Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/284

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arrojándolo en seguida lejos de sí, mientras murmuraba:

— Muchachuela!... Creerá sin duda que me voy á suicidar! Já, já, já!...

Y no pensó mas en el asunto.

Pocos dias despues comenzó á hacer la corte á una niña de la buena sociedad, mujer tan desprovista de seso como él mismo. Sus frases de amor fueron escuchadas con complacencia, y el desdichado tipo aparecerá sin duda hoy, revistando en las filas de los casados. No nos ocupemos mas de él.

Varios dias despues de aquel en que quedó convenida la boda de Manuela y Ernesto, conversaban ambos en voz baja y, como de costumbre, en presencia de don Miguel y Dolores, la que, por la amistad, parecia ya formar parte de la familia.

— Qué tienes? preguntaba Ernesto, fijando los ojos en el semblante de Manuela. Estás triste y pensativa...

— Nada, contestaba la jóven, pasándose la mano por la frente, como para apartar de su cerebro una idea fija. No tengo nada... O mas bien, si. ¿Para qué negártelo? Hoy he visto pasar por frente á casa á ese jóven Dupont que era tu amigo. Yo salia en ese mo-