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carlos r. darwin.

II.


Muchos movimientos del cuerpo y del rostro son sólo medios para lograr el cumplimiento de los deseos que acompañan á los sentimientos. En su orígen eran sin duda actos voluntarios, y aun hoy lo son en buen número de circunstancias, pero, con todo, como han llegado á convertirse en habituales, se producen sin intervencion ninguna de la voluntad, adquiriendo todos los caractéres de los actos reflexos. Tal es, por ejemplo, la fijeza de la mirada sobre los objetos que deseamos examinar; el pestañear cuando tenemos delante alguna cosa que amenaza herir la vista; los ademanes con que rechazamos los objetos que nos desagradan, y la fuga que emprendemos cuando los queremos evitar. Todos estos actos se realizan, sin que el yo necesite tener conciencia de ellos, desde el instante en que experimenta el deseo respectivo. Muchos animales han contraido la costumbre de hinchar su cuerpo para presentar un aspecto más terrible; así lo hacen involuntariamente al encontrarse delante de un enemigo. Cuando estos hábitos se han transmitido hereditariamente engendran acciones instintivas; sabido es que el instinto, segun la teoria Darwiniana, no no es sino un hábito originariamente adquirido, y que ha llegado á ser hereditario.

Cuando las acciones se han convertido en hábito ó instinto, continúan acompañando, y por consiguente, expresando los sentimientos que las han hecho nacer, aun en aquellos casos en que, por causas diversas, han cesado ya de coadyuvar á la realizacion de los deseos y son completamente inútiles. Cuando los perros quieren dormir sobre una alfombra cualquiera, dan tres ó cuatro vueltas y escarban el suelo con las patas delanteras como si intentasen hollar el césped ó ahondarse un lecho; esto