Página:Dramas de Guillermo Shakespeare.djvu/78

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EL MERCADER

GRACIANO.

Mil gracias, Basanio. Á tí lo debo. Mis ojos son tan avizores como los tuyos. Tú los pusiste en la señora; yo en la criada: tú amaste; yo también. Tu amor no consiente dilaciones; tampoco el mio. Tu suerte dependia de la buena elección de las cajas; también la mia. Yo ardiendo en amores perseguí á esta esquiva hermosura con tantas y tantas promesas y juramentos, que casi tengo seca la boca de repetirlos. Pero al fin (si las palabras de tal hermosura valen algo), me prometió concederme su amor, si tú acertabas á conquistar el de su señora.

PÓRCIA.

¿Es verdad, Nerissa?

NERISSA.

Verdad es, señora, si no lo llevais á mal.

BASANIO.

¿Lo dices de veras, Graciano?

GRACIANO.

De veras, señor.

BASANIO.

Vuestro casamiento aumentará los regocijos del nuestro.

GRACIANO.

¡Pero quién viene! ¿Lorenzo y la judía? ¿y con ellos mi amigo, el veneciano Salerio?

(Salen Lorenzo, Jéssica y Salerio.)
BASANIO.

Con bien vengáis á esta quinta, Lorenzo y Salerio, si es que mi recien nacida felicidad me autoriza para saludaros en este lugar. ¿Me lo permites, bellísima Pórcia?