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MACBETH.

pantos nocturnos! ¡Ojalá estuviera yo con mis víctimas, mas bien que entregado á la tortura de mi pensamiento! Duncan no teme ya ni el hierro matador ni el veneno, ni la discordia, ni la guerra.

LADY MACBETH.

Esposo mio, alegra ese semblante, para que nuestros huéspedes no adviertan esta noche tu agitacion.

MACBETH.

Así lo haré, amada mia. Fíjate en Banquo: muéstrate risueña con él, en la mirada y en las palabras. Todavía no estamos seguros: es preciso lavar nuestra honra en el rio de la adulacion, y convertir nuestros semblantes en hipócrita máscara.

LADY MACBETH.

¡Oh, basta, basta!

MACBETH.

Mi alma es un nido de sierpes... ¡Todavía respiran Banquo y Fleancio!

LADY MACBETH.

No son inmortales.

MACBETH.

Esa es la esperanza que nos queda. El hierro puede alcanzarlos. Antes que el murciélago abandone su claustro; antes que se oiga en el silencio de la noche el soñoliento zumbido del escarabajo, estará terminado todo.

LADY MACBETH.

¿Qué quieres decir?

MACBETH.

Vale más que lo ignores, hasta que esté cumplido,