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RICHELIEU

cabe duda de que éste es muy parecido. El Monarca español y el Ministro francés coinciden en reconocer la eficacia de la unidad del Dogma.

Logrado el primer fin de su vastísimo plan, no juzga el Cardenal, sin embargo, asegurada en absoluto la tranquilidad interior, en tanto que la levantisca Aristocracia no sienta todo el peso del poderoso brazo del Favorito y no abata el indómito y natural orgullo ante la fuerza irresistible de su tenacidad incansable y de su carácter de hierro.

No es fácil empresa el salir airoso de tan atrevido designio, porque son fuertes los adversarios con quienes ha de medirse Richelieu.

La Reina Madre, su antigua y decidida protectora, mírale con malos ojos por el influjo que cerca del Rey disfruta, y le acusa de negra ingratitud; pero el Cardenal, perseverante en su conducta y decidido á realizar sus intentos, vigila con discreción exquisita y