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El Anciano Campeón

dor algo menos atroz. Sabíase que Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución y compañero venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el terror por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción enemiga apoderándose de su jefe.

—Firme con los antiguos privilegios, gobernador! —rugía la multitud, apoderándose de la idea, —¡Buen gobernador, anciano Brádstreetl —

Cuando más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la aparición de la figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet, un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en lo alto de las gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la multitud para que se sometiera a la autoridad constituida.

—Hijos míos, —concluyó el venerable personaje, —no hagáis nada inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea servido de hacer algo por nosotros. —

Los acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los militares. Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la vía, con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de fuego en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el