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El Cardenal Cisneros


Supo el complot á tiempo el Arzobispo, y dió órden para que detuvieran á Bernardino y ocuparan todos los objetos de su pertenencia, entre los cuales se encontró el libelo mencionado, escrito de su puño y letra. Sufrió Bernardino por consecuencia de este atentado una dura prision, primero en Alcalá, después en Guadalajara, en donde pasó una larga enfermedad, moral más bien que física, desesperacion de la impotencia, al fin de la cual, oia porque se arrepintiera de la enormidad de su crímen, ora porque la razon, en medio de la soledad, le iluminara respecto á su verdadera conveniencia y á sus verdaderos deberes, que eran estar bien con su hermano, pidió gracia al Arzobispo, que se apresuró á concedérsela por completo, con olvido absoluto de lo pasado, llevando hasta la imprudencia su abnegacion y su generosidad, pues llegó á reinstalarle en su Palacio con las facultades y con la autoridad antiguas, de las que no tardó ciertamente en abusar.

Andaba indispuesto por aquellos dias el Arzobispo cuando su liermano llegó á Alcalá, y aprovechándose éste de las circunstancias, contra la expresa prohibicion de aquel, favoreció en un pleito á una de las partes, por su desgracia la que no tenía razón, ejerciendo una verdadera presion sobre los jueces. La parte perjudicada puso el grito en el Cielo, se quejó al Arzobispo, y éste, que tan amante de la justicia era, examinó por sí el pleito, y al convencerse del derecho que le asistia, llamó á los jueces, los reprendió duramente, y á toda costa quiso reparar el perjuicio. No tuvo límites la cólera de Bernardino cuando supo esta conducta de su hermano, pues supuso que lo hacía exclusivamente por sistema de chocar con él y desautorizarle con las gentes; de modo que, sin consideracion alguna á su enfermedad, que lo tenía postrado en cama, entró en la habitación del Arzobispo, que estaba solo, y tratándole de mal hermano, que nunca se habia cuidado de sus adelantos y de su fortuna, que siempre lo habia tenido abandonado, acabó por dirigirle las injurias más atroces. Cisneros le mandó salir de su cuarto y le dijo que no volviera á su presencia, amenazándole con prision más dura que la anterior; y entónces Bernardino, ciego de ira, cogiendo la almohada sobre que reposaba la cabeza de aquel y tapándole la boca á fin de que no pudiese llamar á nadie, apretóle la garganta con entrambas manos hasta que lo creyó muerto.

Salióse el criminal entónces, y encargando á los pajes y criados