueblo de los Estados Unidos terminó por asumir el gobierno de sus propios asuntos, tal como unos cien años antes había asumido el autogobierno, organizándose ahora con propósitos industriales sobre precisamente las mismas bases que se había organizado con propósitos políticos. Al fin, extrañamente tarde en la historia del mundo, se percibió el hecho obvio de que ningún asunto era tan esencialmente asunto público como la industria y el comercio de los cuales dependía el sustento de la gente, y que delegarlo para que lo manejen personas privadas para el beneficio privado es una locura similar en categoría, pero vastamente mayor en magnitud, que la de entregar las funciones de gobierno político a reyes y nobles para que las conduzcan para su glorificación personal."

"Un cambio tan estupendo como describe," dije, "no tuvo lugar, por supuesto, sin un gran baño de sangre y terribles convulsiones."

"Al contrario," replicó el Dr. Leete, "no hubo violencia en absoluto. El cambio había sido largo tiempo previsto. La opinión pública había madurado completamente para ello, y la masa del pueblo al completo lo respaldaba. No había más posibilidad de oponerse por la fuerza que por argumento. Por otra parte, el sentimiento popular hacia las grandes corporaciones y aquellos identificados con ellas había cesado de ser de rencor, pues llegaron a comprender su necesidad como un eslabón, una fase de transición, en la evolución del auténtico sistema industrial. Los más violentos adversarios de los grandes monopolios privados se vieron ahora forzados a reconocer lo valioso e indispensable que había sido su oficio educando al pueblo hasta el punto de asumir el control de sus propios asuntos. Cincuenta años antes, la consolidación de las industrias del país bajo el control nacional habría parecido un experimento muy atrevido hasta para el más optimista. Pero por una serie de ejemplos prácticos, vistos y estudiados por todas las personas, las grandes corporaciones habían enseñado al pueblo un conjunto de ideas totalmente nuevas sobre este asunto. Habían visto durante muchos años a los consorcios manejando ganancias mayores que las de los estados, y dirigiendo el trabajo de cientos de miles de personas con una eficiencia y economía inalcanzable en pequeñas operaciones. Se había llegado a reconocer como axioma que cuanto mayor era el negocio, más sencillos eran los principios que podían aplicársele; que, como la máquina es más precisa que la mano, así el sistema, que en un gran negocio hace las veces de ojo del dueño en un pequeño negocio, da resultados más precisos. De este modo ocurrió que, gracias a las corporaciones mismas, cuando se propuso que la nación debería asumir sus funciones, la sugerencia no implicó nada que pareciese impracticable ni a los más tímidos. Sin duda era un paso más allá de cualquiera ya dado, una generalización más amplia, pero el mero hecho de que la nación sería la única corporación sobre el terreno sería un alivio, como se vio, a la hora de abordar las muchas dificultados contra las que los monopolios parciales habían contendido."