Odas seculares/Las cosas útiles y magníficas

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Odas seculares (1910) de Leopoldo Lugones
Las cosas útiles y magníficas
Al Plata  • A Los Andes  • A los ganados y las mieses
Las cosas útiles y magníficas

AL PLATA

I

¡Salud, Padre y Señor! A tu linage,
Como en la gloria mágica de un cuento,
Ser habitantes del Pais de Plata
Con orgullo magnífico debemos.


Capitán colosal, tienes el mando
De las aguas feraces, claro ejército
Que espejeando sus líquidas espadas
Abre fronteras y dilata pueblos.
Hijos de las montañas esos ríos
Forman en la blandicia de tu seno,
El vínculo ancestral que ellas te aducen
Con la médula misma de sus huesos.
Interioriza lánguidos murmullos
De selva cálida el raudal sereno,
Y entre los dientecillos de la arena
Recuerda los peñascos sempiternos,
Donde infantil brotara un bello día,
Del pálido castillo de los hielos.


El tranquilo Uruguay te narra bosques
Y el feliz Paraná sol es inmensos.
Uno te trae en numerosa música
Su tributo de rey que tiene un reino
De cristal y de pájaros. El otro,
Con la expansión de su caudal soberbio,
El brindis imperial de sus cascadas
En copa de basaltos gigantescos.


Palabra de florestas y de montes
Prolongan tus corrientes. En sus ecos,
Sentimos las dulzuras paraguayas,
El arrogante verbo brasileño,
Y la voz oriental que nos recuerda,
Como es de hermano, tu paterno acento.
Corazón de la patria que palpitas
Heroicamente en ella, á flor de pecho,
Como si desbordaras en la noble
Quimera de endulzar el mar entero.
El magnífico abrazo que te crea
Es nudo de concordias y de afectos
Que al vasto mundo envías con las barcas
De riqueza y de paz. Eres el verso
Que en nuestro canto dice: ¡Oid mortales!
Tu permanente cuerda de agua y viento,
Con latitud de mar, y con dulzura
De fuente, está cantando al extrangero,
Una alegre amistad de alma argentina
Como salutación de hogar abierto.


Moreno como un Inca, la excelencia
De la raza solar te impone el cetro.
Y formas con el Ganges de los dioses;
Con el Danubio azul de los Imperios,
La noble tribu de aguas que penetra
De cara al sol en el Oceano intérmino,
Como mueren los héroes antiguos
En la inmortalidad de un canto excelso.


Enorme riel en que la gloria puso
Al eje de su carro turbulento,
Una rueda de plata y otra de oro
Con la luna y el sol que van saliendo,
Desde que en días de victoria ó muerte,
Hermanas ya, mezcláronse en tu seno,
Nuestra sangre y tus aguas encarnando
La substancia vital de un mismo cuerpo.


Encorvado en clarín, canta á la oreja
Del vasto mar tu mundo de recuerdos.
Cántale la poesía de tus ondas
Cuando de patria te colora el cielo;
Cuando vuelcas la plata de la luna
En sombrla expansión de cofre abierto,
O fraguas, por el sol metalizado,
En barra colosal, fuego de fierro.
Dile de la belleza que en tus ondas
Ilustra la gentil Montevideo;
Y de la Buenos Aires gigantesca
Que te corona de sauzal porteño.
Y cómo ambas unidas para siempre
Por el lazo común de su derecho,
Te aclaman capitán de nuestras aguas,
El dulce, el grande, el valeroso, el bueno.

A LOS ANDES

II

Moles perpetuas en que á sangre y fuego
Nuestra gente labró su mejor página:
Sois la pared fundamental que encumbra,
Como alta viga la honra de la raza.
Cuéntela el pico matinal en donde
Sacude el viento sus glaciales sábanas,
Y el vuelo de sus cóndores filiales
Déle expansiones de palabra alada,
Dilatando con párrafos enormes,
Hasta el sol una sombra de montaña.


Vuestra grandeza azul es una oda,
Cuando en la magestad de la distancia,
Dijérase que el cielo cristaliza
En el zafiro de las cumbres claras.
Graves y un poco torvas como ellas
Serían ciertamente aquellas almas,
De los héroes que un día las domaron
A posesivo paso de batalla.
Color de acero fino como ellas,
Por gemela blancura coronadas,
En esa inmediación de ideal y cielo
Que emblanquece las cumbres y las almas.


El azur y el armiño de los reyes
Echan su pompa sobre vuestra espalda.
Con grandes brazos de peñasco y leña
Manejáis los raudales de las aguas,
Como un puñado de sonoras bridas
Que en bocado espumoso el mar baraja.


Extiende á vuestros piés manta de pámpanos
La honestidad robusta de la parra
Que á la cuerda Mendoza civiliza,
Y como tosca vena en que resalta
Á flor de piel la calidad interna,
Líquido fuego de volcanes sangra,
En el vino genial que el alma ilustra
Con su llama ligera y aromática.


Vuestro pecho arraigado de laureles,
En venas de metal su temple exalta.
y bajo la corona que os ofertan
A través de los climas cedros y hayas,
Si un sobrio paño de ciprés os viste,
Os abanican voluptuosas palmas.


Vuestros hielos magnificos anuncian
El colosal palacio de las aguas,
Que triste espera el arenal distante
Donde el hombre ha arraigado su esperanza.
Anticipando así los galardones
Del futuro verdor, cree y trabaja;
Hasta que cuando del penoso hueco
La onda por fin en las tinieblas mana,
El fresco pozo con su ruido alegre
Expresa vuestro elogio en lo que canta,
Cual campanario inverso en que repican
Su dulce carillón las notas claras,
Y donde eleva el ascendido cubo
Que representa la central campana,
Con el son de la fuente montañesa,
En gemelo cristal vuestra palabra.
La crispación nudosa de un esfuerzo
Parece perpetuarse en vuestra masa,
Ejército inmortal que petrifica
En falange de bárbaras estatuas,
Aquellos inmortales cuyo efigie
Con tal excelsitud los montes tallan.


Llevadles á los niños que los vean.
Haced que se ennoblezcan de montaña.
Yo que soy montañés sé lo que vale
La amistad de la piedra para el alma.
La virtud en los montes se humaniza,
Cual toma buen olor la hierba amarga,
Y la pálida fuerza de los mármoles
Por los cascos de hielo anticipada.
Abre en la libertad de su belleza
Ojos mejores para ver la patria.

A LOS GANADOS Y LAS MIESES

III


Un verde matinal lustra los campos,
Donde el otoño, en languidez dichosa,
Con dorado de soles que se atardan
Va dilatando madureces blondas.
A través de la pampa, un río, turbio
De fertilidad, rueda silenciosa
Su agua que tiene por modesta fuente
La urna de tierra de la tribu autóctona.
Negrea un monte en la extensión, macizo
Como un casco de buque cuya proa
Entra en el agua azul del horizonte,
Avanzando á lo inmenso de la zona,
La civilízaciún del árbol, junta
En la fresca bandera de su sombra.
Tiende el cerco su párrafo de alambre
Sobre el verdor de las praderas solas,
Que en divergentes líneas de dibujo
Allá á lo lejos insinúan lomas.
Y mientras desde la invisible estancia
Algún gallo los campos alboroza,
Aventando su ráfaga de hierro
El recio tren las extensiones corta.


Entonces, en el fondo del paisaje
Retozado por yeguas que se azoran,
Y que desordenando su carrera,
Con fiero empaque las cabezas tornan,
Como si el viento paralelo fuese
Rienda suelta en sus bocas—
Con su franco testuz un toro inmóvil,
La mañana magnífica enarbola.


Una sangre excelente engarza su ojo
Con bravío coral. Fuego de aurora
Parece que se atarda empurpurando
En su tostada piel. Su poderosa
Fábrica, funda en los enjutos remos
Una gravedad brusca y categórica.
Y los vastos cuadriles y los flancos
Que así parece ponderar la norma
Del muro racional, y el rudo pecho
Que en la crasa marmella se desborda,
Acumulando en la cerviz su fuerza
Como en un tronco de coraje, aploman
El macizo trapecio de la testa
Donde es padrón de raza el asta corta.


