Motivos de Proteo: 084

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LXXXIII - El dilettantismo. Complejidad del alma contemporánea.[editar]

Tal es el anhelo de renovarse cuando lo mueve y orienta un propósito de educación humana y cuando se sanciona y realiza por la eficacia de la acción. Si la finalidad, y el orden que la finalidad impone, faltan; si la realización activa falta también, quédase aquel deseo en el prurito de transformación intelectual característico del dilettante. El dilettantismo no es sino el anhelo indefinido de renovación, privado de una idea que lo encauce y gobierne, y defraudado por la parálisis de la voluntad, que lo retiene en los límites de la actitud contemplativa.

De lo que el impulso de renovación encierra virtualmente de fecundo y hermoso, nacen todas las superioridades y prestigios que en el espíritu del dilettante concurren y que le redimen, para la contemplación y la crítica, de aquello que su filosofía entraña de funesto si se la toma como concepción de la vida y escuela de entendimiento práctico. El don de universal simpatía; el interés por toda cosa que vive, en la realidad o en pensamiento de hombre; la curiosidad solícita; la comprensión penetrante y vivaz; la nostalgia de cuanto aún permanece ignorado; la aversión por las eliminaciones y proscripciones absolutas: tales son los puntos de contacto entre el dilettante y el temperamento de veras amplio y perfectible. Y por esta su parte de virtudes, el dilettantismo nos representa hoy en lo mejor que de característico nos queda, y es, en algún modo, la forma natural de los espíritus contemporáneos, como fueron la intolerancia y la pasión la forma natural de los espíritus en las épocas enterizas y heroicas.

El fondo múltiple, que es propio de la humana naturaleza, lo es en nuestro tiempo con más intensidad que nunca. De las vertientes del pasado vienen, más que en ninguna ocasión vinieron, distintas corrientes sobre nosotros, posteridad de abuelos enemigos que no han cesado de darse guerra en nuestra sangre; almas de esparcidísimos orígenes, en las que se congrega el genio de muchos pueblos, el jugo de muchas tierras, la pertinaz esencia de diferentes civilizaciones. Y aun más compleja y contradictoria que la personalidad que recibimos en esbozo de la naturaleza, es, en nosotros, la parte de personalidad adquirida: aquélla que se agrega a la otra, y la complementa e integra, por la acción del medio en que la vida pasa. Cada una de esas grandes fuerzas de sugestión, de esas grandes asociaciones de ejemplos, de sentimientos, de ideas, en que se reparte la total influencia del ambiente donde están sumergidas nuestras almas: la sociedad con que vivimos inmediatamente en relación, los libros que remueven el curso de nuestro pensamiento, la profesión en que se encauza nuestra actividad, la comunión de ideas bajo cuyas banderas militamos; cada una de estas sugestiones, es una energía que a menudo obra divergentemente de las otras. Este inmenso organismo moral que del mundo, para nuestros abuelos dividido en almas nacionales, como en islas el archipiélago, han hecho la comunicación constante y fácil, el intercambio de ideas, la tolerancia religiosa, la curiosidad cosmopolita, el hilo del telégrafo, la nave de vapor, nos envuelve en una red de solicitaciones continuas y cambiantes. Del tiempo muerto, de la humanidad que ya no es, no sólo vienen a nosotros muchas y muy diversas influencias por la complexidad de nuestro origen étnico, sino que el número e intensidad de estas influencias se multiplican a favor de ese maravilloso sentido de simpatía histórica, de esa segunda vista del pasado, que ha sido, en los últimos cien años, uno de los más interesantes caracteres, y una iluminación cuasi profética, de la actividad espiritual. Ninguna edad como la nuestra ha comprendido el alma de las civilizaciones que pasaron y la ha evocado a nueva vida, valiéndose de la taumaturgia de la imaginación y el sentimiento; y por este medio también, el pasado es para nosotros un magnetizador capaz de imponernos sugestiones hondas y tenaces, no limitadas ya, como cuando el entusiasmo histórico del Renacimiento, al legado y el genio de una sola civilización, sino procedentes de donde quiera que la humanidad ha perseguido un objetivo ideal y volcado en troquel nuevo y enérgico su espíritu. La anulación de las diferencias sociales suscita, para las aspiraciones de cada uno, vías divergentes y contrapuestos llamados que se lo disputan, en vez del camino raso e invariable prescripto antes por la fatalidad de la condición social y del ejemplo paterno. Tan poderosos motivos de diversidad y competencia interior, entrecruzándose, multiplicándose en virtud de la imitación recíproca, que adquiere eficacísimo instrumento con la prodigiosa difusión del pensamiento escrito, o si decimos mejor: del alma escrita (porque lo que se transmite en las letras es también, y con superior dominio, sensibilidad y voluntad): tan poderosos motivos, hacen de nuestro desenvolvimiento personal una perenne elección entre propuestas infinitas. Alma musical es la nuestra; alma forjada como de la substancia de la música; vaga, cambiante e incoercible; y a ello se debe que esa arte sin vestidura carnal sea la que, mejor que otra alguna, nos resume y expresa; al modo como la firme precisión y la olímpica serenidad de la estatua son la imagen fiel de la actitud de permanencia y sosiego con que nos figuramos, por su menor o menos inarmónica complejidad, el alma de las razas antiguas.


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