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EL CARDENAL CISNEROS

último, que si antes Dios le habia llamado al retiro, Dios ahora le llamaba á la Corte, y que por lo tanto, desde aquel instante tenia la dirección de su conciencia. Forzoso le fué admitir cargo tan honorífico, delicado y espinoso; pero no lo admitió sin una condición, la de que le seria permitido observar en todo las reglas de su Orden, y que sólo habia de venir á la Corte cuando tuviera precisamente que confesar á la Reina. ¡Nobilísima condición que revelaba el natural humilde, virtuoso y desinteresado del fraile, que huía de la Corte en vez de buscar en ella, y por medio de su alto cargo, honores, medros y prosperidades mundanas para sí y para los suyos, cosa que tanto ciega, aun á los que hacen profesión y hablan tanto de virtud y de pobreza!

Así fué Cisneros elevado en 1492 al cargo de Director espiritual de la gran Reina Católica. Decía de él la virtuosísima Isabel al Rey y á sus Ministros: «Que habia hallado á un hombre de piedad y prudencia admirables.» Y aun en aquella Corte, de donde bajaba para la nobleza y para el pueblo un ejemplo tan vivo y tan constante de virtud y de moralidad, cuando hizo su aparición el nuevo Confesor, con su grave y pálido semblante, con su demacrada y austera figura, con su tosco sayal de Franciscano, sorprendió á todos, y todos le miraron con respeto sumo desde entonces. Parecía un resucitado anacoreta de la Tebaida: era el ideal vivo de un santo [1] .

  1. Decía Pedro Mártir, en carta dirigida á D. Fernando Alvarez, uno de los Secretarios del Rey: ¿Praeterea nonne in sanctissimum quedam viras a solitudine abstrusisque silvis, macie ob abstinentiam confectum, relicti Granatensis loco fuisse soffectum, scriptitasti? ¿In istius facies obducta, nonne Hilarionis te imaginem aut primi Pauli vultum conspexisse fateris? — Mártir, Opus, Epist, epist. CV.


VII.

Aunque enemigo Cisneros de cargos que le absorbían parte del tiempo que consagraba á la oración y al estudio, ocupó con gusto poco después el de Provincial de la Orden de San Francisco, para que fué elegido, porque le permitía excusarse de ir con frecuencia á la Corte y examinar además personalmente todos los conventos, contra los cuales las lenguas de la opinión levantaban tremendas acusaciones por sus excesos, y hasta por su libertinaje.