Embellecido de pradera, absorbe
Con anchuroso aliento las aromas
Del trébol y el hinojo, palpitante
En su nariz la estabular argolla.
En la húmeda penca de su morro
Irisa el sol una hebra perezosa,
Y la luz en el ágata del cuerno,
Fija un bélico lustre de arma corva.
Soplos de brisa matinal le barren
Con tibia suavidad la crespa cola;
Y con mirada extensa en que el encanto
De la campiña pálida reposa,
Abarca el fiero macho su dominio,
Enviando á la dehesa retozona,
El mugido remoto y entrañable
Que su viril profundidad prolonga.


Piérdese el tren por los desiertos campos,
Al paso que en vedijas perezosas
Se deshacen sus blancas balas de humo
Por las cañadas húmedas de sombra.
En vasta dispersión pace el rebaño
Que entre el profuso pastizal engorda,
Asegurando al semental pujante
Su plantel de lucientes vaquillonas.
Allá el torito que con duro gesto
Su amenazante decisión entona,
Clavado como un trompo cava tierra;
Y el nudoso ternero se alborota,
Mientras con un desgano de bostezo
Le brama la lechera cavernosa.
Allá el buey de las sólidas tareas,
Su enorme y dulce sencillez conforma
A la razón de su deber, que acata
Un dominio ingenioso en la persona.
Allá la vaca fértil como el campo,
Su substancia elabora
En el músculo, en la ubre y en la pella,
Con una grave plenitud geórgica.
Si anda, parece que en su marcha pende
El talego del rico; si reposa,
Su aspecto familiar de cofre tosco
Es la seguridad del pobre. La honda,
Paz de los campos en su sér vegeta;
Dice su inmediación la casa próspera;
Y cuando en formidable ansia de asalto
Siembra el amor su entraña calurosa,
Con resistente conmoción de yunque
Cimenta la riqueza creadora.


Rugosos como frutos los carneros
Que la suarda barniza en crasas motas,
O como carros de heno acolchonados,
Las cabezas unánimes agobian.
Unos chorrean la pendiente lana
En rapacejos rústicos de colcha.
El vellón de esos de testuz cerrado
Como un terrón, en las tajadas fofas
En que lo parten para verlo, enseña
Cual tajado melón ternuras rosas.


Sobre sus tiernas patas de alfeñique
Jadean las borregas dormilonas.
El morueco salaz que las encela,
Les vibra al flanco su matraca ronca.
Perseverantes razas tipifican
Las caras negras y las blancas colas;
Y las cándidas nubes del contorno
Con su aglomeración deslumbradora,
Que delinea en mundo de rebaños
La haz de la profunda Patagonia,
Allá en lo azul parece que congelan
Un cargamento de afanadas flotas.
Con un oro moreno de pan rústico
Tuéstase al sol la parva previsora,
A la vera del pálido rastrojo
Donde la luz, por paralelas zonas,
En los canutos que tajó la siega
Finge un sesgo temblor de agua remota.
Yace esperando la agitada trilla,
Junto al galpón la máquina ingeniosa,
En cuyo horno apagado suele á veces
Poner un huevo la andariega polla.
Más distante verdea la cebada
Donde el viento hace ya pálidas olas.
Y mediando un tablón de alegre alfalfa,
En que al son de seis tarros la colona,
Con su nidada de útiles gringuitos
Disputa un duraznero á la langosta—
La nueva tierra arada que ese año,
En un esfuerzo más el lote colma,
Parece hinchar con su preñez morena,
Aquel seno de madre valerosa.
Alcemos cantos en loor del trigo
Que la pampeana inmensidad desborda,
En mar feliz donde se cansa el viento
Sin haber visto límite á sus ondas.
Simbolizando las alianzas nobles
En las doradas tribus que escalona,
Sobre el color indiano de las eras
Florece un juvenil rubio de Europa.
Fuerte aldeano que tiene una hija blanca
Y un hijo blanco como en las historias,
Dice del almidón y de la harina
En que el hogar cimenta sus concordias.
Como una rubia desnudez de niño
Rueda la masa echando un tibio aroma
Que á aquella simple industria dá el encanto
De una maternidad blanda y recóndita.
En la fiel solidez del pan seguro,
La vida es bella y la amistad sonora.
Suave corre la vida en las cordiales
Tierras del pan, como una lenta sombra.
Eso siente el colono cuando mira
La riqueza espigada que amontona
Con su juego de zarzos y de hoces
Lenta y monumental la segadora.
Ayer, en el diario, le han leído
Las cantidades que el país exporta.
Con nueve toneladas en un año,
Va á hacer cuarenta que iniciaron la obra.
Más de cuatro millones en un día,
Buenos Aires tan solo embarca ahora.
Pretenden con razón los viajeros
Que el polvoroso tren los apoltrona,
Diciendo mucha plata-mucha plata
El compás de su tráfago en la trocha.
Sí no fuera el arriendo tan pesado...
Pero ya más de treinta pesos cobran
Por la hectárea en barbecho, si está cerca
De la estación; y el flete de las tropas
Se va poniendo cada vez más caro;
Y ya la peonada regalona,
Habla de socialismo y hasta pide
La jornada de ocho horas...


Allá en la luz del horizonte inmenso,
Como una parva de gavillas blondas,
Un nubarrón magnifico progresa
Evocando doradas Babilonias.
Y el tesoro del agua que anticipa,
Parece propiciar en dulce gloria,
La justicia del ciclo embellecido
A las futuras patrias de concordia.


Pasa por el camino el ruso Elias
Con su gabán eslavo y con sus botas,
En la yegua cebruna que ha vendido
Al cartero rural de la colonia.
Manso vecino que fielmente guarda
Su sábado y sus raras ceremonias,
Con sencillez sumisa que respetan
Porque es trabajador y á nadie estorba.
La fecundidad sana de su esfuerzo
Se ennoblece en la tierra bondadosa,
Que asegura á los pobres proseguidos
La retribución justa de sus obras.
Más allá viene el sirio buhonero,
Balanceando á la espalda su bicoca,
Al canto gutural de la sabida
«Cosa linda barata» que pregona.
Y cuando los dos hombres se saludan
Al cruzarse, conforme á la amistosa
Ley social del camino, en aquel acto
La dulce patria nueva galardona,
La clientela de razas ridimidas
Con la serena tarde que desposa,
Su grave amor de rústicos maridos,
Como una grande y rubia labradora.


La máquina bufada de sonoros
Calores de motor, vomita ansiosa
En infernal sofocación de glumas
El seco chorro de cereal. Agota
Con labio ardido el hombre que allá arriba
Los acopiados haces desmorona,
La hez de la cantante damajuana;
Y se ve en su garganta presurosa,
Bajo el rayo de sol que la degüella
Pasar les tragos con delicia sorda.
Más lejos, á la sombra de la parva,
El comisario próximo enamora
A la hija del gringo, y sin que advierta,
Por la manga le emboca
De punta, una barbada espiga verde,
Que en progresión tenaz trepa más pronta
A cada sacudón, como un insecto,
Hasta la axila rubia y cosquillosa;
Con lo cual pesca el listo algún encanto
Del corpiño alocado por la broma.


Ella también labró la dura tierra,
Cuando, recién venidos, era toda
La familia un ganado de labranza
Y aun no existía pueblo ni colonia.
Vestida de varón por más soltura,
Penaba en el rastrojo largas horas,
Envidiando en su infancia endurecida
El blanco torbellino de gaviotas,
Que sobre el surco se arremolinaban
Cual si estuviesen jabonando ropa.
Hasta de noche araban, cuando había
Luna llena, una tierra dolorosa
Como el cinc bajo el vidrio de la escarcha;
Y era su desayuno cuatro sopas
De galleta, nadando en yerba hervida,
Que ahorraban con acerba parsimonia.
Hasta debíeron sulfatar el grano
Que presentaba pintas sospechosas.


