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EL CARDENAL CISNEROS

Recorrió las Castillas, se extendió á Andalucía, llegó á Gibraltar, desde donde tuvo el pensamiento de pasar á África para convertir pueblos infieles y del cual le disuadió una Beata que se manifestaba poseída del espíritu de Dios, regresando por último á la Corte, á cuyo punto lo llamaban apremiantes órdenes de la Reina. En todas estas excursiones le acompañó un religioso franciscano llamado Francisco Ruiz, mozo agudo y despierto, que le recomendó para secretario el Guardian de un convento de Alcalá y que después, por sus servicios y méritos, llegó también á Obispo, más por la protección directa de los Reyes que por la de Cisneros. Ambos llevaban todo su ajuar sobre una pequeña mula; el Ruiz montaba en ella á veces; nunca Cisneros, que siempre viajaba á pié, á no estar enfermo; vivían de la limosna, que era muy poco productiva, cuando la pedia el último, ocurriendo frecuentemente que tuvieran que alimentarse de yerbas y raíces del campo, por lo cual el primero solía decirle con alegre donaire: V. R. nos hace morir de hambre; V. R. no sirve para esto; Dios da á cada tino sus talentos; meditad y rogad por mi, y dejadme buscar la vida para los dos.

Terrible fué la pintura que á la Reina hizo su Confesor, Provincial de los franciscanos al mismo tiempo, del estado de relajación á que habían llegado los conventos de esta Orden, cuyos estatutos eran tan rigorosos. Hacían voto de pobreza, y eran sin embargo señores de vastas propiedades. Debían de vivir en el retiro y en la mortificación, y se entregaban á todos los refinamientos de la molicie y del lujo. Hacían voto de castidad y las crónicas del tiempo hablan frecuentemente de sus concubinas y barraganas. Todas las Ordenes estaban relajadas, pero ninguna tanto como la de los franciscanos, que aceptaban al profesar deberes más austeros. Pocos había que los cumplieran, fuera de los que pertenecían á los Observantes ó Hermanos de la Observancia, en que siempre había figurado Cisneros, de tal manera que los conventuales eran un enjambre de viciosos y disolutos.

Contagio de los mahometanos, reliquias de los disturbios y agitaciones de los reinados anteriores, efecto inmediato de la disolución completa á que se había llegado en España en los días menguados de Enrique IV, el abuso y el escándalo no podían ser mayores. Marina, en el Ensayo histórico-critico sobre la antigua legislación de Castilla, nos dice que el concubinato de los clérigos