Nadie encendía las lámparas: El comedor oscuro

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El comedor oscuro
de Felisberto Hernández



Durante algunos meses mi ocupación consistió en tocar el piano en un comedor oscuro. Me oía una sola persona. Ella no tenía interés en sentirme tocar precisamente a mí. Y yo, por otra parte, tocaba de muy mala gana. Pero en el tiempo que debía transcurrir entre la ejecución de las piezas –tiempo en que ninguno de los dos hablábamos–, se producía un silencio que hacía trabajar mis pensamientos de una manera desacostumbrada.

Primero yo había ido una tarde a la Asociación de Pianistas. Los muchachos de allí me habían conseguido trabajo muy a menudo en orquestas de música popular, y hacía poco tiempo habían patrocinado un concierto mío. Aquella tarde el gerente de la sociedad me llamó aparte:

—Che, tengo un trabajito para vos. Es poca cosa (ya había empezado a poner cara de segunda intención) pero puede resultarte de gran porvenir. Una viuda rica quiere que le hagan música dos veces por semana. Son dos sesiones de una hora y paga uno cincuenta por sesión.

Aquí se interrumpió y salió un instante porque lo habían estado llamando de la pieza de al lado.

Él creía que a mí me deprimiría lo de ir a trabajar por tan poco; y dijo todo medio en broma y en tono de querer convencerme, porque había poco trabajo y era conveniente que yo me prendiera de lo primero que encontrara.

De buena gana yo le hubiera confiado lo contento que estaba con aquel ofrecimiento; pero a mí me hubiera sido muy difícil explicar, y a él comprender, por qué yo necesitaba entrar en casas desconocidas.

Cuando él volvió yo estaba flotando en plena vanidad, pensaba que la viuda habría oído mi concierto, o mi nombre, o visto fotografías o artículos en los diarios. Entonces le pregunté:

—¿Ella me mandó buscar a mí?

—No, ella mandó buscar un pianista.

—¿Para hacer música buena?

—Yo no sé. Tú te arreglas con ella. Aquí está la dirección. Tienes que preguntar por la señora Muñeca.

La casa era de altos, balcones de mármol. Apenas entré al zaguán fui detenido por dimensiones desacostumbradas y mármoles más finos que los del balcón; eran colores indefinidos y aun estando allí parecían vivir en lugares lejanos.

Me miraban los cristales biselados de las puertas que daban al patio; ellas tenían poca madera y parecían damas escotadas o de talle muy bajo; las cortinas eran muy tenues y daban la impresión de que uno sorprendiera a las puertas en ropa interior. Detrás de las cortinas se veía, inclinándose apenas, un helecho casi tan alto como una palmera.

Hacía rato que había tocado el timbre cuando vi aparecer en el fondo del patio una inmensa mujer. Hasta que no abrió la puerta no quise convencerme de que traía colgando de los labios un cigarrillo rubio. Sin saludarme, preguntó:

—¿Usted viene de la sociedad de los pianistas?

Apenas le hube contestado abrió la puerta, se dio vuelta y caminó hacia el patio como indicándome que la siguiera. Yo tenía pegado en los ojos, todavía, el recuerdo de su boca en el momento de hablarme; los labios eran carnosos y entre ellos se bamboleaba el cigarrillo encendido. Me había hecho pasar a un rincón del patio que no era visible desde el zaguán. No bien me senté en un sillón que ella me había indicado con una mirada de párpados bajos, le pregunté:

—¿Usted es la señora Muñeca?

—Si la señora Muñeca lo oye decirme eso a mí, nos echa a los dos.

Pero no se aflija, tengo todo previsto.

Abrió la puerta que daba al comedor. En el vidrio había dibujado un paisaje de cigüeñas. La cabeza de la mujer daba a una altura del vidrio donde también había una cabeza de cigüeña que tenía un pescado en el pico y estaba a punto de tragárselo. Yo apenas tuve tiempo de mirar el gran patio lleno de plantas y mayólicas de colores; en seguida apareció de nuevo la mujer rubia con un platillo de postre. Se sentó en una silla que había cerca de mi sillón y puso el platillo en otra silla. Entonces dijo:

—No debe tardar mucho. La acostumbré a que toque el timbre cada vez que llegue. Le dije que si dejaba la puerta abierta podían robarle algo.

