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tahiti y nueva zelandia

barrancos profundos, que divergen desde las quebradas regiones centrales de la isla hasta la costa. Habiendo cruzado el estrecho y bajo cinturón de fértil tierra habitada, seguí una lisa y escarpada cresta entre dos de los profundos barrancos. La vegetación era singular, y se componía casi exclusivamente de pequeños helechos enanos, mezclados en las partes superiores con hierbajos; parecíase bastante a la de algunas montañas de Gales, y esto, a tan corta distancia de los huertos de plantas tropicales en la costa, era en extremo sorprendente. En el punto más alto a que llegué reapareció el arbolado. De las tres zonas de relativa frondosidad, la inferior debe la humedad que la fecunda a la circunstancia de su escaso declive y altura; porque, levantándose apenas sobre el nivel del mar, el agua de las regiones superiores pasa por ella muy despacio. La zona intermedia no llega, como la superior, a la atmósfera húmeda y nebulosa, y, por tanto, permanece estéril. Los bosques de esta región superior son de vistosísimo aspecto, estando en ellos los cocoteros de la costa reemplazados por helechos arbóreos. Sin embargo, no debe suponerse que igualen en magnificencia a las selvas del Brasil. No cabe esperar que una isla contenga el inmenso número de producciones que caracteriza a un continente.

Desde el pico más alto a que subí se gozaba una vista excelente de la lejana isla de Eimeo, sujeta a la soberanía de Tahiti. Sobre las encumbradas y agrestes cimas se acumulaban blancos nubarrones, que formaban una isla en el cielo azul, como la formaba Eimeo en el azul océano. La isla, exceptuando una pequeña entrada, está completamente rodeada de un arrecife. A la distancia en que me hallaba sólo era visible una línea blanca y brillante, bien definida, señalando el lugar donde las olas se encontraban por vez primera con el muro de coral. Las montañas se alzan abruptamente sobre la cristalina extensión de la laguna en-