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ANTÓN P. CHEJOV

«¡Sálvese el que pueda!» Muchos veraneantes, incluso algunas bonitas jóvenes, lánzanse a la calle descalzos. Otra cosa ocurre que no me atrevo a referir.

—Qué miedo! ¡Esto es horrible!—chillan las señoritas de diversos matices.

—Señora, observad bien, el tiempo es precioso. Yo mismo calculo el diámetro.

Acuérdome de la corona, y busco al oficial herido, quien está parado, inmóvil.

—¿Qué diablos hace usted? ¿Y la corona?

El oficial se encoge de hombros, y con la mirada me indica sus dos brazos. En cada uno de ellos permanece colgada una señorita; las cuales, asidas fuertemente a él, le impiden el trabajo. Tomo el lápiz y anoto los minutos y los segundos: esto es muy importante. Marco la situación geográfica del punto de observación: esto es también muy importante. Quiero calcular el diámetro, pero Masdinka me coge de la mano y díceme:

—No olvide usted: hoy, a las once.

Despréndome de ella, porque los momentos son preciosos y yo tengo empeño en continuar mis observaciones. Varinka se apodera de mi otro brazo y no me suelta. El lápiz, el vidrio ahumado, los dibujos, todo se cae al suelo. ¡Diantre! Hora es de que esta joven sepa que yo soy irascible, y cuando yo me irrito, no respondo de mí. En vano pretendo seguir, El eclipse se acabó.

—¿Por qué no me mira usted?—me susurra tiernamente al oído.

Esto es ya más que una burla. Convenid en que no