Yo fui a hablar y no encontraba la voz; tardé como si hubiera tenido que buscar el sonido en algún bolsillo.

—Ella ha tenido buen gusto...

No me dejó terminar.

—El gusto no es de ella. Aquí vivía un “dotor”. A él se le murió una hija y le vendió la casa a ésta, que ya era viuda y rica desde jovencita.

Echó la ceniza del cigarrillo en el platillo de postre y yo creí que el platillo se caería.

—Lo que no tenía el “dotor” era piano. Lo compró ésta; y bastantes lágrimas que le costó.

Yo la miré, abriendo los ojos y tal vez la boca. Parecía que a ella le gustara mi manera de escuchar, porque después de tanto silencio despectivo estuvo de charla hasta que vino la dueña de casa. Lo que más la hacía conversar era algo que tuviera que ver con la señora Muñeca; aunque empezara hablando de otra cosa parecía que sin darse cuenta se fuera resbalando despacito hasta caer en el mismo tema.

Yo le pregunté:

—¿La señora Muñeca es alta como usted?

Se rió.

—Cuando vinimos aquí tuve que bajar todos los espejos; y la que me tengo que agachar soy yo.

De pronto y sin venir al caso volvió a lo del piano: era como algo que hubiera dejado cocinándose y ahora tuviera que seguir revolviendo.

—Buenas lágrimas le costó el piano. Lo compró para que tocara un novio que tuvo. Él hizo un tango y le puso “Muñeca”, por ella. Después, una noche en que él se iba para Buenos Aires y no quería que lo fueran a despedir, ella se encaprichó y fuimos las dos. Pero él llegó tarde al vapor; venía del brazo de otra y subieron corriendo “la escalerita”.

Yo hice el ademán de agarrar el platillo en un momento que creí que se caería. Ella comprendió y me dijo que no tuviera miedo; pero como tocaron el timbre salió corriendo con el platillo y se introdujo en el paisaje de las cigüeñas.

A los pocos instantes alcancé a ver una mancha violeta pegada a la puerta que daba al zaguán. Unas uñas impacientes golpeaban el vidrio. Cuando la mujer grande abrió, entró enseguida una mujer chica y le empezó a hablar del carnicero. A mí me parecía que un ojo de la recién llegada miraba hacia mí; yo la veía de perfil; aunque ya de edad no parecía fea; pero recuerdo lo que ocurrió cuando empezó a dar vuelta la cara lentamente y yo la empecé a ver de frente; era tan enjuta que fui recibiendo un chasco como el que dan las casas que uno ve de frente y después de pasarlas y mirarlas de costado resulta que no tienen fondo y terminan en un ángulo muy agudo. Casi podría decirse que aquella cara existía nada más que de perfil; y que de frente apenas era un poco ancha donde estaban los ojos; los tenía extraviados de manera que el izquierdo miraba hacia el frente y el derecho hacia la derecha. Para compensar la estrechez de la cara se peinaba haciéndose un gran promontorio; aparecían varios colores de pelo: negro, diversos matices del castaño y mechones sucios tendiendo al blanco. Encima de todo tenía un pequeño moño que en apretada síntesis era la muestra de todos los colores.

Cuando empezó a caminar hacia mí, nos miramos sin hablar; y así en todo el rato que ella empleó en cruzar el patio.

—¿Usted es el pianista? ¿Quiere pasar?

Llevó el promontorio hacia la puerta del comedor. A pesar de todo aquel pelo, apenas alcanzaba a las patas de la cigüeña del pescado en el pico. Cuando retiramos las sillas que estaban junto a la gran mesa, el ruido hizo un eco que parecía un rugido. Aquel comedor, oscuro por sus muebles y su poca luz, tenía un silencio propio. Daba pena que aquella mujer lo violara cuando me decía:

—En mi familia (movía los ojos y yo no sabía cuál mirarle, porque tampoco sabía cuál de ellos me miraba a mí), en mi familia, todos han respetado la música. Y yo quiero que en esta casa, dos veces por semana, se toque la música.

En seguida la llamaron porque había venido el carnicero. Se levantó agitando una gran cadena dorada que le daba varias vueltas por el pecho y que al final terminaba atada al costado izquierdo de la cintura.

