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LEOPOLDO LUGONES

cios geometrizados a nuestro arbitrio, no es infinito. El infinito espacial aseméjase cada vez más a la pura negación, o mejor dicho a la nulidad del vacío.

Pero es en los dominios de la física donde obtendremos las más abundantes y claras confirmaciones sobre el tamaño y la naturaleza del espacio, entrando a sí a la experiencia fenomenal que transformará en realidad nuestra certidumbre.

Conforme a los trabajos del sabio suizo Einstein, teoriza dos en el "principio de relatividad", el espacio y el tiempo absolutos no existen. El movimiento absoluto resulta un contrasentido físico. El dualismo fundamental de materia y energía se desvanece. Necesitamos, en consecuencia, modificar nuestros conceptos de causalidad, de sólido, de masa; y lo que es más grave, emprender una completa reorganización de la mecánica. Ha concluído, pues, lo que podríamos llamar la edad de Newton, caracterizada por la adecuación científica de la astronomía y de la mecánica al espacio intuitivo.

Efectivamente, este último no presenta ninguna contradicción con esotras, porque astronomía y mecánica son manifestaciones de la materia ponderable o cuerpo físico del universo; pero sí con el electromagnetismo que es la vitalidad activa, o mejor dicho actuante de aquél. Dicha contradicción es lo que demuestra la inexistencia del tiempo y del espacio absolutos. Es que en la época de Newton, los instrumentos físicos aumentaban la potencia de los sentidos para apreciar la materia ponderable, mien-