Pero un precoz Octubre en que la luna
Hizo con agua, dilató en las hondas
Noches de primavera un tibio cielo
Arbolado de nubes borrascosas.
Las albas se aclararon de rocío,
Y en nubecillas de sedeña borra,
Crespas y cándidas como angelitos,
Flotó el celeste de sus dulces horas.
Con frescura de flor olió el buen dia,
Y vinieron también las siestas mórbidas,
De aquellas que maduran en tormenta
Su lóbrego calor donde borbolla
Como sonoro caño de agua el trueno,
Y el nubarrón despierta la olorosa
Sed de la tierra con las gruesas uvas
De su racimo azul deshecho en gotas.
Y entonces fué una gloria ver la tierra
Renacida en las eras laboriosas,
Y caminar los embarrados bueyes,
Y dilatarse la llanura sola
Al rumor de los élitros del trigo;
Y llegar canturreando una milonga
Al bravo comisario en su birlocho;
Y así fué cómo una cosecha pródiga,
Aseguró el pasar de la familia
Que ya en fortuna sus desvelos goza.
Y han iniciado un tosco jardinillo
Donde en los tarros que el orín desfonda,
Crece un poco de menta y una mata
De alelí, coronados por la pompa
De un clavel que en arábigas pimientas
Encandece su sangre tumultuosa.
Y á la puerta del rancho,
Dos paraísos de gemela copa,
Como un doble manchón de regadera,
Atigradas de sol echan sus sombras.


Algún claro domingo van al pueblo
Con los chiquillos en volanta propia.
El padre en su chaleco desprendido,
La cadena de plata ostenta airosa.
Su mujer lleva un rebocillo verde,
Y va en sus seis enaguas muy sonora.
La niña, que ya tiene costurera,
Luce un vestido con volado "en forma",
De granadina negra, cinto de hule,
Zapatos blancos y peinado de onda.
Al estribo saluda el comisario
Muy orondo, atusándose la mosca,
Con su golilla negra y su chambergo
Agachado en visera presuntuosa.
El colono torcido en el pescante,
Ayuda á la consorte sofocona,
Que reprende á un hirsuto rubiecillo
Y contiene á otros dos con mano pronta.


—¿Cómo va, amigo Pietri?
 —Eh, don Ramírez
Cosí cosí...
 —Y usté mi doña Rosa?
¿Y usté Beppina?
 La muchacha que á esto
Va bajando, responde un tanto corta:
—Yo, bien no más ...
 —Proprio come la mama,
Completa el viejo, y ella, coquetona,
Ríe al saltar, pues sabe que el taimado
Por mirarle las piernas se desoja.
Y juntos marchan con mezclado paso
Por la escabrosa acera de la fonda
"Con alloggio", que dice en su letrero
Albergo del Bon Vin. La calle próxima
Está llena de chatas y de carros;
y adentro, en rudos cantos se alborota,
El litro festival con que remata
La semana labriega su maniobras.

Ciao, ciao, ciao
Morettina bella, ciao...

Los más pudientes van á la cantina
De la estación, que hace también de Bolsa,
Donde jugando el cocktail á los dados,
Los viajantes del Rosario compran.


Mientras caminan hacia allá, jadeantes
Bajo la resolana vibratoria
Que con vivido ardor plancha la calle,
El listo funcionario cuenta cosas.
—Gandini, el boticario, en Rafaela
Se casó con aquella negra gorda
Que tuvo de mucama. ¡Pucha el hombre!...
Mas, hé aquí que el viejo se le afronta
Parado bruscamente en la vereda:
—Qué querés don Ramirez... La crigolla
É molto confortevole...
 Y su gracia
Se ultima en una risa carrasposa.


La resolana exalta en los ladrillos
Un flotante matiz de zanahoria.
Detrás de la muralla que orillean
Percíbese, al pasar, choques de bochas.
Alzanse allá en el pálido horizonte
Humaredas de bálago. Una sorda
Trepidación, anuncia el tren distante
Para el cual el semáforo se dobla.
Y aunque el joven criollo no replica,
Su amorosa inquietud canta la gloria
Del rodete dorado que asolea
Como una mies aquella carne blonda,
Que en la gracia rural de la Beppina
Como un albaricoque se sonrosa.


Cantemos al maíz cuyo tesoro
Es lingote cabal en la mazorca,
Y en cristalización de sol madura,
O pálidos topacios monta en joya;
Y pinta un oro púber en la mecha
Que del muslo del choclo se desfloca,
Bajo el crujiente ajuste á cuyo amparo
Su blanca y dura desnudez conforma.
En el lustre solar de cada grano
Una pupila lúcida se dora,
Cual si aun diera la luz copulativa
Que la sazón condensa y aprisiona
En las siestas candentes que así fraguan
Para el buen labrador la gruesa piocha.
Sobre la estrella de rajada chala
Como un brillante candelero brota,
Cuando al asegurar el rinde neto
La operación de la desgranadora,
Sus áridos raudales de moneda
Cual gruesa liebre tragará la bolsa.


Como la negra fiel de las familias,
Obesa y atareada ríe la olla
Bajo el sabroso mecedor de higuera
Los dientes blancos de la mazamorra.
O incuba en el pañal de tierna chala
La umita de la recias comilonas,
O pone al locro cálido y macizo
Líquido aro de grasa y de cebolla.


En las cañadas de mi sierra verde,
Sube tanto el maizal cuando se logra,
Que con caballo y todo nos perdíamos
En las chacras sonoras,
Buscando las espigas que manchaba
Una coloraciòn morada ó roja,
Que es antojo, decíannos las viejas,
De cuando está preñada la mazorca.
Llámanlas misas y el que listo puede
Pasarlas al descuido á una persona,
Tiene el derecho de misarle entonces
Un mandado, un secreto, ó una cosa;
Desde su fiel rebenque á los arrieros,
Hasta su beso esquivo á las morochas,
Que se duplica luego, argumentando
Porque fué en la mejilla y no en la boca,
Tras de la casa donde tales deudas
Con urgente estrechez el labio cobra.


O en las siestas de invierno, calentando
Por callana algún tiesto que acolchona
El rescoldo, al compás de tres varillas
Que mueven la ceniza abrasadora,
Se tuesta el grano blanco, florecído
En un puñado de pequeñas rosas,
Cuya harina es vitualla de camino
O á la alegre fritada se incorpora.
Mientras el loro mustio allá en su palo
Trabaja una palabra remolona,
Recordando el rastrojo floreciente,
De propicio color, donde ellos roban,
Socarrones y corvos como viejos,
Poniendo guardia en una rama sola.
Bajo el viento tenaz que peina al rape
El pajoso faldeo de la loma,
Las escuálidas manos de la paja
Llaman indefinidamente. Flota
En el alero un tímido susurro
Que balbucea trémulas congojas;
Y el dia, como un pobre con su leña,
Con su sol poco la jornada acorta.


Con el maiz no bien maduro, y seco
Al horno, se prepara la chuchoca,
Que asi conserva la feliz dulzura
Del grano tierno en la estación impropia.
El más craso compone los tamales;
Del más azucarado hacen los collas
La chicha borbollada de acideces;
Y con la capia densa y polvorosa,
Tercian el amasijo en la batea
Para mejor enternecer la torta.
En la chala peinada lía el viejo
Su tabaco, en que humea el lento aroma
De algún grano de anís que endulza el humo;
Y así, desde el umbral donde reposa,
Le es grato ver el logro de la siembra
Que, junto con su barba, sobredora,
Como al amor de un intimo solcito
La exhalación de placidez narcótica.
En una obscuridad azul se ahuman
Las arboledas con la noche próxima.
Ladra un perro lejano. La vislumbre
Da á la blanca pared una remota
Claridad paralítica de estanque.
Frescuras de agua cobra
El lóbrego yuyal donde el mosquito
Con mayor escozor saca la roncha.
Con maciza paciencia los caballos
Bajan á la represa en mustia tropa.
Huele el toro á su vaca lentamente...
Y el dulce buey que marcha hacia la sombra,
En la paz cabizbaja de su fuerza
Concilia la armonía de las cosas.


