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EL CASAMIENTO DE LAUCHA

como moscas á La Polvadera y yo los obsequiaba lo mejor que podía.

Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.

En la taba y las riñas, el comisario—que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,—no se llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también.

Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar.

—¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!