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sistiría José en ir a la cocina? Era muy probable. Sí. José quería siempre ir a la cocina. Pero Mateo ya no sentía ahora celos de su hermano. Imaginando a José en brazos de Laura, ya no se incomodaba. Un sopor espeso e irresistible empezó a invadirle y, cuando unos minutos más tarde, José abrió a su turno y de golpe la puerta y salía, Mateo no lo oyó, pues roncaba profundamente.

 José empujó violentamente la puerta de la cocina y entró. Laura se incorporó vivamente, a pesar de sus dolores. Al tanteo, la buscó José en la oscuridad. La tocó al fin. Su mano, ávida y sudorosa, cayendo como una araña gorda en los senos medio desnudos de la cocinera, la quitó el aliento. Un beso apretado y largo unió los labios humedecidos aún de lágrimas de Laura, a la callosa boca encrespada de José. Laura cesó de llorar y su cuerpo cimbróse, templándose. Laura deseaba, pues, a José, ¿y precisamente a José? No. Cualquier otro hombre, que no fuese Mateo, habría provocado en ella idéntica reacción. Lo que bastaba a Laura, para reaccionar así, era un otro contacto que no fuese el conocido y estúpido del patrón cotidiano. Y si este nuevo contacto venía, además, apasionado, mimoso y, lo que es más importante, envuelto en las sombras de lo prohibido, se explica aún mejor por qué Laura acogía a José Marino de una manera distinta que a Mateo Marino. Laura, la campesina —lo hemos dicho ya—, había adquirido muchos modos de conducta de señorita aldeana, y entre éstos, el gusto del pecado.

 Al entrar José en los brazos de la cocinera, del cuerpo de ésta salió una brusca y turbadora emanación. José sintió una extraña impresión y permaneció inmóvil un momento. ¿Qué olor era ese —mitad de mujer y otra mitad desconocí-