Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/339

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vino la noche, entró solo en una capilla, cuyas puertas se cerraron tras él. Allí debia permanecer hasta el dia siguiente en oración.

La luz incierta de la lámpara del santuario, reflejándose en los marcos bruñidos de los cuadros, los bajo relieves del coro, los sepulcros de los condes de Portocarrero, antiguos señores del pueblo, emparentados con los abuelos de la condesa de Teba, emperatriz de los franceses, que se cubrieron de gloria, unos en pos de otros, en los pasados siglos de hierro, en la guerra contra los moros, las estatuas de sus mujeres y de sus hijas, colocadas alrededor de las paredes sobre sus tumbas, parecía animarlo todo, é imprimir á las inmóviles figuras movimientos siniestros. Un alma de no tan fuerte temple como la de Colon no habria podido rezar allí con calma. Entre aquellos fúnebres recuerdos de la nada y de las pompas humanas fué donde el mensajero del todopoderoso, delante del tabernáculo, en presencia de Jesu -Cristo, examinó de nuevo su corazón.

A la mañana siguiente pasó á visitar á sus antiguos amigos el P. Sánchez y Cabezudo, y les suplicó vinieran á Palos, donde les hizo ver los indios y el oro del nuevo mundo.i

Pero la obligación del almirante no había concluido aun, y asi, partió para Nuestra Señora de la Cinta en la misma provincia de Huelva, conforme al voto contraído, es decir; en camisa y descalzo.

Cumplidas las promesas, tornó Colon al convento de su orden, donde lo aguardaba el P. Marchena, su amigo y director espiritual. Y como hubiera estado por espacio de mas de siete meses privado del pan de los ángeles, sintió la necesidad de reanimar su alma, de reposar en la benéfica tranquilidad de la regla, y gustar del bálsamo reparador del claustro, depositando en el seno de Pr.

i. Pleito. Probanzas del almirante. Prim. pregunta. Suplemento primero á la colección diplomática.