Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/63

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LIX

rece encontrar en él un rival póstumo, que se le anticipó en el nuevo mundo, y cuya penetracion adivinó muchos de los grandes principios de la naturaleza, envidia sus impresiones sublimes, se le compara en sus adentros, y se ocupa seriamente de sus acciones, de sus costumbres y de sus escritos. Sin embargo de esto; como no puede comprender la causa inmortal de su fé, ni lo sublime de sus efectos, desconoce las principales fases de su vida, y no siéndole dado abarcarlo con su mirada, siempre que cede á un impulso de admiracion por su injenio, ó por la ternura de su corazon, diriase que teme dejarse dominar por tan noble imájen, y que busca el modo de tiznarla por sistema. Y aunque no participa de la pasion de Navarrete, acoje, dispensándose de todo examen, sus cargos de rigor, de avaricia y de disimulo, despues de admitir el de su incontinencia.

 Aquí es donde sobrepuja á Navarrete; contempla con sonrisa maliciosa la imajinada caida del coloso, y su flaqueza le parece un hecho picante, que aquel ha encontrado con gran sagacidad juntando las fechas. Admite que tuvo en menos la persuasion de sus amigos y su predileccion por España, para impedirle volver á Lisboa y aceptar las nuevas ofertas del rey de Portugal, contenidas en carta fecha 20 de Marzo de 1488, que sus amores y el embarazo adelantado de una hermosa dama de Córdoba llamada doña Beatriz Enriquez, madre de don Fernando, hijo natural suyo, nacido el 15 de Agosto de 1488.[1] Tal es la conclusion de Humboldt, y en ella compromete de un modo imprudente su célebre nombre, al referirse á otro con tanta lijereza.

  1. Humboldt. Exámen crítico de la historia de la jeografia etc., t. I. p. 104.