Había, paradas en el trinchante, dos bandejas ovaladas que miraban al patio y de allí recogían la única luz que iba quedando en el comedor. También blanqueaban un poco los pescados de un cuadro que había encima del trinchante. Yo tenía adormecida la palma de la mano por que la había estado pasando por encima de la carpeta que ahora se veía de un color verde oscuro. Cuando ella volvió, yo traté de apresurar la entrevista.

—¿Qué clase de música desea la señora?

—¿Cómo qué clase de música? La que toca todo el mundo, la que está de moda.

—Muy bien. ¿Se puede probar el piano?

—Ya lo debía haber hecho.

—¿Dónde está?

—Detrás suyo. ¿No lo ve?

—No, señora, hay poca luz.

Arrimó una pantalla de pie al rincón donde estaba el piano. Tropezó y empezó a rezongar. Cuando encontró el enchufe, la luz dio sobre el color guindo de un piano chico. Después que lo probé y hube dicho otro “muy bien”, se me ocurrió preguntarle:

—¿Con qué intervalo debo hacer las piezas?

—¿Qué quiere decir con eso?

—¿Cuántos minutos tienen que pasar después de terminar una pieza y...?

—Lo mismo que tardan en el café japonés.

Dije el último “muy bien” y me despedí hasta el día fijado. La tarde que fui a tocar por primera vez, tampoco estaba la señora Muñeca. La mujer grande me hizo pasar al comedor y empezó a darme charla. Ella se llamaba Filomena, pero desde niña se había hecho llamar Dolly; era el nombre de una desdichada que se había tirado al mar en una película de aquel tiempo. Según pude averiguar después, ni ella ni la dueña de casa sabían que Dolly, en inglés, quería decir muñequita. Y, no sé por qué, temí sacarlas de esa ignorancia. Por último me habló de un hermano de la señora Muñeca. Ella le había hecho conseguir un empleo; y si seguía portándose “como es debido”, le escrituraría, a nombre de él, una pequeña casa que tenía en el Prado al lado de un chalet que también era de ella.

A mí se me había dormido la palma de la mano porque la había estado pasando por el cuerpo repujado de una silla vecina.

Cuando la señora Muñeca tocó el timbre yo llevé mi silla al piano, puse las músicas en el atril y la esperé, pronto para empezar. Apenas ella entró, se llevó las manos al costado izquierdo y sacó la punta de la cadena, donde tenía un pequeño reloj; aquello era tan desproporcionado como si hubiera atado un perrito con una cadena de aljibe. Ella me dijo: “Puede empezar”. Después se sentó en el otro extremo de la mesa y se le ocurrió, como a mí, pasar la mano por encima de la carpeta. Yo empecé a tocar un tango y, antes de terminarlo, apareció la grandota; hablaba fuerte para cubrir el ruido del piano.

—Muñeca, ¿dónde dejó la caldera?

Muñeca tenía otro sentido de las cosas que estaban sucediendo; a ella se le había ocurrido hacer tocar música y la pagaba como algo serio, como si hiciera dar teatro para ella; y esta otra venía a interrumpir la función y a romper ese sentido de dignidad y de aristocracia que ella quería tener en su casa. Entonces se paró enojada y dijo:

—Nunca más vengas a gritar y a interrumpir la música.

La grandota dio media vuelta y se fue. Pero casi al instante la señora Muñeca volvió a llamarla gritándole:

—¡Dolly!

Y en seguida contestó la otra:

—¿Muñeca?

—Prepará el mate. La caldera está en el cuarto de baño.

Yo ya había terminado el tango; miraba los muebles y pensaba en el doctor. Aquella casa tenía algo de tumba sagrada que había sido abandonada precipitadamente. Después se habían metido en ella aquellas mujeres y profanaban los recuerdos. Encima del trinchante había un paquete de yerba empezado; y dentro de una cristalera para hacer entrar una botella de vino ordinario, habían empujado, unas encima de otras, las copas de cristal.

Dolly trajo en silencio lo que le habían pedido; yo empecé a tocar un “vals sentimental” y ya nadie habló más. La señora Muñeca tomaba mate, miraba hacia el patio y parecía, lo mismo que las bandejas, no hacer otra cosa que recibir la última luz. Yo no pedí que me encendieran la portátil de pie. Toqué algunas piezas de memoria y en los intervalos pensé en mis cosas. La señora Muñeca no sólo parecía que no oía la música, sino que había dejado el mate y una de sus manos quedó inmóvil encima de la carpeta.

