Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/202

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— No insista Vd., por favor.

Don Miguel y Dolores escuchaban ese diálogo con asombro.

— La suma es tan pequeña!... murmuró Ernesto.

— Tengo motivos para no aceptarla.

El jóven dió un paso atrás.

— Motivos? .. dijo. Yo ... pensé ... que ... Y el rubor coloreó su frente.

— Que me habia olvidado? No, caballero; hay cosas que no se olvidan nunca, y la escena de «aquella mañana» está siempre fija en mi mente.

— Ah! suspiró el jóven y tomando su sombrero salió tambaleando de la habitacion.

— Qué has hecho, Manuela? preguntó don Miguel, pálido como un cadáver.

— Señorita! exclamo Dolores.

— Mi deber, dijo con tranquilidad la jóven. Sin envilecernos, no podriamos recibir la limosna ofrecida por un hombre como él.

— Pero él es una persona digna, murmuró Dolores.

— Lo prueba el mismo paso que ha dado, dijo don Miguel. Siendo casi tan pobre como nosotros, ha venido á ofrecernos lo que tenia. Y aun no se