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EL CASAMIENTO DE LAUCHA

tazos... ¡Como que estas son cruces! ¡Una paliza!... ¡A mí!...

¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de lastimarla; y sólo cuando me vió con él en la mano, se me separó, pero saltándosele los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!...

—¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debes la vida? Devolveme mi plata, birbante, canaglia!

Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta zurrándome como á una criatura?

—¡Mira, Carolina!—le dije sin soltar el cuchillo. —Yo ahora mismo me mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!

Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome.

—¡Qué! ¿Te pensás ir, Madona! ¡después