Al fondo de la casa, bajo el árbol
Perteneciente, en que de pié se apoya
Alguna rueda impar en cuya taza
Suda un trozo de sebo mugres gordas.
Junto al mortero de estatura recia,
Como un tosco peon, y en cuya boca
La tipa de aventar finge invertida
Un sombrero rural, trampa celosa
Tienta á los pajaritos del contorno
Con la mancha de afrecho que la alfombra.
El cardenal cadete es muy arisco;
El tordo audaz sospecha de la soga;
El chingolo entra, pero tiene el hábito
De escarbar, con que así todo lo embrolla.

Cuando ha nevado, la mamá permite
Que los chicos se vayan por las lomas,
A buscar pajaritos envarados
Que traen á la casa y que confortan
En la despensa, hasta que el sol renace
Y los sueltan, poniéndoles por broma,
Un poncho de papel donde se escribe
Con buen palote alguna carta á Europa,
Para que de allá manden una ñaña
Que llegará en la primavera próxima.


Así el maizal con su riqueza joven
La vida entera de la estancia colma.
Una fiesta rural cada episodio
De la cosecha y de la siembra adorna.
Y no hay poesía familiar como esa
Que, sin saberlo, la temprana moza
Compone con sus ávidas gallinas
Cuando á comer, alegre las convoca.


Al remoto piú-piú de la llamada,
Desde el yuyal limítrofe se arrojan
En rasante cestada de alboroto
Que remueve á sus pies una bambolla
De abigarrada trapería, donde
Cae como un pañuelo la paloma.
Sobre el patio entablado por la dura
Limpieza matinal, el sol que asoma
Cruza una lista de oro mortecino
En cuya luz se aclaran como gotas,
Los granos del puñado que provee
La embuchada pollera una vez y otra.
Un mechón todavía soñoliento
Sobre la clara sien se desenrosca;
Y aunque aquella muchacha no es bonita,
En el coco ordinario que la arropa,
Un vientecillo audaz talla de pronto
Con brusca tirantez líneas graciosas.


Tras una pinta azul de la pollera,
Un pollíto pipiolo se equivoca.
Otro grita pisado por el pavo
Que rueda lentamente su carroza.
Y mientras atarea el pato grueso
Su cuchara lavada entre las sobras,
Y hacen sonar como contando plata
Sobre el grano las anchas ponedoras
Sus picos de maíz precisamente;
El corsario del gallo se ocasiona,
Para apretar á la remisa clueca
Que en un nido falaz pasa las horas.


Oyese, en tanto, en el galpón tranquilo,
Retumbar las gamellas donde roznan
Los lustrosos novillos de la ceba
Que aumentará la exportación cuantiosa.
Junto al tilbury el potro ha relinchado
Percibiendo el morral donde le apronta
Su ración de trabajo el mayordomo
Que viéndolo comer su mate toma.
Aunque es ese buen mozo inglés cerrado,
Asaz gallardamente se acriolla,
Y dícen que festeja á la entenada
Del patrón, con reserva ruborosa.
Lo cierto es que en su media lengua trajo
Artes y ciencias que el paisano ignora.
El transformó los bárbaros corrales,
Las torpes hierrras, las feroces domas,
Y aseguró en las chacras ínvernizas
Que al pronto parecieron anacrónicas,
Forrage fresco á los costosos padres
Que entienden sus maneras y su idioma.
Y el tronco muscular del eucalipto
En que su duro y blanco brazo apoya,
Se amorata de fuerza parecida
Al levantarse desgreñado de hojas,
«Marido de la Pampa» como dijo
Sarmiento, con palabra creadora.


Sobre el perfil marltimo del médano
Que la expansión agricola tranforma,
Alada por las ruedas de los pozos
En que es el viento acémila industriosa,
La civilización del agua surge
Con un rumor de cristalina loa.
Allá lejos, la siembra bien cuadrada,
Como un estanque verdeguea hermosa;
El plateado rocío que la suda,
Un esfuerzo vital en ella evoca.
Sus eras satisfechas de abundancia
En el sonoro hectólitro desbordan,
Y la brisa estival en sus verdores,
Promesas de agua dulce rememora.


Humedades profundas de la chacra
Que apiñan abundancia en la macolla,
Y á la noche florecen de luciérnagas,
Y en sombrío frescor asean la hoja,
Y dan porfiado vicio al yuyo loco
Con que en profundidad fértil y sorda,
Como lengua de buey la azada mezcla
Sus bocados de gleba cuando aporcan.
El esparcido zapallar del cerco
En su aspereza germinal malogra,
Al empeñoso arrastre de las guías
El asalto de ortigas y achicorias.
Con una lenta y clara luz de yema
Las grandes flores desde abajo asoman,
Y el rústico plantío así adornado
Tiéndese al sol cual campesina colcha,
Que el paso del labriego desordena
Con extensas roturas de agua honda.
Vése, un poco inclinada hacia adelante,
La silueta del hombre que acomoda
Con las manos atrás, en la pretina,
Pausadamente su cuchilla roma.
Ya las vacas ajenas cuyo daño
Interrumpiera su merienda sobria,
Lentamente repasan el portillo
Con pata desganada y cautelosa.
Localiza el impávido silencio
Un zumbido concéntrico de mosca.
En la asoleada soledad vacila
El papelito de una mariposa.
Una muñeca que ya está granando.
Bajo la uña pulgar estriada y tosca,
Descubre como un nene en los pañales
Su sonrisa de leche entre las hojas.
Allá, á la vera del maizal, lanzado
En finas alabardas lo que enflora,
Se vé en el algarrobo que cobija
A hombres y bueyes cuando el suelo aprontan,
El nido de industriosos carpinteros
Que cala el palo con su negra boca.
Anoche debió andar la comadreja,
Porque mucho gritaban á deshora.


Cerca del hombre, abajo, en una tenue
Crepitación de briznas que se rozan,
Desliza su vibrátil garabato
La lagartija en breve escapatoria.
O es quizá el conejillo de las ramas
Que acumula en ovillo de zozobra
Su timidez de chico campesino,
Y exterioriza en su desliz de bola,
La obscura redondez del agujero
De tierra erial, donde ínfimo se aloja.
En tanto, bajo el haz de los canutos
Cuya delgadez frágil y sonora
Se aflauta con translúcida terneza,
Junto á la calabaza que coloran
Jaspes y lepras de reptil sombrio,
Pasa el sapo hortelano su modorra,
Entornados los ojos y latida
De lentos pulsos su garganta rosa.


Alabemos al lino que florece
Y cuyas flores son como pastoras
De sencillo celeste endomingadas
Al borde de las sendas polvorosas.
En colores de lago reunidas
Acá y allá, díjérase que imploran
Por el campo feraz que mira al cielo
Con el pálido azul de sus corolas.
Fortalece en los tallos la hebra fina
Que á falta de batán se va de sobra,
Batida por la llanta en los caminos
Al retozo del viento, en negras borlas.
Y al azar de los fieles elementos
Concentra el grano en plenitud oleosa,
El aceite cuyo oro es luz dormida
Que en pinceles y lámparas remonta.


y al tórrido maní cuyo estuchito
Como una oruga en el mantillo engorda,
Y en raudal de oro lento se desata
Bajo las planchas de la prensa sólida.
O es menudo comercio en las esquinas
Donde los mercachifles lo pregonan,
Al oloroso calorcil1o de una
Pequeña y popular locomotora.
Y al pálido alabastro que congela
En el puchero la trivial mandioca,
Con cuyo denso gluten panifican
El chipá guaraní ó ligan la albóndiga;
O pudren en fermento ponzoñoso
Para sacar el almidón que esponja
En la tibia fluxión de la batea
Los cándidos aseos de la ropa.
Y al coposo algodón que esfuma nieves
De sutil muselina, y cuya mota
Deja un calor de nido en la ahuecada
Mano que sus blandicias corrobora.
En los cerros del Norte las mujeres,
Recogen para hacer ligeras colchas
De cinco libras, el capullo enorme
De los palos borrachos cuya floja
Corteza de alcornoque, redondeada
Por contornos de pipa que tachonan
Como roblones las espinas gruesas,
Dá propicia oquedad para canas.
No hay algodón más cálido y brillante
Para el tejido, pero su hebra es corta,
Y resiste al morado de la grana,
Si bien las añilinas lo coloran.


