Página:Ensayo sobre el hombre (1821).djvu/53

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do este partió la tiranía con ella; interesada asi le prestó su ayuda, é hizo un Dios del conquistador, y del vasallo un esclavo. El fuego de los relámpagos, el estampido del trueno, el estremecimiento de las montañas y los horrendos bramidos de la tierra le sirvieron para obligar á los hombres débiles á prosternarse, y á los orgullosos á hacer plegarias á ciertos seres invisibles mas poderosos que ellos. Del cielo que parecia desgajarse hizo bajar á los dioses; y de la tierra que se abria bajo sus pies salir los espíritus infernales. Fijó en una parte mansiones terribles, y en otra paises deliciosos y afortunados: el temor hizo sus demonios, y una débil esperanza sus dioses, dioses lenos de parcialidad, inconstancia, pasion é injusticia, cuyos atributos eran la rabia, la venganza ó lubricidad, como podian figurárselos almas tan bajas. ¡Corazones desapiadados y crueles no podian creer sino en dioses tiranos! El zelo y no la caridad vino desde luego á ser su guia, y se edificó un infierno sobre el rencor, y un cielo sobre el orgullo. Cesó desde entonces de ser sagrada la bóveda de los cielos, y se levantaron altares de marmol, y se regaron con sangre. Los sacerdotes por la vez primera se hartaron de un alimento que habia tenido vida, y