Motivos de Proteo: 042

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XLI - Ausencia de vocación una y precisa, por universalidad de la aptitud. Espíritus universales.[editar]

La vocación es la conciencia de una aptitud determinada. Quien tuviera consciente aptitud para toda actividad, no tendría, en rigor, más vocación que el que no se conoce aptitud para ninguna: no oiría voz singular que le llamase, porque podría seguir la dirección que a la ventura eligiera o que le indicase el destino, con la confianza de que allí donde ella le llevara, allí encontraría modo de dar superior razón de sí; y esto, si bien caso estupendo y peregrino, no sale fuera de lo humano: hay espíritus en que se realiza. Cuando Carlyle escribe: «No sé de hombre verdaderamente grande que no pudiera ser toda manera de hombre», yerta en lo absoluto de la proposición, ya que el grande hombre, el héroe, el genio, presenta, a veces, por carácter, una determinación tan precisa y estrecha que raya en el monoideísmo del obsesionado; pero acertaría si sólo se refiriese a ciertas almas, en quienes la altura excelsa e igual se une a la extensión indefinida, y de quienes diríase que alcanzaron la omnipotencia y la omnisciencia, en los relativos límites de nuestra condición.

Puesto que hemos de hablar de vocaciones, demos paso, primero, a estas figuras múltiples de aspectos, tanto más raras cuanto más cerca de lo actual se las busque, y en ningún caso adecuadas para ser propuestas por ejemplo a quien ha de trazarse el rumbo de su actividad; pero que determinan y componen un positivo orden de espíritus, y son magnífica demostración de la suma de fuerzas y virtualidades que pueden agruparse en derredor del centro único de una personalidad humana.

Place verlas en las eminencias del trono, donde se las suele encontrar alguna vez, reconquistando, por su calidad de vivos símbolos perfectos de cuanto cabe de eficaz y escogido en su raza o su época, la púrpura que invisten. Así prevalece, sobre los hijos de Israel, esa majestuosa figura de Salomón, a quien yo quiero representarme en la tradicional entereza de sus líneas, sin quitarle ni aun el rasgo de final y trascendente decepción, que con tan hondo interés completa su personalidad, y que manifiesta el libro que la moderna exégesis le disputa. En aquel varón sabio, que escudriña los senos de la Naturaleza, y sabe de los pájaros, las fieras y los peces, y de las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece en la pared; que así contesta a los enigmas de la reina de Sabá como instruye, en los Proverbios, a los ignorantes y los cándidos; en aquel filósofo, que comunica valor universal a su desengaño y hastío, anticipando el acento penetrante de Kempis y la implacable dialéctica de Schopenhauer; en aquel juez, a quien fue dada sabiduría de Dios para discernir lo bueno de lo malo, y resolver intrincadas querellas; en aquel monarca que, mientras el sabio que lleva dentro esquilma el campo del conocimiento teórico, labra, con la soberana energía de la acción, la prosperidad y grandeza de su reino, dilatándolo desde el Eufrates hasta el Egipto, sojuzgando naciones, reedificando ciudades, equipando ejércitos y flotas, habilitando puertos, y manteniendo una dulce paz con que cada cual goce de abundancia y quietud «a la sombra de su parra o a la sombra de su higuera»; en aquel hijo de David, que hereda el don poético, para desatarlo en el más ferviente, pomposo y admirable canto de amor que haya resonado en el mundo, y hereda el pensamiento del Templo, para plasmarlo en la madera de los bosques del Líbano, y en la piedra, el bronce y el oro; en aquel sibarita, que amontona riquezas, y vive en casa revestida de cedro, entre cantores y cantoras y músicos, y tiene jardines donde crece toda especie de plantas, y dice de sí: «No negué a mis ojos nada que deseasen ni aparté a mi corazón de ninguna alegría», hay un típico ejemplar de redondeada y cabal capacidad humana, al que nuestro sentido moderno de las cosas del espíritu logra añadir todavía una nota más, un complemento, que la Escritura sólo puede apuntar como flaqueza; y es el dilettantismo religioso, la inquietud politeísta, que le mueve, en sus últimos años, a levantar, junto al Templo que él mismo ha erigido al dios de Israel, los altares de divinidades extrañas, desde Astharot, ídolo de los sidonios, hasta Chamós, abominación de Moab, y Moloch, abominación de los ammonitas; confundiendo en su reverencia, o en su angustia, del misterio, las imágenes de enemigos dioses, como antes había abarcado, en los anhelos de su amor humano, a la princesa del Egipto y a las mujeres de Ammón y de Moab; a las de Idumea, a las de Sidón, y a las hetheas. Salomón es el hombre, en la plenitud de las facultades, de alma y cuerpo, con que cabe arrancar a la vida su virtualidad y su interés; el hombre que, a un mismo tiempo, investiga, ora, canta, gobierna, filosofa, ama, y goza del vivir; y que, por suma de esta experiencia omnímoda, deja, al cabo, deslizarse de su pensamiento, la gota de amargura que ha de caer, resbalando sobre la frente de los siglos, en el corazón de Rancé, como en la cerviz de Carlos V, como en la copa de Fausto.

