Página:El Cardenal Cisneros (02).djvu/2

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido validada
440
El Cardenal Cisneros

cierto, que la violenta oposición del Cabildo al simple anuncio de las reformas intentadas por su Prelado, se ofrece como claro indicio de un estado poco edificante y ejemplar. Para frustrar estos planes, los encopetados canónigos quisieron minar el terreno al Arzobispo en la misma Corte Pontificia, y después de celebrar sus conciliábulos con la mayor reserva, eligieron á D. Alonso de Albornoz, entendido y sumamente sagaz en la intriga, para que sin pérdida de tiempo pasara á Roma á hacer presentes las quejas del Cabildo Primado de las Españas. Tuvo de todo noticia Cisneros, no se sabe cómo, pues indudablemente, por grangearse la benevolencia del severo Prelado, ninguno de los canónigos interesados le revelaría menudamente el plan de su confabulación, y, como no era amigo de perder el tiempo, comisionó á su vez inmediatamente á persona de confianza para que arrestara al emisario del Cabildo sino se habia embarcado, y para en el caso de que se hubiera hecho á la mar, debia fletar el buque más velero de que se pudiera disponer para llegar á los Estados del Papa antes que Albornoz hubiese desembarcado, de modo, que puesto de acuerdo con el Embajador de España, Garcilaso de la Vega, para el cual llevaba órdenes de los Reyes, se le prendiera en el momento mismo de saltar en tierra, como así tuvo lugar en el puerto de Ostia, desde donde vino como preso de Estado á la Península, sufriendo veintidos meses de encierro, primero en una fortaleza próxima á Valencia y después en Alcalá.

Cisneros desplegó en esta ocasión tan gran severidad, no ya para castigar el atrevimiento é irreverencia del canónigo Albornoz, sino para contener á todos sus compañeros en el justo temor y en la debida obediencia, saludable resultado que en efecto obtuvo. Asi que, cuando poco tiempo después, hizo su entrada en Toledo, Cisneros tuvo una ovación magnífica, pues el pueblo, por dar homenaje á sus virtudes, que tan conocidas le eran de antiguo, y la parte oficial para dar brillante testimonio de su ferviente adhesión, compitieron noblemente para ver quién excedía al otro en la expresión de su cariño y entusiasmo.

Tres dias después de esta entrada triunfal, Cisneros llamó á su Palacio á todos los canónigos y les dio á conocer sus propósitos en estos términos, que revelaban su honrado, justiciero y nobilísimo carácter:

«Bien sabéis, carísimos hermanos, que yo no he aceptado con