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El Japón

arrancando destellos que cabrilleaban en el agua, agitada por los remos.

De repente exclamó Miodjin:

—¡Son ellas!

—Sí, sí, son ellas—dijo Boitoro que se resguardaba del sol con su abanico.—Yamata viene acodada en el tabique de su camarote.

No tardó la barca en deslizarse ante el pabellón de "Las mil campanitas," y Boitoro y Miodjin pudieron ver á dos jóvenes que, acompañadas por una mujer de edad madura, estaban sentadas en la popa, rodeadas por el oleaje de seda de sus vestidos. Largos alfileres de concha rubia se hundían en sus negros cabellos que diríase rodeados de una corona de rayos; y la tez crema de sus rostros estaba ligeramente coloreada por la transparencia de sus quitasoles.

Una de las muchachas alzó la vista hacia el pabellón, sonrió al distinguir á los dos jóvenes y pudo verse brillar sus dientes, como granos de arroz.

En la proa de la barca, un joven elegantemente vestido, estaba inclinado atándose las cintas de sus zapatos y el sol abrillantaba su sombrero de laca negra, en forma de escudo. Los criados ocupábanse de los cestos de las provisiones. En el interior del camarote, visible a causa de sus anchas ventanas, una cantante de leyendas nacionales, alquilada para divertir á los paseantes, estaba acurrucada en el suelo y hacía vibrar las cuerdas de su biva, cantando al mismo tiempo, con voz aguda, una romanza popular.

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