No ya semivelado por el vapor de la leyenda, como el rey bíblico, sino a pleno sol de la historia, otro monarca de genio orbicular, aparece conduciendo a los pueblos, en los últimos días del paganismo. Es Juliano, más vulgarmente famoso por el estigma que agregó a su nombre la vindicta del vencedor, que por la estupenda complexidad de su genio, donde alternan rasgos de santo y de poeta, de sabio y de héroe. En esa alma gigantesca hay comprendidos no menos de cuatro hombres superiores, a la manera como el cráter del Pichincha tiene dentro de sí varias montañas. Renovador de una filosofía, la enciende en espíritu de religión, y su frente pensadora luce las ínfulas sacerdotales; poseedor de un cetro, lo ilustra, como Trajano, por la grandeza; como Antonino, por la bondad; vibrador de una espada, la impone al respeto de los bárbaros cuanto a la admiración de sus legiones: la lleva de las Galias de César a la Persia de Alejandro, y más feliz que Alejandro y que César, esgrimiéndola muere; dueño de un estilo, lo transfigura en la austeridad de Marco Aurelio, en la gracia de Platón, en el arrebato de Plotino, en las sales de Luciano. Una civilización se infunde entera en él para morir, y mueren juntos. Herido por un golpe sublime, el mundo antiguo se desploma a los abismos de la nada: ese titán rebelde lo recibe en sus brazos extendidos, lo mantiene en alto un instante; y cuando vencido del peso lo suelta, se precipita tras él, y su sombra inmensa sirve de cauda, en la memoria de los tiempos, a aquel mundo desorbitado.

Pasando este crepúsculo, y su noche, y aproximándose el albor de un nuevo día del espíritu humano, otra real corona ciñe, en Castilla, una frente capaz de infinita suerte de ideas: la del sabio rey de las Partidas. Si no tan grande, o si no tan venturoso, en las artes de la acción como en las del pensamiento, no menos emprendedor y altamente inspirado en las unas que en las otras, y en las de la sabiduría tan vasto y comprensivo que la extensión de la ciencia de su tiempo se mide por el círculo de sus aplicaciones, don Alfonso es formidable cabeza, de donde brota, armada de todas armas, la Minerva de una civilización que se define y constituye. Toma una lengua balbuciente, y como sentándola sobre sus rodillas, la enseña a vincular los vocablos, a modularlos, a discernirlos; y sin quitarle gracia ni candor, le añade orden y fuerza. Entra por la confusión de fueros y pragmáticas donde se entrelazan, disputando, los vestigios de sucesivas dominaciones y costumbres, y de este informe caos trae a luz el más portentoso organismo de leyes que conociera el mundo desde los días de Justiniano. Quiere escribir de lo que fue, y viniéndole estrechos los aledaños de la crónica, sube a la cúspide de la memoria de los hombres, y hace la grande e general Estoria que no había. El sentimiento poético presta curvas y claros a tan dilatada gravedad; y como la imponente basílica de piedra se animaba a sus horas con la voz del órgano que en las desiertas bóvedas volcaba las quejas y los ruegos de su melodía, así el alma de don Alfonso lleva dentro de su arquitectónica grandeza los registros de donde fluye en inexhausto raudal la piadosa inspiración de las Cantigas, preludios de un sentimiento lírico y mina inagotable de casos legendarios. Pero si la gravedad del entendimiento reflexivo vuelve a él, no le contentan las sendas donde ya ha estampado su garra; porque, como a los Reyes Magos, le atraen también los secretos de las estrellas, y alza, para atalayarlas, aquel ilustre observatorio donde ejecutores de su pensamiento componen las Tablas Alfonsinas. A sus instancias comparecen en las escuelas de Toledo las ciencias del Oriente; y el romance ennoblecido por él se abre a las ideas de los libros hebraicos, de los maestros moros de Bagdad y de Córdoba, y aun de los narradores de la India. Y toda esta maravillosa actividad, que se desenvuelve, ya por su personal y única obra, ya teniendo él en sus manos la dirección y el impulso, cúmplela aquel gigante espíritu, no en apartada quietud, sino en medio a la perpetua agitación del gobierno y de la guerra, mientras negocia colgar de sus hombros la púrpura del imperio alemán, contiene los amagos de una nobleza levantisca, o acude en las fronteras a la algarada de los moros.

