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LIBRO II.

en su casa, y siguiendo el vicio común de Eretria, muy dado a convites, a que solían concurrir poetas y músicos.

 7. Apreciaba mucho a Arato, a Licofrón, poeta trágico, y a Antágoras Rodio; pero más que a todos veneraba a Homero, después a los líricos, y luego a Sófocles. En la sátira daba el primer lugar a Éschilo, y a Aqueo el segundo; por lo cual, contra los opuestos a su sentir en el gobierno del pueblo, recitaba estos versos:

Fue el veloz alcanzado de un enfermo;
y la tarda tortuga, brevemente
del águila venció la ligereza.

 Estos versos son tomados de la sátira de Aqueo titulada Ónfale. Yerran, por tanto, los que aseguran que nada leyó sino la Medea de Eurípides, que dicen anda entre las obras de Neofrono Sicionio. De los maestros desechaba a Platón, a Jenócrates y a Parebates Cirenaico. Admiraba mucho a Estilpón; y preguntado acerca de él en cierta ocasión, nada más dijo sino «que era liberal».

 8. Sus discursos eran difíciles de comprender[1], y ponía tanto cuidado en su composición, que apenas podía nadie contradecirlos. Era de ingenio

  1. ήν δέ χαί δυσχατανόητος, o Μενέδημος. A la letra: Erat autem Menedemus difficilis captu.