Motivos de Proteo: 141

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CXL - Lucrecia y el mago.[editar]

Artemio, corregidor de la Augostólida de Egipto, en tiempo que elegirás dentro del crepúsculo de Roma, era neófito cristiano. A la sombra de su severa ancianidad, vivía, en condición de pupila, Lucrecia, cuyo padre, muerto cuando ella estaba en la niñez, había sido conmilitón y amigo de Artemio. No defraudaba esta Lucrecia el esplendor de tal nombre. Antes se le adelantaba por la calidad de una virtud tan cándida, igual y primorosa, que tenía visos y reflejos de beatitud. Un día, llegó a casa de Artemio un religioso de algún culto oriental: bramino, astrólogo, o quizá mago caldeo, de los que por el mundo romano vagaban añadiendo a su primitivo saber retazos de la helénica cultura y profesando artes de adivinación y encantamiento. El corregidor le recibió de buen grado: la religiosidad de estos cristianos de Oriente solía darse la mano con la afición a cosas de hechicería. Oyendo decir al mago que, entre las capacidades de su ciencia, estaba la de poner de manifiesto lo que las almas encerraban en su centro y raíz más apartados de la sospecha común, Artemio hizo comparecer a Lucrecia, movido del deseo de saber qué prodigiosa forma tomaba, en lo radical y más denso de su espíritu, la esencia de su raro candor. El mago declaró que sólo precisaba una copa que ella colmase de agua por su propia mano, y que bajo la diafanidad del agua vería pintarse, como en limpio espejo, el alma de Lucrecia. -Veamos -dijo Artemio-, qué estrella de inocente fulgor, qué cristalino manantial, qué manso cordero, ocupa el fondo de esta alma... -Fue traída la copa, que Lucrecia llenó de agua hasta los bordes, y hecho esto, el mago concentró en la copa la mirada, y la doncella y su tutor anhelaron oír lo que decía. -En primer termino -empezó- veo, como en todas las almas que he calado con esta segunda vista de mis ojos, una sima o abismo comparable a los que estrechan el paso del viajero en los caminos de las montañas ásperas. Y allá, en lo hondo, en lo hondo -interrumpióse, vacilando, un momento-... ¿Lo digo? -preguntó después. Y como Artemio inclinase la cabeza- ... pues lo que veo, continuó, en las profundidades de ese abismo, es una alegre, briosa y resplandeciente cortesana. Está acostada bajo alto pabellón, de los de Tiro; y duerme. Viste toda de púrpura, con el desceñimiento y transparencia que, más que la propia desnudez, sirven de dardo a la provocación. Un fuego de voluptuosidad se desborda de sus ojos velados por el sueño, y enciende, en las comisuras de los labios, como dos llamas, entre las que se abre la más divina e infernal sonrisa que he visto. La cabeza reposa sobre uno de los brazos desnudos. El otro sube en abandono, todo entrelazado de ajorcas que figuran víboras ondeantes, y entre el pulgar y el índice alza una peladilla de arroyo, sangrienta de color, que es de los signos de Afrodita. Eso es lo que esta alma tiene en lo virtual, en lo expectante, en lo que es sin ser aún: en fin, Artemio, en la sombra de que quisiste saber por artes mías... -¡Vil impostor! -gimió en esto Lucrecia, llenos de lágrimas los ojos: ¿tu ciencia es ésa? ¿tu habilidad es infamia? Traigan una brasa de fuego con que probar si pasa por mis labios palabra que no sea de verdad, y óiganme decir si anida, en mí, intención o sentimiento que guarde relación con la imagen que pretende haber visto dentro de mi espíritu! -Calla, pobre Lucrecia -arguyó el mago-; ¿acaso es menester que tú lo sepas? Tú dices verdad y yo también. -¿Justo será entonces -dijo Artemio-, menospreciar las promesas que nos cautivaban y preparar nuestro ánimo a la decepción? -No pienso como tú -replicó el mago-; ¿quién te asegura que la cortesana despierte? -Digo por si despierta -añadió Artemio-. -Señor -repuso el mago-, yo te concedo que eso pase; pero yo vi también en el fondo del alma de esa hetaira dormida que está en el fondo del alma de Lucrecia; y vi otro abismo, y en el seno del abismo una luz, y como envuelta y suspendida en la luz, una criatura suavísima, por la que el ampo de la nieve se holgara de trocarse, según es de blanca. Junto a esta dea, mujer sin sexo, puro espíritu, juzgarías sombra el resplandor de la virtud de Lucrecia; y como la cortesana en tu pupila, ella, en la cortesana, duerme... -¿Infiero de ahí -dijo el corregidor-, que aun con el despertar de la cortesana, podrían resucitar sahumadas nuestras esperanzas en Lucrecia? Demos gracias a Dios, ya que en el extravío de su virtud hallamos el camino de su santidad. -Sí -volvió a decir el mago-; pero no olvides que, como en las otras, hay en el alma de esa forma angélica un abismo al cual puedo yo asomarme. -¿Y quién -preguntó Artemio-, es la durmiente de ese abismo? -Te lo diría -opuso el mago-, si fuera bien mostrar a los ojos de Lucrecia una pintura de abominación. Piensa en la escena de la Pasifae corintia de Lucio; piensa en mujer tal que para con ella la primera cortesana sea, en grado de virtud, lo que para con la primera cortesana es Lucrecia. -¡Me abismas -prorrumpió Artemio-, en un mar de confusiones! ¿Qué extraña criatura es ésta que la amistad confió en mis manos?... -Cesa en tu asombro -dijo finalmente el mago, acudiendo a reanimar a Lucrecia, que permanecía sumida en doloroso estupor-: ella no es ser extraordinario, ni las que has visto por mis ojos son cosas que tengan nada de sobrenatural o peregrino. Con cien malvados, que durmieron siempre, en lo escondido de su ser, subió a la gloria cada bienaventurado; y con cien justos, que no despertaron nunca, en lo hondo de sí mismo, bajó a su condenación cada réprobo. Artemio: nunca estimules la seguridad, en el justo; la desconfianza, en el caído: todos tienen huéspedes que no se les parecen, en lo oculto del alma. Veces hay en que el bien consiste en procurar que despierte alguno de esos huéspedes; pero las hay también (y esto te importa) en que turbar su sueño fuera temeridad o riesgo inútil. El sueño vive en un ambiente silencioso; la inocencia es el silencio del alma: ¡haya silencio en el corazón de Lucrecia!...


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