Estos son reyes que de veras fueron, no en el simple sentido político, sino en el pleno sentido de la civilización, caudillos de su gente. Pero tan soberana amplitud representativa, o una complexidad de facultades que se le asemeje, no han menester, por cierto, de cetro y corona, cuando, respondiendo a singular elección de la naturaleza, se manifiestan en una criatura humana. La gran florescencia espiritual del Renacimiento es, más quizá que cualquiera otra época no inculta ni primitiva, fecunda en estos casos de omnímoda aptitud, porque, debido a un conjunto de circunstancias transitorias, tendió a generalizar, por tipo de los caracteres, una como multiplicación de la personalidad. Al desatarse las energías reprimidas y concentradas durante sueño de siglos, no parece sino que todas las actividades de la inteligencia y de la voluntad fuesen pocas para dar empleo a tal desborde de fuerza, y que cada hombre hubiera necesidad de gustar su parte de vida de muchos y distintos modos, para saciar su anhelo de gozarla. Quien en aquella alta ocasión de la historia busca sólo héroes del pensamiento o sólo héroes de la acción, encuentra casi siempre héroes de dos naturalezas: testa de águila, cuerpo de león, como el Grifo; a quienes el filosofar, o el producir de arte, y el compartir la más ferviente pasión por las puras ideas que haya prendido en humanos pechos después de Atenas y de Alejandría, no estorbaron para confundirse en la inquietud guerrera de su tiempo, y ganar gloria con la espada; ni para probar los filos de su entendimiento en esa otra esfera de las trazas e industrias de la sabiduría política, que arraigaba entonces su imperio, suavizando el zarpazo de la fuerza brutal mediante las artes refinadas que redujo a cínica y elegante expresión el libro Del Príncipe.

Así resaltan sobre el fondo triunfal del maravilloso siglo XVI, espíritus como el de aquel Cornelio Agripa, que el emperador Maximiliano lució en su séquito de guerrero y de Mecenas; extraordinaria unión de escéptico e iluminado, de ocultista quimérico y crítico demoledor; teólogo, médico, jurisconsulto, ingeniero de minas; maestro de todas ciencias, en Dôle y en Colonia, en Turín y en Pavía; auxiliar a quien los reyes se disputaban los unos a los otros, como un preciado talismán o una interesante rareza; y en la vida de acción, tan apto para el alarde heroico, que le vale título de caballero sobre el mismo campo de batalla, como para asistir a los consejos del Emperador, administrar ciudades, y participar en conciliábulos cismáticos. Así se ostenta también la genialidad de tan ilustre siglo, si la representamos por figura más estatuaria y clásica, en don Diego Hurtado de Mendoza, el hombre por excelencia significativo y armónico del Renacimiento español: cabeza para primores de estilo y para planes de gobierno, brazo para mandobles, ojo para cazas de altanería; el incomparable, el magnífico don Diego: soldado, embajador, gobernador de Siena, árbitro de Italia; verbo de Carlos V, cuya palabra hace retumbar en el concilio de Trento por encima del pontífice romano, y cuya voluntad tiende en redes sutiles alrededor de príncipes y repúblicas; y en el aspecto literario: humanista de los de la hora prima, inflamado hasta la médula de los huesos en los entusiasmos de la resurrección de la belleza y del hallazgo de manuscritos preciosos: a quien el Sultán de Turquía manda una vez, para retribuir cumplidos de Estado, seis arcas llenas de códices antiguos; poeta que lo mismo compone al uso popular que cultiva el endecasílabo de Garcilaso; escritor que reproduce en la historia pintoresca las tintas de Salustio, y enriquece la prosa castellana con la joya exquisita de El Lazarillo de Tormes.

