Página:Cuentos de hadas.djvu/95

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dueña de su voluntad, y que bastaría la menor indicacion suya. Pero como es sabido que cuanto más talento se tiene, tanto más cuesta tomar acerca de este asunto una resolucion; despues de haber dado gracias á su padre, le suplicó que le dejase tiempo para pensarlo muy despacio.

Y para meditar con calma lo que mas podia convenirle, salió á dar una vuelta por el bosque en donde habia encontrado a Roquete del Copete.

Miéntras que muy cavilosa y pensativa se estaba paseando, sonó bajo sus plantas un rumor sordo como de muchas personas que van y vienen y se mueven y agitan. Aplicó muy atentamente el oido, y oyó que uno decia: «Trae el perol,» y otro: «Echa leña á esta hoguera.» Entreabrióse entónces la tierra, y vió debajo sus piés una gran cocina llena de cocineros, de galopines, y de criados que estaban preparando un espléndido banquete. Salieron de la cocina como cesa de veinte a treinta cocineros, y sentaron sus reales en una de las avenidas del bosque. Al rededor de una larga mesa, armados de mechera, y con el rabo de zorra á la oreja, se pusieron á trabajar todos á una al compás de unas coplas muy armoniosas.

Admirada la princesa de semejante espectáculo, preguntóles para quién preparaban aquellos manjares. Y el más respetable de la cofradía le contestó:

—Para el señor príncipe Roquete del Copete, cuyas bodas han de celebrarse mañana.

Creció de punto la admiracion de la princesa; mas viniéndole súbitamente á la memoria que un año ántes