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EL CASAMIENTO DE LAUCHA

—¡Bah! ¡no seas pava!—le dije, enojado.— ¡Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabes... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llores, sonsa!

Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!

Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. A la tarde se presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano en un carrito, para abririo y ver de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.

—¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... Maledetta sorte!