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El Cardenal Cisneros

gusto esta Dignidad en que me veis, y yo sé mejor que nadie la razon para rehusarla, después que comencé á sentir el peso: tengo necesidad, no sólo del socorro del Cielo, sino también de los consejos y luces de las personas justificadas; y ¿en quién podré depositar mejor la confianza que en vosotros, que habréis conseguido más gracias de Dios que yo, por vuestra piedad, y me ayudareis con vuestra prudencia? Yo espero que me concederéis lo que pido: mi intención es que en esta Iglesia, y en toda la Diócesis, se siga el Evangelio, el culto de Dios se aumente, y la disciplina de las costumbres, sino puede estar completamente restablecida en su pureza, por lo menos, tenga alguna forma de la piedad de nuestros padres. Nada puede contribuir tanto como vuestro ejemplo, carísimos hermanos, y justo es, que siendo preeminentes por vuestro grado y por vuestras rentas, las aventajéis también por vuestra virtud. ¿Qué podemos esperar de la corrección de los pueblos, si hay negligencia en lo que os toca y si en vuestros procederes, unión, piadosas conversaciones y buenas obras, no les manifestáis que el hombre interior es verdaderamente digno del Sacerdocio con que Jesucristo os ha honrado? Yo creo que vosotros lo habréis hecho asi. Ahora, por lo que toca á mi, quiero descubriros mis propósitos: á todos aquellos que yo viere puestos en la profesión de ir de virtud en virtud, les asistiré con todo mi poder; los honraré y elevaré en empleos y cargos, pero á los que se apartaren de las reglas de su vocación, procuraré llevarlos por la dulzura, y sino pudiere (que espero en Dios no lo permitirá) emplearé los últimos remedios. Mi inclinación repugna esto, pero me forzará mi ministerio, pues tengo de dar cuenta de vuestras acciones al soberano Juez, esperando de una compañía tan sabia y venerable que no me obligará á correcciones. En lo demás, si en esta Iglesia ó en las otras de mi jurisdiccion, sabéis que hubiese algún desorden que corregir, yo recibiré como gracia el aviso que me diereis [1]

Después de contestar el Dean del Cabildo á este discurso con gran sumisión y respeto, los canónigos se retiraron.

Durante el tiempo que permaneció Cisneros en Toledo, su palacio se vio frecuentado por las personas más considerables de la ciudad. Toda la nobleza estuvo en él; todos los magistrados le

  1. Albar Gomez de Castro.