Celebremos la caña del ingenio,
Con su dorada madurez que empolva
Una escarcha de plata, cuando llega
Para el recio trapiche la maniobra.
En muelle cabellera de cascada,
El bagazo por fuera se amontona.
Mientras digiere el ardoroso tacho
En densidad de fuego la melcocha
Cuyos oros de flavo caramelo
Cristalizado ya en blancuras mórbidas,
Encumbrando magnífica montaña
De tibio azúcar, el galpón acopia.


En la entraña de cobre el lento rayo
Que filtra vertical la claraboya,
Desasosiega el brillo de una airada
Pupila de faisán. La negra boca
De algún estanque, con febril vahído
Exhala el tufo de fogoso aroma
Con que á su alto alcohol el alambique
Refina en palidez vertiginosa.
En el tráfago de la maquinaria,
Suda el fierro. Ataréase afanosa
La veloz flotación de las correas.
El excéntrico alterna con sus bolas.
Y en el hondo calor, de rato en rato,
Como un consuelo de frescura tónica,
Un trago de guarapo clarifica
La sed, con sus primicias alcohólicas.


Conmemoremos la feraz delicia
De la viña solar en cuyas hojas
Retardan los ponientes del otoño
Sombrias quemaduras de oro rosa.
En el párpado lóbrego de la uva,
El punto de luz pálida que flota,
Prefigura la lágrima de almibar
Que ya maduros los racimos lloran.
Dá á la cuba su jugo licoroso
El noble moscatel de La Rioja,
Que en su fuego interior de piedra fina
La generosidad del sol prolonga.
Con su vivida sangre alegra al pueblo
El ligero morado de Mendoza,
Cuyas bodegas prósperas amueblan
De roble colosal las cuarterolas.


Saludemos al plácido borracho
Que entre el rumor de la vendimia pródiga,
Junto á su perro fiel, harto de orujo,
Sonoros sueños á la siesta ronca,
Porque cayó rendido ante las cepas
Con el tomo y obligo de las mozas.
Las ahumadas mosquitas del vinagre
Ponen en su nariz muecas de broma;
Y su mano instintiva que divaga
Con golpes de pantalla perezosa,
Parece dirigirse todavía
Hacia la vid materna que le apronta,
En la ubre dorada del racimo
Regalos de nodriza cariñosa.
Ebrio como él, algún zorzal flautista
En la limítrofe arboleda trova;
Y el hondo corazón de la alameda
Se ha puesto á susurrar la tarde próxima.
Con tal que alguna manga de granizo
No venga á trastornar aquella gloria,
Con su torvo espesor de viña mala
Y su honda rotación de pipa sorda...
Ni el cañon de la piedra hay ocasiones
Que contener las tempestades logra.


Y digamos del frijol substancioso
Que hincha sus granos de ordinaria loza
Como burritos blancos, ó los pinta
Como gatitos, que ávida atesora
La apuesta de los juegos invernales
Con que los chicos su fastidio acortan.
Y del sabor doméstico del guiso
Que en la formal cazuela los estofa,
Y del colmo legal de la fanega
Que clasifica su cosecha próvida.
Y de la avena suavemente rubia
Que cual doncella lánguida se dobla.
Y del frugal centeno que salpican
De sangre juvenil las amapolas.
Y del sorgo melifluo cuya paja
Susurra los quehaceres de la escoba.
Elegante enemigo del canoso
Algodón, que los surcos le abandona.


Y del arroz palúdico que rinde
Tesoro fiel de millonario aljófar,
Dando en el nácar de sus dientecillos,
Suave hartura á las tierras amistosas.
Como acuarela pastoril su siembra
Con endeblez pluvial el campo adorna,
Cifrada por la letra pensativa
De la escuálida garza que le asocia,
Una suave poesía japonesa
En muaré de laguna melancólica.
Luce el primor sencillo de su paja
En el mimo gentil de las capotas;
Y en virginal candor de velutina
Crepusculiza la floral aurora
Del rostro de la linda adolescente
Que á su cuadro poético se asoma,
Como alumbra en las fútiles pantallas,
Tras de agudo arrozal la luna rosa.


Congratulemos á la dulce ciencia
Del pacifico agrónomo que explora
En el paciente surco los secretos
De la plantas amigas, con sus toscas
Manos, en que la noble geometría
Habituó rectitudes bondadosas.
Su seriedad tranquila de ingeniero
Sabe las amistades promisorias
Que aunan con las plácidas legumbres
La tribu de gramíneas sediciosas.
Y el solidario griego que ya Plinio
Preconizaba en su agradable Historia;
Y el amable latin con que Linneo
Refloreció á Catón y á las Geórgicas.
Y el régimen del riego que hondamente
Tranquiliza la tierra trabajosa
Con su manto feraz, y el calendario
De las lluvias felices que la aprontan.
Y el cálculo del agua subterránea
En las alegres minas de la noria;
Y las tareas del sensible ingerto;
Y el sarmiento viril con que amugrona;
Y los recomendables carbonatos,
Y los sulfuros de salubre droga,
Que estirpan á la hormiga y al gorgojo
Y la agria madre del barril mejoran.
Y el silo previsor donde se aceda
En evolución sabia y calurosa,
El forraje estival, oliendo á sidra.
Y el bien futuro de la aldea ignota
Donde se casa al fin, y lleno de hijos,
Se pacifica en dejadez bucólica.


Oh maternal Botánica que ilustras
Con la miel erudita de tu idioma,
La virtud de las flores y las hierbas
Que las barbas científicas aroman,
O con suave interés familiarizan
La paz de las doncellas estudiosas.
Oh tierra segurísima que ofreces
Como una teta enorme à nuestras bocas
El duro bien de la existencia, y cuando
Viene la muerte fiel como la sombra,
Que tan sólo al ponérsele á la espalda
La tarde breve, el caminante nota—
El mismo seno á nuestra sien provee
La continua almohada sin zozobras,
Donde á la Gran Serenidad nos lleva,
El fin de la jornada valerosa.


Cantemos las primicias de la lana
En la cordura honesta de la ropa;
Y en ese bienestar equitativo
Que al vecindario dan las casas propias;
Y en esa gravedad que economiza
Los pasos de las madres numerosas,
Como honesta balanza bien cargada;
Y en ese encanto de invernales horas,
Que la velada hasta las diez hilaba
Con paciente virtud, contando historias.
Aldabeaba el chubasco en los postigos,
Llorando los lamentos de la honda
Noche exterior deshecha en aguacero
Sobre la pampa bostezada en sombra.
Adentro, junto á la pared, se oia
En un cacharro el canto de una gota;
Pero las altas vigas afirmaban
Con una recta solidez de eslora,
Aquel amparo de la paz interna
Cuya seguridad satisfactoria,
Parece que la vela concentrara
En su yema de luz quieta y metódica.
Y la madre pensaba en las ovejas
Recien paridas, que caminan solas
En incesante marcha por los campos
Cuando las lluvias frías las acosan,
Al azar de la ráfaga empapada,
Con doliente humildad una tras otras,
Las pobres con sus hondos lagrimales
De vieja rubia, son tan lastimosas...
—Tendremos mortandad en los corderos
Decía su palabra previsora.
Y á poco rato, el padre, confirmando
La resignación grave de sus horas,
Ampliaba el parecer de la consorte
Con palabras escasas y juiciosas.
—Allá por el 63, en tiempo
De Mitre... Y los recuerdos de su crónica,
En la barba entrecana resumían
La evidencia inherente de las cosas.
—Al fin no se han de derretir (bromeaba
Por animar) como esas de las monjas.
Las crespas ovejitas de confite
Que eran industria conventual de Córdoba.