En las sesiones siguientes, ya tenían todo preparado. Y después que la señora Muñeca tomaba los primeros mates y yo tocaba los primeros tangos, ella se quedaba inmóvil y yo pensaba en mis asuntos.

Cuando ya hacía más de un mes que trabajaba allí, volvió a ocurrir que la señora Muñeca no tenía preparado el servicio del mate. Llegó un poco nerviosa a donde estaba yo y me dijo que ella me oiría lo mismo desde otra pieza. Aquella tarde volvió a decir a Dolly que le preparara el mate y que la caldera estaba en el cuarto de baño. Cuando Dolly volvió la señora no estaba en el comedor. Entonces aprovechó para decirme:

—Hoy hace dos años que vimos al novio de Muñeca cuando subía la escalerita del vapor dándole el brazo a la otra. Así que tené cuidado y portáte bien.

A mí me hizo muy mala impresión que me tratara de tú y me disponía a reprochárselo cuando llegó la señora. Esa tarde ella aparecía y desaparecía como esas lloviznas que interrumpen el buen tiempo.

A los pocos días me mandaron buscar de la Asociación de Pianistas y el gerente me dijo:

—Estuvo aquí la señora Muñeca a pedir otro pianista. Dice que vos sos un tipo triste y que tu música no alegra. Yo le contesté: “Mire, señora, ése es el primer pianista de la asociación” y traté de convencerla diciéndole que cambiarías el repertorio y que tocarías con más vida.

Yo estaba deprimido. Y me fue violento ir a la sesión siguiente, pues tenía que tocar “con más vida” y además decirle a Dolly que no me tratara de tú. Pero, cuando llegué al comedor, ocurrieron cosas inesperadas. Estaba de visita el hermano de la señora Muñeca y resultó ser conocido mío. Enseguida se paró, me dio la mano y me dijo:

—¿Cómo está, maestro? Lo felicito; ya sé que tuvo mucho éxito en su concierto. Vi los artículos y las fotografías en los diarios.

Los ojos de Muñeca disparaban miradas para todos lados y parecía que aquella desviación fuera a propósito para desconfiar de todo el mundo. Entonces nos interrumpió exclamando:

—¿Cómo? ¡No me habían dicho que usted era una persona que salía en los diarios!

Siguió el hermano:

—¡Sí, cómo no! Y una vez salimos juntos en el mismo diario; estábamos separados nada más que por una columna. Fue aquella vez que me nombraron secretario del club.

Intervino Muñeca:

—Y que te felicitó el presidente. –Y después dijo–: Vení.

Yo tenía la cabeza baja y vi salir del comedor oscuro, primero el vestido violeta y, a poca distancia, los pantalones negros del hermano.

Después empecé a recordar el café donde yo tocaba cuando conocí a este muchacho. No sé por qué le llamaban “Arañita” y por qué él lo toleraba, ya que era tan bravo. Y ahora yo me había empecinado en hacer entrar a la señora Muñeca, con el vestido violeta, en la historia de este muchacho. Ella llegaba tarde a la idea que yo tenía de él; y aunque me hubiera sido más cómodo dejar este trabajo para otro día, no podía pasar sin imaginarme de nuevo todo lo que sabía de Arañita, pero agregándole esta hermana. También me parecía que era ella quien quería entrar en la historia; y tan a la fuerza como en un ómnibus repleto.

Aquel café estaba escondido detrás de unos árboles y debajo de un primer piso con balcones. Todo el que pretendiera entrar era detenido en la puerta. Apenas se ponía la mano en la manija, que era grande y negra como la de una plancha de sastre, ésta daba vuelta para todos lados sin ofrecer resistencia. Parecía que la puerta se riera de uno. Si a pocos pasos del vidrio había una persona –estando más lejos ya la suciedad del vidrio no permitiría verla–, es posible que la persona hiciera un ademán con el brazo como diciendo: “¡Véngase! ¡Empuje!”. Entonces uno pegaba un empellón y la puerta rezongaba, pero cedía. Después de estar adentro y apenas se daba la espalda a la calle, la puerta se vengaba descargando un golpe de resorte.

