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sencia de los parroquianos del bazar—. ¡Hable usted fuerte, como hombre! ¡Déjese de humildades y santurronerías! Ya está usted viejo, para hacerse el tonto. Beba bien, coma bien, enamore y ya verá usted cómo se le aclara la voz...

 Algo respondía Leónidas Benites, que en medio de las risas provocadas por las frases picantes de Marino, no se podía oír. Su socio, entonces, le gritaba con mofa:

 —¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Qué cosa? ¡Pero si no se le oye nada!...

 —Las risas redoblaban. Leónidas Benites, herido en lo profundo por la burla y el escarnio de los otros, se ponía más colorado y acababa por irse.

 En general, Leónidas Benites no era muy querido en Quivilca. ¿Por qué? ¿Por su género de vida? ¿Por su manía moralista? ¿Por su debilidad física? ¿Por su retraimiento y desconfianza de los otros? La única persona que seguía de cerca y con afecto la vida del agrimensor era una señora, madre de un tornero, medio sorda y ya entrada en años, que tenía fama de beata y, por ende, de amiga de las buenas costumbres y de la vida austera y ejemplar. En ninguna parte se complacía de estar Leónidas Benites, descontando el rancho de la beata, con quien sostenía extensas tertulias, jugando a las cartas, comentando la vida de Quivilca, y, muy a menudo, echando alguna plática sobre graves asuntos de moral.

 —Una tarde vinieron a decirle a la señora que Benites estaba enfermo, en cama. La señora fue al punto a verle, hallándole, en efecto, atacado de una fiebre elevada, que le hacía delirar y debatirse de angustia en el lecho. Le preparó una infusión de eucalipto, bien cargada, con dos copas de alcohol y dispuso lo conveniente para darle un baño de mostaza. Se produciría así una