Mas en ese momento, por la puerta
Que para entrar, cargada con la loza,
Ladeaba la sirvienta—¡Santa Bárbara!—
Se oía en conmoción deslumbradora
La pedrada de un trueno que allá arriba
Rompía con fractura luminosa,
En el alto balcón de la tormenta
Un lívido cristal de claraboya.
Y á la densa premura del chubasco
Que arreciaba, la voz de la patrona
Decía: —Va á llover toda la noche,
Cierren bien el galpón, María Antonia.


En tanto el huso familiar labraba
Cual crisálida que intima se apronta,
La prez de los domésticos vellones
—Nieve en que el sol de estio se prorroga.—
Y decía el telar de los hogares
Que una genuina estética valora,
Como cítara extensa en que son música
Los colores campestres de la colcha.
Y las bellezas del rebano antiguo
Que el perro conducía por las lomas,
Con una sensatez de esfuerzo útil
Y una seguridad de ser persona;
Pues sabía contar, y separaba
Si había mezcla, una majada de otra,
Hasta hacer el total exactamente
De la que obedecía á su custodia.


Así el antiguo campo se bastaba
En aquel tiempo de abundancia ociosa,
Cuando eran menos caras las ovejas,
Cuando la cabra productiva y sobria,
Se empinaba á roer la espina verde
En el risco difícil que corona.
En tanto, los cabritos, en la casa,
Del horno familiar hacían roca,
Para ensayar la atávica pirueta
O esbozar bruscamente luchas cómicas.
Lindos como niñitos pululaban
Con agilidad suave y cosquillosa,
Acentuando su mímico rabillo
La petulante mueca de la broma.
Y ante los más bonitos que tenían
Al cuello dos minúsculas bellotas,
Bien se deseaba una hermanita beba
Para hacerla jugar á la pastora.


Entre los dedos de la madre el huso
Continuaba diciendo la congoja
Del pobre cabritilla degollado
Que con un grito tan doliente llora.
Y la muerte distinta del cordero
Que al sacrificio proverbial se dobla
Con sumisa quietud, siendo esa muerte
Una mirada blanca y silenciosa.
Y el áspero morueco de los pobres,
Con su lana plebeya y su asta en rosca.
Y el chivo socarrón de ojo amarillo,
Que en su barba almizclada filosofa.
Y las vacas cornudas y pequeñas,
Y las yeguas pintadas y avizoras,
Y la campaña igual donde eran dueños
Pobres y ricos en la misma norma.
Y el rancho con su tala y su pareja
De teruteros, en la playa pròxima;
La vivienda paisana que tenía
Por vecindario, en su quietud dichosa,
Todos los caminantes de los campos,
Todas las golondrinas de la aurora.
No vé sin emocion el hombre viejo,
Sobre el árido tronco puesta á la obra,
La pareja de horneros que fabrican
En barro elemental la misma choza.


Cantemos á la carne brava y fuerte,
Que enciende el fuego de la vida heróica,
En el bocado previo del combate,
En la ración del labrador que torna.
Temple en el brazo activo; flor de llama
En el ramo arterial de sangre roja;
Calor de inteligencia y de coraje;
Fundamento de razas vencedoras.
Robusta hermana de la sal y el vino,
En su excelencia substancial se enconan
Con agudezas de sabor los dientes
Chispeantes de la sal, y es mutua gloria
El buen color del vino que sonríen
Las mejillas bermejas de la copa.
Su olor de fortaleza y de apetito
Alegra el campo y al olfato arroja
El cruel ardor de la quemada grasa
Que de áspera avidez la entraña ahonda.
Junto al fuego amistoso el perro aceza.
Modera el gaucho con destreza estoica,
En la obstada premura de su fuego
La paciente merienda que elabora.
Y mientras en la intimidad del poncho,
Su atizado pregusto el mate acorta,
La costilla florece de gordura,
Estimulando con delicias próximas,
La viva delgadez de árida brisa
Que el circunstante pajonal le sopla.


En su emulsión do lejiviada pella
El campestre jabón se perfecciona,
Al amparo habitual de la ramada
Cuyo techo apedrea con sus costras,
La sal que condujeron los peones,
Húmeda aún, de las salinas ópimas,
Donde el lívido jume reconcentra
Las acerbas legías de la obra,
Cuyo grado se mide con un huevo
Que entre la espuma de la mezcla flota.
Y el derretido sebo, defecando
Su apetitoso chicharrón, apronta
En la mecha los júbilos caseros
De la vela paciente y lacrimosa.


Cantemos á la leche cuyo gusto
Sabe á beso infantil en nuestra boca.
La leche, plata líquida del pobre,
Que las jícaras blancas alboroza,
Y en el aro del queso se amoneda,
Y en lo más tierno del manjar provoca.
Abramos á las míseras infancias
El dulce manantial de la ubre rosa,
Y al prodigarse floreciendo en niños,
Esa prosperidad tenga su gloria.
Como en los Paraísos legendarios,
Ríos de leche nuestra dicha portan.


Oh alegre vasco matinal que hacía
Con su jamelgo hirsuto y con su boina
La entrada del suburbio adormecido
Bajo la aguda escarcha de la aurora:
Repicaba en sus tarros abollados
Su eclógico pregón la leche gorda,
Y con su rizo de humo iba la pípa
Temprana, bailoteándole en la boca,
Mezclada á la quejumbre del zorcico
Que gemia una ausencia de zampoñas.
Su cuarta liberal tenía llapa,
Y su mano leal y generosa,
Prorrogaba la cuenta de los pobres
Marcando tarjas en sus puertas toscas.


Oh comadre lechera de los pueblos
Que arrebujada en su rebozo trota
Sobre la blanda burra, al vago azote
De la pichana, conduciendo entre hojas
De aromática higuera sus quesillos
Con dejadez arábiga y monótona:
En ella pasa la poesía vieja
Del tambo matinal donde retoza
La ternera precoz del campo abierto
Junto con su chinita ya pintona.


Hacia el corral donde en la tibia ordeña
Prefieres á la baya ó á la hosca,
Que emparejados los garrones recios
Por tres vueltas de soga,
Con un mugido perezoso y vago
El lento morro hasta la ijada tornan
Al amor de la cria—en fiel coloquio
Vas una suave tarde con tu novia,
Que está más delgadita de quererte
Y expresa una fatiga de corola.
En el jarro vacío el chorro agudo,
Como un niño dijérase que llora;
Y en la espuma del que se va llenando,
Enronquece un arrullo de paloma.
Un olor de heno fresco y de aceituna
Exhalan las boñigas; más sonora
Canta la rana del jagüel vecino;
Y en su puerilidad de alma dichosa,
La niña te sonríe con los ojos
Al ocupar sus labios en la copa.


Las vacas montañesas de mi villa,
Cuando pacen la grama de las lomas,
Tienen la mejor leche para el queso;
Mas, como no son finas, es bien poca.
Sí comen albahaca y altamisa,
Suele volverse amarga y olorosa.


Cuando las toca un año llovedizo,
Es también increíble lo que engordan.
La que se queda sin parir, entonces,
Solamente será por ser machorra.
Y cómo alegra el alma su mugido,
Cuando al caer la tarde calurosa
Que expía una sequía de ocho meses,
Del horizonte grávido que arroja
Su escobazo de viento preventivo,
En que grita ordenando alzar la ropa
Una aflautada voz de lavandera—
Viene ya el agua eléctrica y sonora,
Hinchada en un sombrío azul de breva,
Mientras un colosal cielo de tromba,
Con retumbos hidráulicos de fresco
Tonel, sobre los campos se desfonda.


Y braman ellas escarbando el polvo
Que rellena la cuenca pedregosa
Del rio seco que al lugar da nombre;
y en su salvaje anhelo se prolonga,
El gemido amoroso de la tierra
Que á la preñez magnífica se apronta.