El humo tragaba mucha de la poca luz que daban unas lamparillas y mucho del color de los trajes. Además, se tragaba las columnitas en que se apoyaba el palco donde tocábamos nosotros. Éramos tres: “un violín”, “una flauta” y yo. Parecía que también había sido el humo quien hubiera elegido nuestro palco hasta cerca del techo blanco. Como si fuéramos empleados del cielo, enviábamos a través de las nubes de humo aquella música que los de abajo no parecían escuchar. Apenas terminábamos una pieza, nos invadía la conversación de toda aquella gente. Era un murmullo fuerte, uniforme, y en invierno nos llenábamos de modorra. Nos asomábamos sentados en la baranda del palco y no sé qué hacíamos tanto rato con los ojos sobre las cosas. De pronto mirábamos, simplemente, cómo allá abajo las cabezas se asomaban a los círculos blancos de las mesas de mármol y las manos llevaban hasta cerca de la nariz el café, que se veía como una pequeña mancha negra. Uno de los mozos era miope y andaba detrás de unos cristales muy gruesos; ellos le aconsejaban con mucha lentitud dónde podía encontrar una cosa; después la nariz oscilaba como una brújula hasta que se detenía apuntando a su objetivo. En una mano llevaba una bandeja y con la otra iba tanteando a la gente. Era divorciado, vuelto a casar y lleno de hijos chicos. Nosotros lo contemplábamos como a un vaporcito que navegaba entre islas, encallando a cada rato o descargando los pedidos en puertos equivocados.

Todo esto ocurría en la noche. Pero en la sección vermouth era muy distinto; y no sólo por saberse que aquélla era una hora de la tarde y no de la noche; y porque hubiera otro público y se tomaran otras cosas. A esa hora venía la gente del club político ubicado encima del café. Llenaban dos mesas del fondo y casi todos eran compañeros o admiradores de Arañita. Antes de poder conversar con él lo miraban desde lejos un buen rato y esperaban que él terminara de preparar los cocktails detrás del mostrador. A esa hora, solamente, se encendía una luz muy fuerte que iluminaba el blanco del saco, la camisa y los dientes de Arañita. Contra todo eso se oponía la corbata, las cejas, los ojos y el pelo de él, que era del más decidido negro. Y como color conciliador estaba el de su cara; era aceituna y apenas sombreado en algunas partes, sobre todo encima de las cejas, pues éstas hubieran resultado inmensas si no se las afeitara dejando apenas dos pedacitos parecidos al cordón de los zapatos.

Ninguna parte de la cara parecía moverse durante la ceremonia; ni se sabía cuál era el preciso instante en que él tomaba o dejaba una botella; la vista no alcanzaba a sincronizar el tiempo exacto en que él daba impulso a un objeto y el tiempo en que el objeto obedecía. Parecía que las botellas, los vasos, el hielo y los coladores tuvieran vida propia y hubieran sido educados en un régimen de libertad; no importaba que no obedecieran instantáneamente: ellos eran responsables y todo llegaría a su tiempo. En el único momento que los ojos podían saciar su grosera sed de ajuste era mientras Arañita sacudía enérgicamente la coctelera. En uno de esos momentos yo alcancé a pasar por una de las mesas del fondo y sentí decir: “Se conoce que es un hombre de carácter, ¿eh?”.

Arañita sabía cuál cocktail tenía más salida a una hora determinada. Entonces preparaba muchos vasos al mismo tiempo. Después de sacudir la coctelera repartía el líquido en cada vaso con un mismo movimiento del pulso; pero era tal la precisión, que uno pensaba en los secretos de la naturaleza; cada gota iba a su corral de vidrio como por un instinto de familia. Después de haber depositado la primera carga de la coctelera –que podía ser de gotas de una raza oscura–, preparaba otra de raza blanca y volvía a depositar en la misma forma las nuevas familias. Entonces llegaban los instantes tan esperados por nosotros. Él tomaba una cucharita de cabo largo; con pocos golpes giratorios cruzaba rápidamente las familias que había en cada vaso y surgía lo inesperado: cada vaso cantaba un sonido distinto y comenzaba una música de azar. Porque lo único imprevisible de cada día era la acomodación de vasos aparentemente iguales con el secreto de sonidos distintos.

