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tahiti y nueva zelandia

cimas centrales más elevadas, que suben a la altura de unos 2.100 metros. La isla toda están montañosa, que no se puede penetrar en el interior sino remontando los valles. En un principio, nuestra ruta pasó por bosques que crecían en las dos riberas del río, y los altos picos centrales que mostraban a intervalos, como a lo largo de una avenida, con tal cual cocotero ondeando al viento su elegante penacho de hojas, ofrecían una vista en extremo pintoresca. El valle empezó en breve a estrecharse, y los lados a hacerse más altos y escarpados. Después de haber andado unas tres o cuatro horas, hallamos que la anchura de la barranca apenas excedía la del cauce de una corriente. Ahora los muros laterales caían casi a pico, pero, a causa de la blandura de los estratos volcánicos, en todos los bordes salientes crecían árboles y otras plantas frondosas. Estos precipicios debían tener unos 1.000 pies de altura, y el conjunto formaba una garganta o cañón, superior en magnificencia a todo lo que hasta entonces había contemplado. Mientras el Sol permaneció sobre el barranco, hiriéndole verticalmente con sus rayos, el aire se conservó fresco y húmedo, pero después se hizo pesado y sofocante. Comimos a la sombra de un saledizo de roca, debajo de una fachada de lava columnaria. Mis guías se habían procurado ya un plato de pececillos y camarones de agua dulce. Tenían una pequeña red sujeta a un aro, y en los sitios donde el agua era profunda y remansada, como nutrias, con los ojos abiertos, seguían a los peces a los agujeros y rincones y allí los cazaban.

Los tahitianos tienen la destreza de los animales anfibios para moverse en el agua. Una anécdota referida por Ellis demuestra lo familiarizados que están con dicho elemento. Con ocasión de estar desembarcando un caballo, en 1817, para la reina Pomarre, se rompieron las eslingas y el animal cayó al agua; inmediatamente los naturales se arrojaron a ella por la bor-