Pero si destaramos las facultades de la política y la guerra, y agrandamos, en cambio, considerablemente, las del pensamiento puro, llevándolo, en sus dos manifestaciones de arte y ciencia, a los más amplios límites de que el genio es capaz, la novadora energía del Renacimiento se infunde en una personificación suprema: la personificación de Leonardo de Vinci. Jamás figura más bella tuvo, por pedestal, tiempo más merecedor de sustentarla. Naturaleza y arte son los términos en que se cifra la obra de aquella grande época humana: naturaleza restituida plenamente al amor del hombre, y a su atención e interés; y arte regenerado por la belleza y la verdad. Y ambos aspectos de tal obra, deben a aquel soberano espíritu inmensa parte de sí. Con los manuscritos de Leonardo, la moderna ciencia amanece. Frente a los secretos del mundo material, él es quien reivindica y pone en valiente actividad el órgano de la experiencia, tentáculo gigante que ha de tremolar en la cabeza de la sabiduría, sustituyendo a las insignias de la autoridad y de la tradición. Galileo, Newton, Descartes, están en germen y potencia en el pensamiento de Leonardo. Para él el conocer no tiene límites artificiosos, porque su intuición abarca, con mirar de águila, el espectáculo del mundo, cuan ancho y cuan hondo es. Su genio de experimentador no es óbice para que levante a grado eminente la especulación matemática, sellando la alianza entre ambos métodos, que en sucesivos siglos llevarán adelante la conquista de la Naturaleza. Como del casco de la Atenea del Partenón arrancaban en doble cuadriga ocho caballos de frente, simbolizando la celeridad con que se ejecuta el pensamiento divino, así de la mente de Leonardo parten a la carrera todas las disciplinas del saber, disputándose la primacía en el descubrimiento y en la gloria. No hubo, después de Arquímedes, quien, en las ciencias del cálculo, desplegara más facultad de abstraer, y en su aplicación, más potencia inventiva; ni hubo, antes de Galileo, quien con más resuelta audacia aplicase al silencio de las cosas «el hierro y el fuego» de la imagen baconiana. Inteligencia de las leyes del movimiento; observación de los cuerpos celestes; secretos del agua y de la luz; comprensión de la estructura humana; vislumbres de la geología; intimidad con las plantas: todo le fue dado. Él es el Adán de un mundo nuevo, donde la serpiente tentadora ha movido el anhelo del saber infinito; y comunicando a las revelaciones de la ciencia el sentido esencialmente moderno de la práctica y la utilidad, no se contiene en la pura investigación, sino que inquiere el modo de consagrar cada verdad descubierta a aumentar el poder o la ventura de los hombres. A manera de un joven cíclope, ebrio, con la mocedad, de los laboriosos instintos de su raza, recorre la Italia de aquel tiempo como su antro, meciendo en su cabeza cien distintos proyectos, ejecutados unos, indicados o esbozados otros, realizables y preciosos los más: canales que parten luengas tierras; forma de abrir y traspasar montañas; muros inexpugnables; inauditas máquinas de guerra; grúas y cabrestantes con que remover cuerpos de enorme pesadumbre. En medio de estos planes ciclópeos, aún tiene espacio y fuerza libre para dar suelta a la jovialidad de la invención en mil ingeniosos alardes; y así como Apolo Esminteo no desdeñaba cazar a los ratones del campo con el arco insigne que causó la muerte de Pythón, así Leonardo emplea los ocios de su mente en idear juguetes de mecánica, trampas para burlas, pájaros con vuelo de artificio, o aquel simbólico león que destinó a saludar la entrada a Milán del Rey de Francia, y que, deteniéndose después de avanzar algunos pasos, abría el pecho y lo mostraba henchido de lirios... Nunca un grito de orgullo ha partido de humanos labios más legitimado por las obras, que estas palabras con que el maravilloso florentino ofrecía al duque de Milán los tesoros de su genio: «Yo soy capaz de cuanto quepa esperar de criatura mortal». Pero si la ciencia, en Leonardo, es portentosa, y si su maestría en el complemento de la ciencia, en las artes de utilidad, fue, para su época, como don de magia, su excelsitud en el arte puro, en el arte de belleza, ¿qué término habrá que la califique?... Quien se inclinara a otorgar el cetro de la pintura a Leonardo, hallaría quien le equiparara rivales; no quien le sobrepusiera vencedores. Poseído de un sentimiento profético de la expresión, en tiempos en que lo plástico era el triunfo a que, casi exclusivamente, aspiraba un arte arrebatado de amor por las fuerzas y armonías del cuerpo, no pinta formas sólo: pinta el sonreír y el mirar de Mona Lisa, la gradación de afectos de La Cena: pinta fisonomías, pinta almas. Y con ser tan grande en la hermosura que se fija en la tela, aun disputa otros lauros su genio de artista: el cincel de Miguel Ángel cabe también en su mano, y cuando le da impulso para perpetuar una figura heroica, no se detiene hasta alcanzar el tamaño gigantesco; el numen de la euritmia arquitectónica le inspira: difunde planos mil, César Borgia le confía sus castillos y sus palacios; sabe tejer los aéreos velos de la música, y para que el genio inventor no le abandone ni aun en esto, imagina nuevo instrumento de tañir, lo esculpe lindamente en plata, dándole, por primor, la figura de un cráneo equino, y acompañado de él, canta canciones suyas en la corte de Luis Sforza. Cuando a todo ello agregues una belleza de Absalón, una fuerza de toro, una agilidad de Perseo, un alma generosa como la de un primitivo, refinada como la de un cortesano, habrás redondeado el más soberbio ejemplar de nobleza humana que pueda salir de manos de la Naturaleza; y al pie de él pondrás, sin miedo de que la más rigurosa semejanza te obligue a rebajarlo en un punto: -Éste fue Leonardo de Vinci.