De pronto veíamos a Arañita ponerse el saco, negro y ajustado, y el sombrero, de alas planas y duras como si fueran de acero. Daba vuelta por el lado de afuera del mostrador y el propio patrón –amigo y correligionario–le servía una caña. Ya los políticos iban saliendo y lo esperarían en el club. Varias veces, a esa hora, yo recordé algo que sabía de él. Había tenido una novia que una vez le pidió permiso para ir a un baile; aunque él se lo negó, ella lo mismo fue. Al poco tiempo él lo supo y cortó las relaciones con palabras que fueron como golpes secos. Una tarde ella vino al café; pero él la mandó despedir con un mozo. Y al poco tiempo ella se envenenó.

Al principio él era muy amigo de nosotros; pero un buen día dejó de saludarnos. En la baranda del palco había muchas bombitas de colores; y él era el encargado de encenderlas cuando empezaba la orquesta. Un día el “violín” descubrió que Arañita las encendía en el preciso instante en que sonaba el primer acorde de la pieza con que nosotros abríamos la sesión. Entonces, pensando en hacerle una broma, una noche hicimos todos al mismo tiempo un solo acorde cualquiera. El estampido del acorde junto con la luz llamó la atención de la gente y algunos aplaudieron. Pero Arañita caminaba rabiosamente detrás del mostrador y parecía próximo a saltar. No nos saludó más; pero mucho tiempo después y cuando yo ya no tocaba en el café, él me vio por la calle, me vino a saludar con una sonrisa muy franca y volvimos a quedar amigos.

Aquella tarde en el comedor oscuro también vino a saludarme, antes de irse, y me dijo:

—Puede estar tranquilo. En esta casa su empleo está seguro.

Menos mal. Ésta era una de las consecuencias del concierto. Pero en seguida pensé que tenía una preocupación y que en ese momento no recordaba cuál era. Pronto la encontré. Era que Dolly no debía tratarme de “tú”. Y precisamente en ese instante entró ella tendiéndome la mano. Había venido corriendo en puntas de pie. Yo no tuve más remedio que darle mi mano. Entonces ella me dijo:

—Te felicito. –Y salió corriendo.

En las sesiones siguientes Muñeca se volvió a sentar silenciosa a tomar mate en el comedor y yo pude pensar a gusto en mis cosas.

Después que Arañita hubo arreglado mi situación en casa de la hermana, Muñeca pasó mucho tiempo sin interrumpir mis pensamientos. Tomaba mate hasta que se le enfriaba el agua y después, dejando quietos sus ojos extraviados, ella también miraba sus recuerdos. Sin embargo, una tardecita que el comedor estaba muy oscuro y faltaba poco para terminar la sesión, Muñeca me habló. Yo en ese momento estaba lejísimo de pensar en ella. Cuando las palabras de Muñeca chocaron contra mí y el silencio se derrumbó, hice un movimiento brusco con los pies y le pegué al piano; la caja armónica quedó sonando y en seguida Muñeca soltó una carcajada chabacana. Después ella repitió sus palabras:

—Le preguntaba cómo se llama ese tanguito que tocó.

Mi primer impulso fue decirle el título; pero después pensé que si se lo decía –el tango se llamaba “¿Te fuiste? Ja, ja...”– ella pensaría que era una alusión al que se había ido con otra por la “escalerita” del vapor. Entonces prendí la luz y fui a llevarle el ejemplar; pero ella, comprendiendo mi intención, me atajó:

—No, no, dígamelo usted no más.

Lo pronuncié con una voz rara; ella me lo hizo repetir y enseguida dijo:

—¡Jesús! ¡Parece un nombre de carnaval!

Yo no deseaba que ese título le trajera malos recuerdos. Sin embargo a mí me atraían los dramas en casas ajenas y una de las esperanzas que me había provocado mi concierto era la de hacer nuevas relaciones que me permitieran entrar en casas desconocidas.

Una tarde que yo pensaba en el drama ajeno sentí en el comedor oscuro un fuerte olor a lechón adobado. Entonces le dije a Dolly:

—¡Qué olor a lechón! ¿Por qué no lo saca de aquí? Es una pena. ¡Un comedor tan lindo...!

Ella se enojó:

—¿Y el lechón no es un olor de comedor? ¿Querés que lo ponga en la sala?

Allí estaba, sobre el aparador, en una fuente esmaltada de color azul y tapado con un tul blanco. Dolly se había ido en seguida; pero al rato entró de nuevo y me dijo:

—Ya sé, querés comer lechón.

