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CUENTOS

mento de sensibilidad: Pedro, que había sido siempre un intrépido cazador, sentía lágrimas en los ojos ante una urraca que su hermano menor tenía cautiva.

Cuando una personita de quince años, que no sabe leer y que no tienen ideas de ningún género sobre la civilización, recoge flores en vez de hablar sola, inventa cuentos que no cuenta a nadie, fabrica una flauta y llora por los pájaros cautivos, se puede asegurar que algo grave acontece. Ahora bien: lo único grave que puede acontecerle a uno cuando tiene quince años, es enamorarse.

¿Pedro estaba enamorado, entonces?

No lo sé, amiga de mi corazón; mas oye con interés lo que sigue de la historia, y sobre todo no se lo preguntes a nuestro partorcito, porque él en verdad no sabría responder. ¿Enamorado? Y ¿qué será eso de enamorado? contestaría Pedro de seguro. Pero como no es el nombre lo que forma la cosa, continuemos narrando, y digamos que en la vida de Pedro había algo no expresado aún en estas líneas, por considerarlo trivial, cuando tal vez resulte interensantísimo.

Solía Pedro encontrar en sus peregrinaciones un pastora de las cercanías, menor que él, pues contaba apenas doce años. Era una niña tan desmirriada y pobre que daba pena y tan tímida que daba risa, pues era casi tonta y por todo lloraba. Pedro, que empezó por querer adiestrarla en topografía, botánica y ornitología debió renunciar bien pronto, descorazonado por esa candidez eternamente resuelta en lágrimas. La abandonó, se alejó de ella, tomando por otros senderos, aunque sin negarle su ayuda si llegaba a encontrarla en trabajos para recoger las ovejas, o llevar los corderos recién paridos, cuando eran más de dos y la noche se aproximaba.

Ahora bien: habían transcurrido justamente cuatro meses sin que los niños se vieran, cuando una mañana, a la hora en que el sol comienza a apretar y las ovejas buscan la sombra de los árboles para efectuar la rumia, Pedro vió venir a la pastora por el mismo camino que él trajera horas antes; y lo que nunca, sintió una alegría. Al fin, por tonta y fea que fuese, su ausencia se había hecho notar en aquel bosque tan solitario. Los niños se dieron los buenos días sin aspavientos ni transportes, con cierta seriedad que les