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-¿Y si estuviera probado que Bacon y Shakespeare fueron uno?

-Si estuviera probado que Bacon y Shakespeare fueron uno, nunca las espaldas de Atlas habrían soportado tal orbe; pero ¿dónde te quedas, pecho de lirios de Leonardo, limpio y fragante como el de su león?... De aquella cima de dar vértigos, se divisaría ¡qué tristeza! el quinto foso de Malebolge, que encierra por la eternidad a los que mercaron con la justicia, y donde hirviente pez abrasa las entrañas de Giampolo, ministro prevaricador del rey Teobaldo.

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Cuando la universalidad de la aptitud se entiende sólo en relación al conocimiento, al saber, abarcado en la medida que cabe dentro de los límites completos de una civilización o de un siglo, engendra el tipo de omnisciencia que en otros tiempos dio lugar al nombre de sabio, y que, con semejante significación, ya no se reproducirá: a lo menos en cuanto alcanza a prever la conjetura. El modelo insuperable y eterno de esta casta de espíritus es aquella sombra inmensa que se levanta en el horizonte de la antigüedad, llegando la ciencia helénica a la madurez de la razón, y recoge de una brazada cuanto se piensa y sabe en torno suyo, para fijarle centro y unidad, e imprimirle su sello, después de dilatarlo con nuevas ideas y noticias, que comprenden desde la organización de los Estados hasta la respiración de los hombres; desde las formas del razonamiento hasta los fenómenos del aire. Ni aun se contenta Aristóteles con enseñar para la más noble raza del mundo: la férula de su enseñanza sobrevive a dioses que caducan e imperios que se desmoronan. Su obra austera y desnuda es como esqueleto de ideas en que apoyarán los músculos de su pensamiento tres civilizaciones distintas: la que dijo sus postreras razones con Hipatia; la que se propagó con el Islam, y la que se desenvuelve, entre luces y tinieblas, desde los primeros claustros monacales hasta las primeras cátedras de los humanistas. Entendimientos de esta trascendencia: moldes del pensar de las edades; no patrimonio de ninguna. Dicen que si el abismo de la mar se secara y hubiesen de volverlo a llenar, con el tributo que derraman en él, los ríos de la tierra, cuarenta siglos pasarían antes de que lo lograran: tal me represento yo la proporción entre la capacidad creadora de uno de estos intelectos omnímodos y la labor perseverante y menuda de las generaciones que vienen después de ellos.

Antes de que el eclipse de toda luz intelectual cierre sus sombras, la universalidad aristotélica se reproduce parcialmente, animada de nueva y sublime inspiración, en otro inmenso espíritu, y Agustín, razonador de una fe, difunde la actividad de su sabiduría y de su genio por los doce mil estadios de la ciudad de Dios. Luego, en el lento despertar de la razón humana, la universalidad, aunque desmedrada por la ausencia de vuelo y de acento personal, y por la infantil reducción de todo objeto de estudio, es carácter que fluye de lo simple e inorgánico de la cultura que alborea; y universales son, por la naturaleza de la obra que les está cometida, los mantenedores o restauradores del saber: los Casiodoros e Isidoros, los Alcuinos y Bedas, oficiosos Plinios y Varrones de una edad que ha de empezar por recoger las ideas sepultas y dispersas entre los escombros de las ruinas. Pero es en el claro de luz del siglo XIII, al incorporarse pujante el genio de una civilización que quiere dar gallarda muestra de sí antes de pasar su cetro a otra más alta que se acerca, cuando vienen al mundo algunas magníficas personificaciones de saber encíclico, que evocan, en cierto modo, la memoria augusta del humano educador de Estagira. llegan entonces los ordenadores del tesoro penosamente reintegrado, los artífices de sumas: ya, como Tomás de Aquino, concertando en derredor de la idea teológica el pensamiento de la antigüedad, sin dejar punto intacto en aquella esfera a que ciñe los anillos de esta serpiente; ya, como Rogerio Bacon, tomando del conocimiento de la naturaleza el plan regenerador y profético de un nuevo modo de sabiduría; ya, como Alberto Magno, abarcando dentro de la capacidad de su ciencia, lo sublime y lo prolijo, la especulación ontológica y el saber experimental.