Cantemos la excelencia de las razas
Que aquella sangre indígena mejora,
Con el marmóreo Durham de los premios,
Con el Hereford rústico que asocia
A la belleza de su manto rojo,
En blancura total cabeza y cola.
Con la negra nobleza que propala
El Polled-Angus de cabeza mocha.


Y al grueso potro de color de peltre,
Que derrumbando el anca montañosa
En pulimento escultural de fuerza,
A paso colosal mide las trochas.
Y al alazán que con intenso trote
Refucila su hebilla en la carroza,
O lanza su relincho perentorio
En la manada que bravío atropa.
Y á la concisa yegua de las pístas,
Con su cabeza adolescente y floja
Donde el alto linaje se empenacha
De alado fuego en la gloriosa hora,
Cuando el ímpetu audaz de la carrera
En viva cinta de aire se prolonga,
Restallada en aplausos que definen
El alborozo cruel de la victoria.


Y al pequeño caballo que en las sendas
De la región criolla,
Con su paisano soñoliento encima,
En un vigor reconcentrado trota.
El de las duras guerras en que hicimos
Las hazañas aquellas de la historia.
El heroico de Salta y de los Andes,
El triste que en las épocas penosas,
Sobre la pampa mártir de sequía
Cumple el arduo servicio de la posta.
El fiel de las angustias sin amparo
Que confían al chasque su zozobra,
Cuando urge el parto cruel y la epilepsia
En la desolación brama horrorosa.
El que ordenó las bárbaras dehesas
De la frontera desbordada de hordas,
Y en la final conquista del desierto,
Sumiso y militar sirvió con Roca.
El que en su vil pelambre guarda el fuego,
Como el tronco la brasa que lo dora,
Con esa mansedumbre del coraje
Que su alma elemental acondiciona.
El que huele á hombre fuerte en el descanso
Y á fiebre inquieta en las ingratas obras,
Y es la última amistad del gaucho libre
Que al despoblado la injusticia arroja,
Dejándole por únicos haberes
La firme daga y la guitarra sorda,
Que habla bajo, pasado á la cintura
El brazo del varón, como una esposa.


Cuando al final de intrépida jornada
Que al doméstico encanto nos retorna,
Mientras él, aun jadeante, se refriega
El ojo en la rodilla temblorosa,
Al ladrido del perro los que aguardan
Salen llenos de plácemes y de ¡holas!
Entre un ruído de espuelas, todavía
En el extremo de la rienda floja,
Con saludo cordíal se unen las manos
Y la cola del can tunde las botas.


Se amustia el cielo. La primer estrella
Salta en el vago azul como una gota.
Y en la cocina negra el primer fuego,
Como un gallo dorado se arrebola.


Todavia inconcluso el primer mate,
Salimos con idea previsora,
A averiguar si hay pasto suficiente
En el cerco habitual donde acomodan.
El fatigado lomo aún exhala
Su dejo de churrasco en las caronas;
Y con una palmada al anca escueta,
La ternura viril que nos mejora,
Paga—¡pobre animal!—en brusco mimo,
Aquel caudal de fuerza generosa.


Cumplamos con el buen veterinario
Cuya modesta medicina aploma
Los miembros aquejados por el duro
Esparaván, ó por la llaga crónica
Que el linimento con unción tranquila
Viene á colmar de lenidad piadosa.
Oh! dulces ojos de la bestia enferma
Que nuestra avara caridad imploran,
Con un dolor sumiso é inocente
Que á nadie culpa la maldad incógnita.
Hombre que alivias al caballo viejo,
Dándole agua y quitándole las moscas:
Cuando el llanto consuele tu alma obscura,
Sabe que es aquella agua lo que lloras.

Reclamemos la enmienda pertinente
Del código rural cuya reforma,
En la nobleza del derecho agrícola
Y en la equidad pecuaria tiene normas,
Para dar un sabor de égloga ruda
Al canon de la ley satisfactoria,
Cuya sana belleza de justicia
Como un verso el artículo conforma.


Cantemos la confianza del viaje
En la certeza de la mula cómoda,
Que sabe con su pata los atajos
Y con su oreja las alarmas lógicas,
Vibrante en el bufido que les planta
Con el celo inicial de una pistola.


Por el lento crepúsculo teñido
De vislumbre lunar, marcha la tropa.
Los carros vienen como conversando
Con el carril de platitud sonora,
Cuya orilla derecha sobrepasan
Vagas aún las movedizas sombras.
Las mulas veteranas y parejas
Cumplirán la jornada algo á deshora,
Porque ese medio día faltó el agua
En el jagüel que llaman de los Soria,
Donde á real por cabeza las abrevan
Mientras la peonada se raciona.
Pero bien sabido es que entonces basta
Con soltarlas un poco, pues muy sobrias,
Con tal que puedan revolcarse á gusto,
Luego para la marcha se recobran.
Sólo aflojaron dos tordillas grandes,
Las más maulas también porque eran romas;
Y con ellas dejaron al marucho
Que cuida la mulada de la tropa,
Y en sus trece años, toscos de tarea,
Para cumplir, como el mejor se porta.


Ahijado del patrón todos extrañan
Que en la escuela del pueblo no lo ponga.
Dicen que hay una ley que asi lo ordena,
Pero quien ha de abrir por él la boca,
Si el mismo capataz no está seguro
Cuando, los días de elección, no vota
Como todo mensual «por don Fulano»,
La lista que al fin poco les importa.
El se contenta con un saco viejo,
Media libra de pasas y una trompa.


Detrás, pausadamente talonea
El capataz su zaina cadenciosa.
En el chifle de cuerno un resto de agua
Va gorgoteando sofocada y sorda.
Mañana, si Dios quiere, con la fresca
Se acercarán al pueblo donde próspera
La tienda espera su mercadería;—
Y entrarán por la calle barrancosa
A los compases del clarín alegre
Que él como anuncio del arribo toca.
A la par suya trotará su cuzco
Plumereando alegrías con la cola;
Y sumiendo la arena irán las llantas,
Y será el caso de estrenarse botas,
Y restallar la chispa de los látigos
Entre una polvareda victoriosa.


La tienda estará allí sombría y fresca
Con su cortina de pesada lona,
Donde un gran lamparón de kerosene
Trasluce el sol aglomerando moscas.
Un confortable olor de caña y yerba,
Sale en la bocanada de su sombra.
Puntea el sastre, cabalgando un tercio,
Un pasacalle de guitarra ociosa.
Detrás del mostrador el dependiente
Despacha á una esponjada señorona
Que regatea y prueba con saliva
Un percal de firmeza sospechosa.
—Podemos enseñarle la factura
Argumenta el audaz con labia pronta.
Y su ala de pichón, enaceitada
De Tónico Oriental, y su simbólica
Solapa constelada de alfileres,
Ponen tal elegancia en su persona,
Que con razón á todas las muchachas
Se les hace por él agua la boca.
Sólo el telegrafista le compite
Cuando á la tarde en su tubiano asoma.


