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cap.
darwin: viaje del «beagle»

viajeros en el mes de mayo, y cuando estaban en la parte central se levantó una furiosa tempestad de viento, que a duras penas permitía a los caminantes sostenerse en sus cabalgaduras, y levantaba las piedras en remolinos. El día estaba enteramente despejado y no había caído ni un copo de nieve, pero la temperatura era baja. Tal vez el termómetro no hubiera bajado muchos grados bajo de cero; mas el efecto causado en los viajeros debió de ser proporcional a la rapidez de la corriente de aire frío. El temporal se prolongó por más de un día, con lo que los hombres empezaron a perder las fuerzas y las mulas a no poder avanzar. El hermano de mi guía intentó retroceder, pero sucumbió, y dos años después se halló su cadáver tendido al lado del de su mula, junto al camino, con la brida todavía en la mano. Otros dos individuos de la partida perdieron los dedos de las manos y pies, y de 200 mulas y 30 vacas, sólo 14 de las primeras escaparon con vida. Hace muchos años, se supone que debió de perecer de un modo análogo una partida muy numerosa de viajeros; pero sus cuerpos no se han descubierto hasta la fecha. La combinación de un cielo sin nubes con una baja temperatura y un viento huracanado debe de ser, a mi juicio, en todas las partes del mundo un fenómeno rarísimo.


29 de junio.—Caminamos muy de buena gana valle abajo hasta nuestro anterior alojamiento nocturno, y desde allí hasta cerca de Agua Amarga. En 1 de julio llegamos al valle de Copiapó. La fragancia del trébol verde me pareció deliciosa, después de haber respirado el aire inodoro del seco y estéril Despoblado. Mientras estábamos en la ciudad oí hablar a varios vecinos de una altura cercana que llamaban El Bramador. Por entonces no presté bastante atención al relato; pero a lo que entendí, la montaña estaba cubierta de arena y el ruido se producía sólq cuando, al subir por la pen-