Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/315

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tificios y habiéndole tocado al marinero Pedro de Villa, natural del Puerto de Santa María, imposibilitado de cos- tear el viaje, Colon se hizo cargo de proveerlo de recursos. Mas tarde, la cólera de los elementos inspiró un ter- cer voto, para cuyo cumplimiento fué señalado de nuevo el almirante. Consistia en hacer celebrar una misa en Santa Clara de Moguer y pasar una noche entera en oración al pié del altar mayor. En seguida se procedió á otro colectivo, para ir todos procesionalmente, los pies descalzos y en camisa á la iglesia de Nuestra Señora que mas cerca estuviera en la primera tierra que se divisara. El abatimiento de los espíritus era indescribible. Nin- guno tenia duda de que la Finta hubiese perecido: cada cual se encomendaba al santo de su devoción; pero sin esperanza de salvarse, pues no veia en lo humano ni la menor probabilidad de ello. La carabela sufria tanto mas, cuanto que carecia de lastre; y como Colon no pu- do alcanzar la isla de las Mujeres, en la que se propo- nia hacerlo y estivar la Nma, la falta de víveres, agua y vino la tenían tan lijera, que iba en cualquier dirección y como si no fuera gobernada. Los tripulantes estaban desesperados, y el mismo jefe sentía decaer su espíritu. Su corazón, mas ajitado que la borrasca misma, des- cendiendo de la conñanza al temor, se elevaba y caía alternativamente como las olas del Atlántico. Él lo ha dicho: cada golpe de agua que venia á estrellarse contra el casco de su carabela, era bastante para turbarlo, no sin que atribuyera su flaqueza á la insuñciencia de su fe y falta de absoluta confianza en la divina providencia. Por una parte, al acordarse de las circunstancias prodi- jiosas de su descubrimiento, de las mercedes que el so- berano señor le otorgara con tamaño triunfo, mostrán- dole infinitas maravillas y haciéndole encontrar multitud de islas cual si hubiera querido que al fin de tantas contrariedades como esperimentó en Castilla quedasen sobrepujadas hasta sus mas lisonjeras ilusiones, se tranqui- lizaba un poco. Y cuando descendía al fondo de su con-