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advenedizo en el campo de las ciencias el Dr. Jenner, cuando el 14 de Mavo anunció al mundo científico el descubrimiento que lo ha hecho inmortal.

Se había observado en varias partes de Europa que la viruela de las vacas trasmitida, por cualquier accidente, al hombre, le producía una enfermedad benigna ó algunos cuantos granos que lo dejaban inmune por muchos años. Jenner, después de veinte años de observaciones lo probó científicamente: elijió un niño robusto de 5 años y le hizo una incisión hasta el dermis, en un brazo, introduciéndole por esa pequeña herida la vacuna de la vaca sufriendo dicho niño los fenómenos, normales que nos son conocidos con el sistema actual; después de seis meses inoculó al mismo niño el virus varioloso sin ocasionarle ninguna reacción general sino una leve eflorescencia en el punto de la incisión. Con la vacuna del primer niño se repitió la experiencia con un segundo, y la contra-prueba de la inoculación, con igual resultado que el observado en el primer caso. La vacuna del segundo niño se aprovechó para muchos otros y así se siguieron las vacunaciones en grande escala con el éxito más feliz. El problema científico quedaba resuelto.

El Dr. Augusto Orrego Luco, [1] con su habitual elocuencia, ha dicho estas palabras que sintetizan las emociones de aquel primer instante de la primera vacunación: «En un día como éste, 14 de Mayo, contado hora por hora en el reloj de los siglos, un médico obscuro en una aldea obscura, tomaba el virus de la vacuna para inocularlo en el brazo de un niño. Los hombres de ciencia comprenden la tremenda impresión de ese momento. Jenner tenía la convicción de que aquella picada, que introducía los gérmenes de una enfermedad en el cuerpo de ese niño, lo iba á preservar de la viruela. Pero ¿como iba á evolucionar la enfermedad desconocida que él voluntariamente inoculaba en el cuerpo sano de ese niño? ¿Si todos sus cálculos, si todas sus convicciones, iban á tener como desenlace una horrenda tragedia? Ah! señores, sólo puede medir en toda su intensidad las angustias de esa hora suprema el que ha sentido sobre sus hombros el peso abrumador de esas tremendas responsabilidades.

Pero hay algo más. El drama íntimo de esa hora, no agitaba solamente el espíritu del sabio. Jenner tenía entre sus brazos un niño, que miraba sonriendo, con la tranquila seguridad de

  1. Discurso pronunciado en la sesión solemne de las sociedades científicas de Chile, el 14 de Mavo de 1898, en el centenario del descubrimiento de la vacuna.