Motivos de Proteo: 085

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LXXXIV - Diferencia entre el dilettantismo y la renovación positiva de la personalidad.[editar]

Hay, pues, en el dilettantismo un fondo que concuerda con la virtualidad más espontánea y noble del espíritu de nuestra civilización. Pero el dilettante, que tiene infinitamente activas la inteligencia, la sensibilidad artística y la fantasía, tiene inactiva y yerta la voluntad; y éste es el abismo que lo separa de aquel superior linaje de temperamentos, que hemos personificado en la grande alma de Goethe. La incapacidad de querer del dilettante, su radical ineptitud para la obra de formar y dirigir la personalidad propia, reducen el movimiento interior de su conciencia a un espectáculo en que ella se ofrece a sí misma como inagotable panorama. Bástale con la renovación y la movilidad que tienen su término en las representaciones de la fantasía; bástale con la sombra y la apariencia. Así, todo es digno de contemplación para él; nada lo es de anhelo real, de voluntad afirmativa; todo merece el esfuerzo de la mente puesta a comprender o imaginar; nada el esfuerzo de la voluntad aplicada a obra viva y concreta. No cuida el dilettante del desenvolvimiento de su personalidad, porque ha renunciado a ella de antemano: desmenuza y dispersa su yo en el ámbito del mundo; se impersonaliza; y gusta la voluptuosidad que procede de esta liberación respecto de su ser individual; liberación por cuya virtud llega a hacer del propio espíritu una potencia ilimitada, capaz de modelarse transitoriamente según toda personalidad y toda forma. No aspira su razón a una certidumbre, porque aun cuando reconociera medio de hallarla, se atendría al desfile pintoresco de las conjeturas posibles. No acata un imperativo su conciencia, porque es el instinto del buen gusto la sola brújula de su nave indolente.

En el espíritu activo al par que amplio y educable, el movimiento de renovación es, por lo contrario, obra real y fecunda, limitada y regida mediante las reacciones de una voluntad que lleva por norma la integración de un carácter personal. Mientras, en el dilettante, las impresiones, los sentimientos, las doctrinas, a que, con indistinto amor, franquea su conciencia, se suceden en vagabundo capricho, y pasan como las ondas sobre el agua, aquél que se renueva de verdad escoge y recoge, en la extensión por donde activamente se difunde: cosecha, para el fondo real de su carácter, para el acervo de sus ideas; relaciona lo que disperso halló, triunfa de disonancias y contradicciones transitorias, y ordena, dentro de la unidad de su alma, como por círculos concéntricos, sus adquisiciones sucesivas, engrandeciendo de esta suerte el campo de su personalidad, cuyo centro: la voluntad que mantiene viva la acción y la dirige, persiste y queda siempre en su punto, como uno permanece el común centro de los círculos, aun cuando se les reproduzca y dilate infinitamente. En tanto que, en la contemplación inmóvil de sus sueños, se anula Hamlet para la realidad de la vida, el alma de Fausto, como el espíritu que su magia evoca, en la tempestad de la acción se renueva; es un torbellino; sube y baja. No envenena y marchita el alma de este temple las raíces de la voluntad con los sofismas del renunciamiento perezoso: no teme conocer la realidad de lo soñado, ni probar la pena del esfuerzo, ni adelanta y da por cierta la saciedad; sino que, mientras permanece en el mundo, aspira y lucha; y de las sugestiones del desencanto y el hastío, adquiere luz con que emprender nuevos combates. Realiza la concordia y armonía entre el pensamiento y la acción, sin que la amplitud generosa del uno dañe a la seguridad y eficacia de la otra, ni el fervor de la energía voluntaria se oponga a la expansión anhelante del espíritu. Y realiza también la conciliación de las mudanzas y sustituciones propias del que se mejora, con la persistencia de la integridad individual. Lejos de descaracterizarse en el continuo cambio de las influencias, no amengua, sino que acrece, su originalidad cada día, porque cada día es en mayor proporción artífice y maestro de sí mismo. No degenera su poder de simpatía en negación de su persona; no se desvanece y absorbe en cada objeto, para despertar de este como sueño, en que el dilettante se complace, reducido a una pura virtualidad, devuelto a una fluidez indiferente e informe, apto sólo para otras personificaciones ficticias y otros sueños; sino que se sumerge en el nuevo objeto de amor para resurgir de él transfigurado, dilatado, dueño de nuevos aspectos y potencias, y con todo, más personal y más constante que nunca, como quien saliera de un mirífico baño de energía, inteligencia y juventud.

Remedo es el dilettantismo, y desorden; orden y realidad, la vida activa y perfectible. Así como antes discernimos la positiva renovación de la personalidad, del equilibrio instable en que vive aquel que de personalidad carece, y de la inquietud angustiada y estéril del calenturiento, sepamos discernirla también de la vana y tentadora ilusión del dilettante.



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