Motivos de Proteo: 119

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CXVIII - Las petrificaciones orgánicas. Fe petrificada. Los que creen que creen.[editar]

¡Con qué pasmosa sutileza la obra lenta y asidua de sustitución, de que provienen las petrificaciones orgánicas, trueca el despojo vegetal en concreción silícea, sin cambiar en lo mínimo su forma y estructura!

Esta piedra fue fragmento soterrado de un tronco. Descompuesta la sustancia vegetal, cada molécula que ella perdió en disolución secreta y morosa, fue sustituida al punto, y en su propio lugar, por otra de sílice. Cuando la última partecilla orgánica se hubo soltado, todo fue piedra en el conjunto; mas ni una línea, ni un relieve, ni un hueco, ni un ínfimo accidente de la construcción interna del tronco, faltaron en la conservación de la apariencia. Ésta es la superficie del tronco, con sus grietas y arrugas; éstas son las fibras corticales, y éstas las capas leñosas, y éstos los radios que van del núcleo a la corteza, y éste el obscuro y compacto corazón del árbol. Aun cuando ese artificio de la Naturaleza se hubiera consumado ante un espectador perenne, éste no hubiese reparado en él; tal ha sido la lentitud, tal la perfección, de la obra. Todo está intacto en la apariencia; todo ha cambiado en la substancia. Donde hubo el resto de un árbol, sólo hay un trozo de piedra.

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Ve ahí la imagen de lo que pasa en multitud de almas, que un día tuvieron una convicción que exaltaba el amor, una fe viva, personal, nutrida con la savia de su corazón y de su pensamiento, apta para renovarse y ganar en capacidad y simpatía. Luego, apartaron su atención del trato íntimo con las ideas, porque la atrajo a lo exterior el bullicio del mundo; o bien, celosos de la integridad de su creencia, la guardaron de cuanto significara una remoción, un arranque innovador; y sea por lo uno o por lo otro, mientras descansaban confiados en la idea que juzgaban con vida para siempre, llegó un tiempo en que ya lo que llevaron dentro de sí fue sólo una seca concreción, imagen engañosa de la fe que antes alentaban; con toda la disciplina que ella estableció, con todas las costumbres que determinó, con todo aquello que la constituía formalmente; con todo lo de la fe, menos su jugo y su espíritu. La paz y constancia que el alma toma entonces por signos de la resistente firmeza de su sentimiento no son sino inmovilidad de cosa muerta. La obra lenta y delicada del tiempo, obrando sin perceptible manifestación, ha sido bastante para sustituir el espíritu que creó la forma por la forma vacía de espíritu. El tiempo ha robado al alma la esencia de su fe, y el alma no lo siente. Duerme, soñando en su pasado; tan incapaz de abandonar la creencia a que un día se atuvo, como de sacar de ella nuevo, original amor, nuevo entusiasmo, nueva ternura, nueva poesía, nueva ciencia... Así soportan en el alma el petrificado cadáver de una fe, rígidos devotos, graves prelados, apologistas elocuentes; quizá, sabios teólogos; quizá, ilustres pontífices. ¿Puede llamárseles convencidos o creyentes? No, en realidad. ¿Impostores? Tampoco. Su sinceridad suele ser tan indudable como su ignorancia de lo que ocurre en su interior. Creen que creen, según la insustituible expresión de Coleridge.


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