Yo empecé a protestar con fuerza pero ella me chistaba, quería cubrir mi voz y pretendía agarrarme las manos. Mientras yo las esquivaba y ella las perseguía, hacíamos a tientas dibujos en el aire y yo sentía en mi cara congestionada el viento que hacían las cuatro manos. Al fin puse mis manos en la espalda y me resigné a que Dolly hablara:

Mirá: a las diez de la noche venís por la calle del fondo; allí hay un árbol con unas ramas gruesas que dan a la ventanilla de la cocina. No te hago entrar por el frente porque podrían chismear, y yo tengo novio y pienso casarme.

Quise interrumpirla, pero ella alcanzó a atraparme una mano. Yo la quité con brusquedad y mientras me quedé pensando en mi movimiento grosero, ella reanudó la explicación:

—Te subís al árbol y entrás a las diez; yo tendré pronto el lechón, un litrito de vino y verás qué fiesta vamos a hacer.

Por fin me dejó decir:

—¿Y si me oye Muñeca? ¿Voy a perder el empleo por un pedazo de lechón?

Me miró unos instantes en silencio y extrañada. Y después dijo:

—A las nueve y media yo ya he llevado a Muñeca a la cama completamente dormida y hasta podría desnudarla al otro día de mañana.

—¿Cómo? ¿Tiene sueño tan pesado?

Dolly se empezó a reír a gritos; después se sentó, desnudó los pies de unos zapatos rojos, los enrolló en las patas de la silla y me dijo:

—Apenas te vas, ella empieza a tomar vino; después come tomando vino; enseguida del postre sigue tomando vino y cuando está bien borracha la llevo a la cama.

Dolly miró mi cara, se entusiasmó y siguió diciendo:

–Mucho decir que haga las cosas como es debido, mucha aristocracia, mucho no dejarme conversar con nadie que la visite, ni siquiera con el hermano, y después se emborracha como una chancha.

Yo bajé la cabeza y en seguida ella me preguntó:

—¿Y en qué quedamos? ¿Venís a comer el lechón o no?

Yo empecé a improvisar disculpas torpes; una de las peores fue decirle que me podría caer del árbol; ella comprendió, arrugó la boca de un lado, se calzó y en el momento de irse me dijo:

Andá, andá; a vos te arrancaron verde.

Una tarde, poco tiempo después, no salió a recibirme Dolly; apareció un criado de patillas, chaleco y mangas rayadas. Me entregó una carta en la que Muñeca me comunicaba la suspensión de mis servicios y me entregaba el dinero que me debía.

Después de esto pasé algún tiempo sin trabajo. Y hasta estuve por subir al árbol con la idea de ver a Dolly.

Una mañana de verano yo tenía mucho pesimismo y pensaba en todos mis fracasos. El concierto no sólo no me había dado dinero sino que no me había traído nada de lo que yo esperaba. Ni siquiera relaciones como para entrar en casas desconocidas; la única casa había sido la del comedor oscuro; allí apenas sospeché un drama cuando supe que Muñeca se emborrachaba; y Dolly no parecía una mujer que tuviera drama.

Arrastraba lentamente estos pensamientos paseando con las manos atrás por una avenida del Prado, cuando sentí que me hacían cosquillas en la palma de una mano. Me di vuelta y encontré a Dolly. Me dijo:

—Te vi pasar por casa y te seguí.

—¿Cómo? ¿Usted no está más en lo de Muñeca?

—Esa vieja se acordará de mí para toda la vida. Una tarde le dije: “Vaya buscándose otra porque mañana me voy”. Ella me contestó: “Y yo ¿qué te hice, ahora?”. Entonces yo le solté esto: “Ahora nada; pero me voy a casar... con su hermano”. Le vino un temblor raro y le empezó a salir espuma por la boca; porque esa misma mañana ella le había escriturado esta casita al hermano.

Habíamos seguido caminando. Pero cuando dijo lo de Arañita me paré a mirarla. Ella me tomó una mano y me dijo:

—Vení a ver la casita. A esta hora Arañita siempre está en el empleo.

Yo solté la mano y le dije:

—No, otro día.

A ella le volvió la rabia que tuvo cuando no quise subir al árbol y arrugó el labio de arriba para decirme:

Andá, andá, pobre pianista.