En la legión de espíritus omniscios que aquel siglo trae, dos columbro cuya complejidad excede de los términos de la pura sabiduría, y se dilata por círculo aún más vasto de actividades y aptitudes, reuniendo, a múltiples maneras de ciencia, el uno inspiración gloriosa en la acción; el otro grandeza excelsa en el arte, sin que tampoco el arte fuera don negado al primero, ni al segundo faltara el de la acción. Hablo de Raimundo Lulio y Dante Alighieri: Raimundo Lulio, el «doctor iluminado», que, después de desatar sobre su siglo, desde la soledad del monte Randa, inaudito torrente de ideas, que arrastran y consumen todo objeto de conocimiento, baja de allí y aparece como apóstol y héroe de una empresa sublime, corriendo desalado, delirante de amor, los ámbitos del mundo, para predicar la gigantesca cruzada, la redención del Oriente, y alcanzar al fin las palmas del martirio; y Dante Alighieri, el que ganó la cúspide en aquella bandada de enormes águilas; el poeta sabedor de cuanto su tiempo supo, y présago de lo demás; un Leonardo de Vinci (por la dualidad del genio inventor) en quien cuadros y estatuas se transportasen a la verbal imaginería del verso, y descubrimientos y vislumbres se expresaran entre convulsiones pythónicas; o bien, un realizado fantasma Bacon-Shakespeare, apto, por lo concorde y enterizo de la edad en que nació, para manifestar su doble virtud, no en formas separadas, sino en el único y estupendo organismo de un poema donde revive aquel don de síntesis total que fue atributo de las epopeyas primitivas.

Después que el saber se constituye de manera orgánica y metódica y sus diferentes especies se emancipan y reparten, aún suele resplandecer, como aureola de algunas cabezas peregrinas, la universalidad en el conocimiento hondo y eficaz. Los dos primeros siglos de la edad moderna habían llevado ya la indagación científica a un grado de complexidad muy alto, cuando surgió Leibnitz, y tendió la mirada de sus cien ojos de Argos, sobre la naturaleza y el espíritu, y donde quiera que eligió su blanco: ciencias físicas, ciencias matemáticas, filología, jurisprudencia, metafísica, reveló oculta riqueza y mantuvo el rango genial de la invención. Aún más adelante en el tiempo que Leibnitz; menos creador e inventivo que él en los dominios de sa ciencia; pero, en cambio, abarcando, dentro de su abrazo úrdico, inteligencia de verdad e inteligencia de belleza: ciencia y arte, y trascendiendo, además, de la especulación a la acción, por aquella finalidad de la palabra, convertida en máquina de guerra, que toca, en algún modo, al heroísmo de la voluntad, resalta Diderot, el caudillo de una centuria crítica y demoledora; el profeta de la Revolución; el Aristóteles ceñido de casco y coraza, de la «Enciclopedia».

Por bajo de los espíritus en que concurren sabiduría, arte y acción; de aquellos en que se concilian dos de esas tres maneras de heroísmo, y de los que agotan las diferencias y aplicaciones de alguna de las tres, cuéntanse aún otros espíritus de amplitud superior a la ordinaria, y son aquellos que comprenden, dentro del arte o de la ciencia, un grupo armónico de disciplinas, enlazadas por la semejanza de su objeto y la afinidad de las disposiciones que requieren; así, los que cultivan con fortuna todos los géneros literarios: como Manzoni, Voltaire, Lope de Vega; todas las artes plásticas: como Puget, Bernini, Alberto Durero, Alonso Cano; todas las ciencias naturales: como Linneo, Humboldt, Lamarck.


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