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la ciudad encantada de los césares

tos en que todos los pobladores del nuevo continente se ajitaban buscando los unos, como el tirano Aguirre, el fabuloso Eldorado; los otros, al pais del Gran Paititi, cuyos ríos depositaban en sus márjenes, al decrecer, una banda de oro de «una mano de espesor;» aquellos, en fin, como los compañeros de Gonzalo Pizarro, el valle de la Canela, donde junto al Marañon, crecian en bosques infinitos las mas ricas especias que con tanto afan monopolizaban los portugueses en las Molucas?

I el descubrimiento mismo de la América, tenido por fabuloso i mitolójico desde Platon, ¿no habia sido considerado ántes de Colon como una simple leyenda, como despues de su hallazgo se juzgó un milagro, digno de colocar en los altares (de lo que hoi se trata) al jenio que le dió acabo?

Existe tambien una circunstancia personal, al parecer de poca monta, que arroja cierta curiosa luz sobre este acontecimiento que mantuvo preocupada a la América entera durante mas de dos siglos, i costó a su rei i a sus pobladores tantas vidas como caudales.

I esa circunstancia es la de que uno de los dos informantes de los Césares, Pedro de Oviedo era andaluz.... i andaluz natural del condado de Niebla, a doce leguas de Sevilla, donde—si es cierto que