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El Cardenal Cisneros

manantial contínuo de reyertas y disgustos íntimos, si aquel los retiene por respeto propio en su merecida esfera, lo cual sucede raras veces, y de ello hay abundantísimos ejemplos en todas las épocas; y cuando se presenta ese singular fenómeno, más bien que un corazon sin ternura, que es lo que los desairados dicen, es preciso confesar que allí puede haber una entereza y un heroismo que admirar y aplaudir.

No tuvo ese heroismo Cisneros respecto de su hermano Bernardino, pues cuando se retiró á un cláustro, empezó por renunciar en él todos sus beneficios, que más adelante renunció tambien para abrazar la Orden de San Francisco, en donde tanto se distinguia su hermano. Llegado Cisneros á Arzobispo de Toledo, vínole Bernardino á buscar y se le constituyó en su Palacio, en donde le recibió con ternura de hermano, le dió la Superintendencia de su casa, como habia hecho con él el difunto Cardenal Mendoza cuando estaba en Sigüenza, y le hablaba con confianza de los negocios de la Diócesis. Pronto comprendió Cisneros que no podia sacar partido del carácter turbulento, caprichoso é irascible de su hermano, quien se erigió en amo absoluto del Palacio episcopal, despidiendo criados, lastimando á amigos, ofendiendo á empleados, mandando en todo á su placer, granjeándose una antipatía universal. Disimulaba Cisneros sus defectos con amor de hermano; pero cuando le reprendia por sus defectos, Bernardino le replicaba con insolencia y se iba á un convento de su Orden por algunos dias para desahogar la cólera, pasada la cual, como si nada hubiera ocurrido, se presentaba de nuevo en el Palacio del Arzobispo. Aumentaba de dia en dia la bilis del Bernardino, y en uno de estos eclipses la desahogó en un infame libelo, aborto de su natural maligno é inspiracion, segun algunos, de los hermanos de su Orden, que lo tomaron como el instrumento más á propósito para desautorizar al Arzobispo, pues aparte de que un hermano está en posesion de aquellos secretos, confianzas y debilidades que no alcanza el vulgo de las gentes, siempre tienen una autoridad y una fuerza sus palabras, aunque palpiten en ellas la injusticia y hasta la monstruosidad, que ceden en daño del que es objeto de diatribas semejantes.

Terminó su obra Bernardino, y para alcanzar el fin que se proponía, —¡menguado fin por cierto!— espiaba la ocasión de presentarla á la Reina.