Página:Cuentos de hadas.djvu/107

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—¡Anda, anda, como una rosa! y esta mas amarillo que estas espigas.

—¡Canalla soez! ¡Ojalá que vuestras espigas se vuelvan cardos! Es lo que vosotros mereceis ¡jumentos!

De repente el campo de trigo no ofreció á la vista mas que cabezuelas de cardo, y los segadores, convertidos en asnos, empezaron á tirar coces y á rebuznar; pero como arremetiesen todos contra Chilindrina para sacudirle el polvo, el arrapiezo lió el petate, y no paró hasta llegar a una gran ciudad, en donde entró despues de puesto ya el sol. El endiablado muchacho estaba amarillo como la cera, y todo el mundo se apartaba de él como de un leproso.

—¡Qué bestias son esas gentes! exclamaba montado en cólera. No parece sino que en esta ciudad no hayan visto jamás a ningun extranjero. ¡Ojala que todos estuviesen tan amarillos como yo, y entónces veríamos si les hacía gracia que se burlasen de ellos cara á cara!

No tuvo que decirlo dos veces. ¡Cuál fué su asombro al ver que a todos los que pasaban por la calle se les puso una cara de gualda como la suya! Y como sospechasen que aquella pesada burla era obra del endemoniado arrapiezo, que así le llamaban; cada hijo de vecino asió de una buena tranca, con la sana intencion de menearle el bulto.

—¡Paso! ¡paso! bribones, gritó Chilindrina corriendo como un gamo. Os juro ¡vive Dios! que he de abrasar la ciudad, y que he de convertiros á todos en....

No pudo concluir. Sintióse al punto agarrado por los