Afuera, denunciando que el negocio
Es casa fuerte, de las dos que acopian
Frutos, y prestan á interés, un cuero
Estaqueado, el caliente piso alfombra.
Húmedo de colores como un mapa,
Que azulan podredumbres transitorias,
Asusta á los esquivos redomones
De la rural clientela que anda en compras,


Socarrando las rojas verdolagas
De la plaza desierta, el sol acosa.
Un caballo tranquilo, allá á lo lejos,
Camina por la falda de una loma.
A todo esto llegaron ya á la aguada
Y ante un buen fuego el costillar aprontan,
Mientras las mulas ramonean algo
Y el marucho atrasado se incorpora.
Un nocturno reposo de agua obscura,
Que cercan cocos de crujiente copa,
Consuela los afanes de la marcha
En el silencio de la noche hermosa.
Algún tuco atraído por la hoguera,
Sesgo trazo de luz tira en la sombra,
Y en su efluencia de estrellita errante
Titubea un momento y luego toma
La dirección de azar, que les indica
Dónde estarán la suerte ó la algarroba,
Cuyos rubios puñados con susurro
De seco cascabel cargan la fronda,
Como á compás con las cigarras émulas
Que al taciturno santiagueño arroban,
Con la añoranza rústica del pago
En un pregusto de ácidas alojas.
Al olor montaraz de las jarillas
Exhaladas en brisa resinosa,
Mezclan su pimentado terebinto
Los espinosos cocos que allá brotan.
Y el capataz les cuenta los viajes
En las grandes carretas crujidoras
Que dilataban su áspero quejido
Por travesías llenas de zozobra.
De temor al salvaje hasta llevaban
Un cañoncíto y varias tercerolas;
Y si acaso en las noches de tormenta
Debían desvelarse haciendo ronda
En torno de los bueyes intranquilos,
Era grande la alarma de esas horas.
Sólo les permitían que fumasen
Bajo los ponchos cuya urdimbre tosca,
Soportaba los largos temporales
Que los campos tristísimos entoldan,
Deshilachando en lluvias inclementes
El largo harapo de las nubes lóbregas.
Como no hay en qué atar por esos llanos
Y la estaca clavada es peligrosa
Porque el retumbo se oye por el suelo
Y el indio en esto nunca se equivoca,
Aseguraba el capataz su mula
Con una taba ó una leña corta
Que amarrada á la punta del cabestro
En un hoyo se entierra y apisona.
Y aunque tire, dejuro que no arranca
La bestia más matrera y cosquillosa.


Apenas se ocupaba en ese tiempo
El ganado mular para las tropas,
A no ser en las arrias sanjuaninas
Que llegaban al pueblo con sus tortas
De alfajor, y sus rubios orejones,
Surtidos en la carga promisoria
Con la pasa mollar y la aceituna
Sobre los grandes bastos de totora.
Y pasaban los mozos estribando
En sus capachos de madera sólida;
Y el alto capataz con su trabuco
Y su macho bragado en cuya boca
Sangraba el freno Peñaflor, y aquellas
Espuelas formidables y sonoras
Que rinden á la bestia palpitante
En los duros tragines de la doma,
Cuando el robusto corazón se sube
En borbollón de gárgara ardorosa,
Y el entusiasmo con sabor de fuerza
Los corajudos miembros corrobora,
Y encarniza el instinto con su soplo
De rabia audaz, una crueldad de gloria.


El asado ya está. Divaga á ratos
Con lastimeros sones en la sombra,
El cencerro cordial de la madrina
Que pasta por allí con pausa sorda.
Y de pronto, en lo extenso de los campos
Donde la dulce soledad ahonda
La sensibilidad de su silencio
Soñado por estrellas melancólicas,
Una mula rebuzna á la querencia
Con nostalgia tan intima y remota,
Que como una mujer abandonada,
Penas de hogar parece que solloza.


Y cantemos al asno mendicante,
Con su tosco sayal que aun desmejora
El haz de leña de las tardes frías
En que parece envejecer la choza.
Y al bronco cerdo que madura en grasa
Anticipando la repleta olla
Al hondo borbotón de sus gruñidos.
Y al pavo matamoros que resopla
Explosivas sazones de marmita.
Y al primor campesino de la oca,
Cuyo alelado escándalo insinúa
El trajìn promisorio de la loza.
Y á la modesta gallineta que huye
Con paso de mucama perentoria,
Y remeda á la lima del herrero,
Atareada como él desde la aurora.
Y al surgente avestruz de la pradera
Que con silbo haragán vagando engorda,
Y fértil rinde su costal de huevos,
Y cuando va á llover corre y esponja
Su flotante calzón arremangado
En los sesgos fandangos que retoza.
Y hay que verlo tenderse en las boleadas,
Desordenando la gambeta ilógica
Como mancha de luz que refucila
Un espejo, al zumbido de las bolas.
En veloz convergencia lo arremete
El gauchaje, palmeándose la boca.
Con sordo borbotón hierve la tierra
A los tropeles bárbaros de la horda.
Hasta que, ya rendido, y bien seguro
El volumen de pluma en las alforjas,
Al fuego del vivac asan su agudo
Caparazón, con lentitud metódica,
Dándole por relleno tres guijarros
Recalentados, pues así se apronta
La picana con piedra que el rescoldo
Como un pastel por fuera perfecciona.


Celebremos los claros palomares
Que embanderan de blanco las palomas.
Y el conejo pueril en cuyo hocico
Pulula la esquivez como una mosca,
Y que bajo un repollo acurrucado,
En el fondo sombrío de las hojas
Funda una linda capillita blanca.
Y la colmena que en labor metódica,
Es el encanto de los bellos días
En que el campo llovido se emociona,
Y encomienda á las alas de la abeja,
La quinta en flor el polen que desborda.


Como era fiesta el día de la patría,
Y en mi sierra se nublan casi todas
Las mañanas de Mayo, el 25
Nuestra madre salia á buena hora
De paseo campestre con nosotros,
A buscar por las breñas más recónditas,
El panal montaraz que ya el otoño
Azucaraba en madurez preciosa.
Embellecia un rubio aseado y grave
Sus pacíficas trenzas de señora,
Seguíanla el peón y la muchacha.
Y adelante, en pandilla juguetona,
Corríamos nosotros con el perro
Que describía en arco pistas locas.


Con certeza cabal decía el hombre,
—Aquí está el camuatí misia Custodia.
Que así su nombre maternal y pío,
Como atributo natural la adorna.
Aunque aquí vaya junto con la patria
Toda luz, es seguro que no estorba.
Adelgazada por penosos años,
Como el cristal casi no tiene sombra.
Después se nos ha puesto muy anciana,
Y si muere sería triste cosa
Que no la hubiese honrado como debe
Su hijo mayor por vanidad retórica.


Ahumadas las abejas de allí á poco,
Al reparo de alguna peña hermosa
Disfrutábamos juntos la cosecha
En la gran paz de la campaña sola.
Todavía en las ramas de los cercos
Y en alguna ladera barrancosa,
Flores de mechoacán y escorzonera
Daban al año retardada pompa.
Entre los huecos del peñasco, llenos
De doradilla purificatoria,
Juntaba alguno para hacer gallitos,
Caracolillos de voluta cónica.
Punzaba la quietud con lento arrullo
Allá en su breña la acentuada tórtola;
Y el cielo suave donde ya el nublado
Se adelgazaba con pereza mórbida,
Empañado como una jarra fresca,
Daba al aire blandicias deliciosas.
Venía el padre á veces en su mula.
Habiendo visto el humo de la obra,
Cuando por el camino asaz distante
Regresaba á la casa. Su sonora
Palabra de cariño y complacencia,
Como el pan bien asado era sabrosa.
Colgada del arzón su carabina
Aun exhalaba un denso olor de pólvora.
Es que había cazado una corzuela
Que con el capataz envió por otra
Dirección; y también había visto
En la represa solitaria y honda,
Patos de esos cafés de alas azules
Cuya carne bravía es tan gustosa.
Ah gloria de las claras mañanitas
En el tallar tranquilo que se explora
Con la escopeta al hombro, en un silencio
Lleno de claridad, sobre una blonda
Arena de ribera, susurrada
El alma fresca por murmullos de hojas.
De agua, silencio y sol está compuesta
La plácida belleza de la hora.
Huele el sauzal endeble á barniz nuevo,
Rubio de luz escuálida y notoria.
Muy lejos, en la punta de algún árbol,
Una urraca saluda con la cola.
Y mientras nos contaba todo aquello,
El buen padre jovial nos daba escolta.
Montando por delante al más chiquillo
Que pedía galope, á rienda corta
El andar de la bestia mantenía
Paralelo á la senda donde toda
La familia marchaba de regreso
Al mísmo paso y en la misma forma.
Sólo el perro, á la vera del estribo,
Iba anhelando cabizbajo ahora.


Así en profunda intimidad de infancia,
El día de la patria en mi memoria,
Vive á aquella dulzura incorporado
Como el perfume á la hez de la redoma.
¡Feliz quien como yo ha bebido patria,
En la miel de su selva y de su roca!